¡Ay!, Nicaragua, Nicaragüita

La estulticia del gobernante Daniel Ortega de pretender distraer la inconformidad popular con una invasión al territorio costarricense es tan torpe, que sólo puede

Da mucha pena y dolor fraterno el tener que ocuparse aquí de las yeguadas que cometen a diario, y en carretilla, mis exhéroes sandinistas en Nicaragua.

La estulticia del gobernante Daniel Ortega de pretender distraer la inconformidad popular con una invasión al territorio costarricense es tan torpe, que sólo puede compararse con el bombardeo que su antecedente, Anastasio Somoza, ejecutó en 1978 contra el pueblo de La Cruz en nuestra provincia de Guanacaste, el cual provocó de inmediato la solidaridad armada de varios países amigos (Venezuela, Panamá) y apresuró la insurrección de setiembre que culminaría con su caída el 19 de julio de 1979.

 

El pretexto alegado por ese otro personaje de ambigüedades, Edén Pastora, de que los mapas de Google justifican su invasión a isla Calero (daño ambiental incluido), es una ridiculez más de quien pudo haberse quedado con su gloria de Comandante Cero sin tener que pasar por la Contra, la CIA y el retorno a su viejo regazo Daniel, con quien –sorpréndase usted– mucho comió y bebió de la mano costarricense en la justa lucha contra aquel dictador que ahora ambos parecen imitar.

Los cuadrantes cartográficos oficiales, tanto nicas como ticos, delimitan con claridad el borde fronterizo en la margen derecha del río San Juan y hasta la empresa Google ha procedido a corregir el error en los suyos, descartando la apresurada petición de Ortega para que no lo hiciera en la fecha que se descubrió la nueva chancherada (como cuando reclamó todo Guanacaste).

Es incomprensible que un pueblo tan valeroso  como el nicaragüense tenga que soportar tantas desgracias juntas. Una miseria extrema que solo es superada por Haití, una hambruna que parece de África meridional, una dictadura que sobrepasó los cincuenta años, una cadena de truhanes en el gobierno después de una guerra que costó 30.000 muertes para deshacerse de un explotador que ahora parece repetirse si es que La Piñata no fue una leyenda y, encima, estas manipulaciones absurdas de la política exterior para ocultar, como si fuera una alfombra, las miasmas y sacrificios que adentro provocan el autoexilio generalizado de la población. Y, paradoja, en su mayoría con rumbo a Costa Rica.

Viven aquí más de 400.000 nicaragüenses que llegaron a buscar sustento y a reunir unos cuantos centavos para enviarles a sus familiares hambreados en su patria por un Frente Sandinista que no sabe gobernar y solo procura la permanencia junto a la riqueza pública, para seguir viviendo como ricos en medio del basural. Exactamente lo mismo que hicieron los Somoza en los 40, 50, 60 y 70, hasta que pagaron con su sangre la torpe expoliación. ¿Será que Ortega pretende repetir la historia? ¿Será que ha perdido todos los rumbos, como aquellos cretinos que le arrancaron el cerebro a Darío para ver dónde ocultaba su genio?

Con ese asistente de operaciones vasculares que ha contratado, con esa lucidez política y con esa visión hemisférica que demuestra, no sería raro que algún día se asile en Asunción o en Miami.

¡Nunca antes viose tanta incoherencia junta! Duele esta Nicaragua, Nicaragüita. ¿Hasta dónde irá a llegar?

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