Un mundo más complejo

En su informe anual, Amnistía Internacional acusó a Estados Unidos de haber complicado el panorama de las relaciones internacionales con su intervención militar en

En su informe anual, Amnistía Internacional acusó a Estados Unidos de haber complicado el panorama de las relaciones internacionales con su intervención militar en Irak.

La reconstrucción de Irak: una tarea que se puede complicar para Estados Unidos

Mientras los ocho grandes se reúnen en Francia para tratar de limar las asperezas surgidas luego de la invasión estadounidense a Irak, la geopolítica sufre un reacomodo que, según todos los indicios, alumbrará a un mundo menos seguro y, en el peor de los casos, estigmatizado por una visión apocalíptica.

La presencia de Brasil y de China en la reunión de los poderosos G-8, esta semana, dejó abierto un canal de comunicación con los países del cada día más relegado mundo en desarrollo; aunque no es muy factible que esto se traduzca en un cambio hacia unas relaciones internacionales más justas y equitativas.

Al parecer, el pragmatismo político que ha llevado a la tumba las ideologías se ha impuesto en todo el orbe y la dinámica del mercado es ahora la que dicta el rumbo de la humanidad.

El problema es que, a todas luces, la brecha entre ricos y pobres crece, y esto es paralelo al aumento del odio que, finalmente, degenera en terrorismo y violencia.

Sepultado el socialismo, la economía capitalista ha llevado a una unipolaridad aceptada intrínseca o extrínsecamente por la mayoría.

 

Como alguna vez se hizo desde Roma, los hilos del poder se tejen desde Washington.

Pueden ser ocho o diez los que se sienten a la mesa, o cinco como en el desacreditado Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; el número no importa.  La cruda verdad es que uno solo ostenta el imperio.

Democracia para dentro, con raíces puritanas y devaneos libertinos, Estados Unidos es un crisol en donde confluye lo mejor y lo peor de la sociedad de los albores del siglo XXI.

Dentro de lo peor, es posible señalar a aquél que, desde su despacho oval, dicta el destino de la Tierra como si se tratase del equipo de béisbol del que alguna vez fue propietario.

Los cimientos de la democracia estadounidense han sido corroídos por los intereses del capital.  Las grandes empresas, dentro de las que destacan las que se dedican al negocio del oro negro, se han metido en la Casa Blanca de la mano de unos halcones de visión miope.

Para estos «patricios» republicanos, el golpe del 11 de septiembre del 2001, se convirtió en el pretexto ideal para llevar adelante su política de neocolonización.

Ante la estampida reaccionaria, la Europa progresista ha agachado, con matices, la cabeza; el este (excomunista) se ha plegado a Washington; y China, embriagada por las mieles del capitalismo, ha cerrado la boca.

De este modo, aunque haya ocho comensales, sólo uno está destinado a saciar su apetito.

George W. Bush, consciente o no de ello, ha logrado lo que, en su día, se atrevían apenas a soñar Ronald Reagan, su padre George Bush o Richard Nixon.

Sólo hay una molesta piedra en el zapato del mandatario estadounidense: un mundo árabe que se resiste a la dominación y que reacciona de manera imprevisible.

Por ahora, el mutuamente beneficioso negocio del petróleo ha mantenido las cosas en calma y en el poder a los gobiernos afines a la Casa Blanca.

No obstante, el avance del islamismo radical o fundamentalismo, amenaza la precaria estabilidad de las relaciones entre occidente y los musulmanes.

La situación en Irak es una prueba fehaciente de que, con su actitud belicista, Estados Unidos empuja las cosas en su contra.

La demanda por el establecimiento de una república islámica, copiada del modelo iraní, podría hacer que, en el caso de Irak, Estados Unidos haya caído del sartén a las llamas.

La mayoría chiíta desea darle el poder a los ayatolas, lo que acabaría con el modelo de Estado laico que, incluso en la época de Saddam Husein, prevaleció en Irak.

Para los sunitas y, principalmente los kurdos, la revolución islámica sería algo inaceptable.  El problema es que ambas etnias son minoría.

Con el pasar de los días, la idea de que las tropas estadounidenses y británicas serían aceptadas como «liberadoras» del pueblo iraquí, se ha borrado incluso del discurso de los más recalcitrantes halcones del Pentágono.

Los «aliados» son, para los iraquíes, un incómodo huésped que debe largarse cuanto antes, para que la revolución islámica dé paso a un régimen similar al de sus vecinos iraníes.

El deseo de los kurdos de una nación independiente, enfrenta la oposición de un importante aliado de Washington: Turquía.  De esta manera, este pueblo que apoyó la invasión, podría volverse contra los estadounidenses en cualquier momento.

Algo similar ocurriría con los sunitas, quienes durante el régimen de Husein ostentaban el poder y ahora quedarían subyugados.

Lo que parece estar claro es que, cueste lo que cueste, Bush no permitirá que su efímero triunfo se disipe como arena en el viento del desierto.

De ahí el renovado y, hasta cierto punto desesperado, énfasis en resolver la «cuestión palestina».

La derecha estadounidense sabe que, alcanzando un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos, sería posible enderezar las relaciones con el mundo musulmán, ya que los gobiernos aliados moderados, o no tan moderados (como Arabia Saudita), se mantengan en el poder.

El gobierno ultra ortodoxo de Ariel Sharon, debió ceder ante la inmensa presión de Washington y se vio obligado a volver a la mesa de dialogo con un nuevo interlocutor palestino, el Primer Ministro Mahmud Abbas.

La elección de Abbas era una exigencia, tanto de israelíes como estadounidenses, debido a que desconocieron al representante elegido democráticamente, el Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Yaser Arafat.

La «hoja de rutas», perfil de un proyecto de paz propuesto por Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia, ha sido aceptada, a priori, por ambas partes.

Sin embargo, aún subsisten problemas sobre los que no se vislumbra acuerdo posible.  Entre ellos, se destacan el retorno de los refugiados palestinos y el estatus de la ciudad de Jerusalén.

Mientras Estados Unidos juega a la paz y la guerra, la realidad es que la pobreza y la marginación siguen siendo los problemas más graves que aquejan a un planeta poblado por más de 6.000 millones de personas.

Contra estos males, desde Washington no se plantea solución alguna.  Posiblemente, los republicanos esperarán hasta que estos problemas superen las murallas de su propia Roma para adoptar medidas que hagan del mundo «un lugar más justo y libre».

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