El verbo de Mauricio Montero, ya lo sabemos, es sencillo, campesino. Sin remilgos ni falsos pudores, el Chunche expresa lo que nadie quiere decir. Sus palabras empiezan donde no se quiere hablar, para no darse color. Su estilo no es ocultar las formas reales del ser costarricense, sino más bien exponerlas, darles realce, con toda naturalidad. Sus palabras en la noche oscura y gélida del fútbol costarricense del pasado viernes 22 de marzo, cuando, ante el atropello nacional de jugar sobre una pista de hielo contra Estados Unidos, dijo que tenía más fuerza el Sindicato de coperos de Grecia que la Federación Costarricense de Fútbol, refleja con total exactitud lo que todo Costa Rica pensó y nadie se atrevió a decir públicamente.
¿Por qué él si lo hace? Quizá porque pertenece a esa estirpe de costarricenses que no siente que lo que somos, deportiva, cultural y socialmente hablando, sea digno de sentirnos inferiores. Él mismo ha confesado, en su lenguaje llano, que siente que “los demás son personas normales iguales que uno”. Por eso mismo fue capaz de decir la frase que mencionó. No se inclinó ante la prepotencia del Norte, sino que puso el énfasis en la debilidad característica de la dirigencia deportiva costarricense.
En la sencillez y franqueza de sus palabras hay todo un mundo contenido. Mauricio Montero encarna muy bien el sentido del humor y de la vida de este pueblo. Somos, muy en el fondo de nosotros mismos, un pueblo de agudas percepciones colectivas, expresadas muchas veces en forma de dichos, chistes, frases corrosivas.
Por eso el Chunche nos ha redimido un poco a todos. Con sus sencillas y eficaces palabras ha dibujado una especie de ¡mirala…¡ colectivo y ha hecho que el fútbol, que se ha nutrido siempre de la calle (cuyo signo totalizante es el habla del pueblo, el saber de los parques, los buses, las cantinas) nos haya abierto esta vez, a través de sus palabras, la posibilidad de poner en juego nuestro sentido del humor como signo de resistencia y de íntima rebeldía ante el atropello imperial.