Fernando Lugo o la vigencia del patriarcado

Con un estilo rupturista dentro de un escenario político anquilosado por más de sesenta años de sucesivos gobiernos del Partido Colorado, inevitablemente su transición

El fenómeno de Fernando Lugo en Paraguay ha sido provocador en cuanto a su condición de sacerdote devenido en político.

Con un estilo rupturista dentro de un escenario político anquilosado por más de sesenta años de sucesivos gobiernos del Partido Colorado, inevitablemente su transición de religioso a presidente iba a ser controvertida.

Su reciente reconocimiento de un hijo de casi dos años concebido en el período en el que fue obispo, es prueba de ello. Además, es representativo del arraigado machismo latinoamericano y que en su país, Paraguay, constituye una realidad inequívoca: el 70 % de los hijos e hijas son ilegítimos, es decir, 7 de cada 10 niños y niñas son criados solo por sus madres.

Esa “isla rodeada de tierra”, como imaginaba el escritor Augusto Roa Bastos a Paraguay, tiene después de Haití, una de las mayores tasas de fecundidad en el continente. Es en este contexto social en el que se inscribe el proyecto político de Fernando Lugo pero también su biografía más terrenal y humana. Lugo, como hombre y religioso católico, ha sido coherente como un exponente más del patriarcado. Primero, como obispo de una iglesia férreamente patriarcal y también como integrante de una sociedad marcada por la llamada paternidad irresponsable. El polémico reconocimiento público de su hijo no reveló en lo absoluto valentía ni mucho menos “amor”. Aunque el oficialista diario Popular haya exaltado a Lugo por demostrar “huevos”, toda una apología, por cierto, del más imperecedero machismo, fue en si el acto de un hombre acorralado. Al respecto, Enrique Stola, psiquiatra argentino, en declaraciones al periódico Página 12 señaló con crudeza la cuestión de género presente en este caso: “Está claro que si esta mujer (la madre del niño) no hubiera puesto sus ovarios sobre la mesa, el exobispo seguiría con sus testículos ocultos”.

La paternidad irresponsable en América Latina está enraizada en una identidad que acusa una débil figura paterna. Su origen remite al tiempo de la colonia y a la forma desigual en el que las relaciones de género se han estructurado desde tiempos ancestrales. El omnipresente rol de la mujer en la maternidad encuentra su extremo opuesto en el padre ausente. Ese mero procreador representativo del llamado macho,  que en palabras de Octavio Paz siempre encarnará a un guerrero o a un seductor pero nunca a un padre.

La realidad de un padre abandónico repercute lesionando los derechos de las personas menores de edad en su condición de hijos e hijas. Negarles la filiación, el afecto y también la provisión económica son las formas más comunes de abandono. El hijo o hija que nace tendrá generalmente un valor identitario distinto entre la madre y el padre. Mientras que la mujer generalmente tiende a asumirlo con todas sus implicaciones, el hombre lo concibe como algo ajeno cuyo recargo es delegado habitualmente en la madre. 
      La relación del presidente Fernando Lugo con la madre de su hijo subyacía sometida a lo oculto y secreto. Era el peso represivo del celibato y su investidura clerical como condicionantes de sus relaciones humanas. Es decir, la mujer (su pareja) y el niño (su hijo) eran representativos de lo prohibido. Esta situación se truncó por las sucesivas denuncias, rumores y la cobertura mediática surgida cuando se conoció la noticia. Con esto vino a transgredir (Lugo) aquel cínico mandamiento de un personaje del escritor George Bernanos: “Si no podemos ser castos, al menos seamos cautos”.
     La coyuntura personal y también histórica de Fernando Lugo como presidente de Paraguay es de una singularidad inédita en América Latina. No necesariamente el balance final de su gestión se ensañará con él por haber procreado uno o más hijos siendo sacerdote (enfrenta al menos dos procesos de filiación). Es, sin embargo, oportuna la denuncia a las sociedades patriarcales y sus consecuencias, en las que tanto las mujeres como las personas menores de edad se les endosa un perenne saldo negativo: pobreza, exclusión y violencia. Hijo bastardo, huacho, natural o ilegítimo son denominaciones más o menos oprobiosas e impuestas a  aquellas personas que tienen en su origen a un mero procreador. El dolor es un tema aparte. Pero tal vez quien mejor lo ha definido es el antropólogo Miguel Alvarado Borgoño: “El padre que ignora es más cruel que el padre que conscientemente daña”.
2-Set-09

 

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