Juan Rafael Mora, ¿frío asesino?

De partida nomás, si él considera que aquella fue “una guerra innecesaria” y omite citar del todo a William Walker y los intereses expansionistas

Con el burlón y satírico título “Loas a Juanito Mora”, el escritor José León Sánchez publicó un extraño artículo (Semanario Universidad, 22-agosto-09) que, carente de articulación lógica, está plagado de incoherencias y de graves inexactitudes históricas, algunas realmente temerarias.

De partida nomás, si él considera que aquella fue “una guerra innecesaria” y omite citar del todo a William Walker y los intereses expansionistas y esclavistas que encarnaba, es que ignora nuestra historia o actúa de muy mala fe.

¿Qué pretende este señor? Lo desconozco. Pero se solaza agraviando al héroe mayor de la Guerra Patria, aquel visionario y corajudo ciudadano quien, no obstante ser nuestro presidente, incluso empuñó el fusil aquel memorable 11 de abril en Rivas de 1856 cuando, muy temprano, una de las columnas filibusteras estuvo a punto de cercar el cuartel del Estado Mayor de nuestro ejército.

Efectivamente, “las manos de Mora no conocían el temblor”, y ahí lo demostró con temple y genuino patriotismo, pero Sánchez utiliza esta expresión más bien para proyectar una imagen de de él como un frío asesino; porque lo cierto es que tan asesino es quien mata a otro, como el que, poseedor de absoluta autoridad, ordena hacerlo. Y Sánchez entonces remata diciendo, categórico: “Nunca en la historia de las guerras un general, un gobernante, emitió la orden que firmó de puño y letra Juanito Mora: todo soldado enfermo del cólera que intente ingresar a la frontera de Costa Rica, viniendo de Nicaragua se le debe impedir la llega y debe ser fusilado”.

Pregunto: ¿dónde está la citada orden, señor Sánchez? Como ciudadano costarricense y como estudioso de nuestra historia, le solicitó hacerla pública, indicando con exactitud el número de tomo, página y folio del expediente en los Archivos Nacionales.

Al respecto, debo decir que en los últimos años he invertido muchas horas leyendo una a una las tarjetas en los ficheros de Guerra y Marina, y nunca he visto dicha orden. Y no la habría omitido pues, para la escritura de los dos libros que publiqué sobre el médico Karl Hoffmann -quien estuvo al frente de la epidemia, juicioso y oportuno- el tema del cólera fue medular.
Además, una orden tan llamativa, inhumana y repudiable jamás hubiera sido obviada por prolijos historiadores del fuste de los señores Ricardo Fernández Guardia, Rafael Obregón Loría y Carlos Meléndez, ni por los numerosos contemporáneos que han estudiado a fondo la Guerra Patria.

Es decir, no creo que esa orden exista. E, incluso su génesis carecería de todo fundamento, por lo siguiente. Cabe recordar que -asesorado por su equipo médico, que en aquellos tiempos desconocía el origen bacterial de la enfermedad- en Rivas don Juanito anunció el regreso de nuestros combatientes a sus casas, debido a “la inclemencia de un clima insalubre”, causante del cólera; o sea, se basó la infundada y ahora desterrada creencia de que los “vapores miasmáticos” eran el agente etiológico de numerosas enfermedades.

Entonces, si ni siquiera se sabía que el cólera podía diseminarse por contagio, ya fuera por el contacto directo entre personas, o por agua y alimentos contaminados con heces, ¿qué lógica tenía matar a los portadores de la enfermedad para evitar la epidemia en el interior del país, si ellos no podrían transmitirla a otros?

Pero, por el contrario, atribulado ante tanta desolación, dolor y muerte en el fatídico viaje de retorno de nuestras tropas, don Juanito instruiría al comandante militar de Liberia (así consta en el expediente de Guerra-8817, del 8-V-1856, en el folio 5), “para ir inmediatamente a recoger los enfermos que han quedado de Colorado hasta El Pelón y dar sepultura a los muertos”, así como a “llevar algunos vasitos de espíritu de azahar y yerbabuena, para administrar algunas gotas con agua a los enfermos”, pues estos eran algunos de los posibles remedios de que se disponía.
 
Este hecho retrata a cabalidad la entereza y estatura moral de don Juanito, quien era un hombre profundamente compasivo y humanitario, como lo describen una y otra vez los viajeros extranjeros que le conocieron.

Por ejemplo, cuando en 1858 el periodista francés Félix Belly dialogó con él, quedó muy impactado de que, al hablarle de los combatientes muertos en Rivas, lo hiciera con los ojos bañados en lágrimas.

¿Dónde está la verdad, entonces, señor Sánchez? Una vez más, le pido mostrarnos la susodicha orden y, si lo tiene a bien, revélenos con sinceridad qué es lo que usted pretende con tan desafortunado artículo.

 

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