Humanidad sextransgénica

La naturaleza es fuente inacabable de creación, constantemente nos regala- sentido pleno- una espléndida variedad orgánica de muestras de vida, tanto desde lo más

La naturaleza es fuente inacabable de creación, constantemente nos regala- sentido pleno- una espléndida variedad orgánica de muestras de vida, tanto desde lo más profundo como de lo más superficial, con aliento incomparable de biodiversidad. Si nos limitamos al Planeta Tierra y al oxígeno, o aire que respiramos, estamos, vivimos y existimos en una burbuja de tierra y mar, resguardada frágilmente por una atmósfera que hace las veces de techo de cristal.

No entramos todavía en la era del otro futuro, simulando condiciones para la vida e inteligencia, tal como aquí las conocemos hoy, posiblemente con múltiples variables de forma, siempre con espíritu indagador de llegar a la última verdad, que se aleja y nos enrosca con más preguntas.

Pensar una humanidad transgénica suena descabellado, propio de alquimistas de ciencia ficción, como los filmes producidos en la fábrica de los sueños que es la industria del cine, o más exactamente, del audiovisual. Todo es ficción, aunque a veces sorprende por su parecido con la realidad emergente.

El sexo se usa para la reproducción de las especies, puesto que es una condición orgánica que distingue a la hembra del macho. La naturaleza le ha dado, de manera natural, estrategias y trampas a la hembra para capturar la esencia del macho; de ahí la fecundación y la herencia biológica compartida. Sexo y sexar, bonita inteligencia que no siempre provoca el estado embarazoso de cargar con la camada que podría haber resultado del acto, manu-sex, termo-corpus, metida de patas o de otros fálicos procederes; a lo mejor de sentido común, dos opuestos en sus cabales puntos de contacto y la explosión de la carne con su modus vivendi, limitada a la circunscripción de las definiciones científicas. Es para suponerlo en nuestra imaginación con gracia y sonrisa de continuidad, o estaríamos flotando en alguna de las naves de onda ectoplasmáticas, referentes a la energía que dejó un cuerpo, cadáver en proceso de descomposición, cuyo último vínculo de liga está por diluirse definitivamente.

¿Y el alma? Ese no es el punto ahora. ¿Y la transmigración de las almas? Pies en tierra, no nos desviemos. ¿Y la metempsicosis? No nos compliquemos. ¿Y la teología? Es cosa seria. El tema que tocamos es más elemental, cómo parir una lechuga con vagina, un árbol con pene, un mango arcoíris con ambos géneros en paz.

Soy muy macho, machista al cien por ciento, y a mí con ese cuento de que sacá tu lado femenino para que tengás una riqueza mayor, mirala, no me la hacen para la probadita lujuriosa, el resbalón en cáscara de huevo, el existencialismo y bandera de esquina. El asunto lo tomo más en serio, pues se trata de cómo manejar la curiosidad humana, la exploración, la experimentación, considerando que somos un producto, resultado de la teo-biología planetaria, y de que cada día adquirimos más conocimientos. ¿Qué nos garantiza la supervivencia? Comer sanamente, salud reproductiva por parejas de acople con sus enunciados prenatales.

De nuevo los genes, la unidad de almacenamiento de información genética y sus códigos hereditarios, pues transmite sus archivos a la descendencia. Así que, ¿qué pasaría si en el jugar a la creación mezclamos genes de maíz con genes humanos? Bueno, podría salirnos un ser humano con dientes pronunciados que podríamos bautizar como terror de los elotes.

La ética se impone, aunque sirve de poco al poder, por ejemplo, de los chinos de China comunista, donde ya se filtraron los indicios de que están clonando humanos, soldados, chinitos en cápsulas para embarazos simples, múltiples, selectivos. ¡Qué maravilla! Es cuestión de tirarse a la más loca idea y ponerse a experimentar. Cruzar genes de esto con aquello, involucrar un tercero distinto, cuestión de atreverse. Julio Verne, el novelista francés de hace un siglo, fue condenado a una fábula curiosa del pasado más remoto y antiguo, pues sus escritos de ciencia ficción fueron superados por la realidad de la ciencia y la tecnología que gobierna, junto a la peor miseria humana, el siglo veintiuno.

Después de todo, el locus humanus supera a cualquier homo sapiens sapiens, ahora en su versión digital Homo Virtualis; nada existe, solo la ficción de la virtualidad que nos ayuda a incomunicarnos más, pero a comprender mejor la realidad cruda de que lo único cierto en nuestra raza humana es una constante evolución, de la materia a la energía que concentra el sex-capítulo que cada uno de nosotros le imprime a su vida cotidiana.

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