La gran tautología

Fue un atrevimiento de mi parte, como economista y científico social, pero no una improvisación, porque he venido desarrollando una afición por la física

Con este artículo, concluyo una serie de siete -que inicialmente pensé serían tres-  expresando mi oposición a que Stephen Hawking recibiera el Premio Nobel de Física.

Fue un atrevimiento de mi parte, como economista y científico social, pero no una improvisación, porque he venido desarrollando una afición por la física cuántica durante unos quince años, motivada por Carl Sagan (1934-1996).

Éste, en su libro intitulado  THE DEMON-HAUNTED WORLD (traducido como EL MUNDO Y SUS DEMONIOS),   desafió al mundo entero, especialmente los académicos y científicos de todas las disciplinas, a interesarse en la perspectiva general y las teorías específicas de la física moderna.

Hasta donde estoy enterado, solamente tres personas respondieron a mi llamado: Max Chaves, físico teórico, de la Universidad de Costa Rica; Stephen Barr, físico de la Universidad de Delaware; y Luis Carlos González, fitopatólogo pensionado costarricense.

Los tres se expresaron de acuerdo con mi posición. Los dos primeros dijeron que me despreocupara porque, aseguraron, la obra de Hawking todavía no satisfacía -tal vez nunca satisfaría- las condiciones exigidas para el galardón. Y, en efecto, el  premio fue concedido a Andre Geim y Konstantin Novoselov, por su trabajo sobre grafeno, reputado como “el material más resistente del mundo” (La Nación,  6/10/10, p. 6A).
Ante ese resultado, doy la mano a mi amigo Max Chaves y a mi amable interlocutor a distancia Stephen Barr. Sin embargo, el asunto no ha terminado, porque, en un informe  reciente de la prestigiosa revista The Economist  (2/10/10), se lee: “Daniele Faccio, de la Universidad de Insurbia, Italia, reporta (a la revista Physical Review Letters) que han observado la ‘radiación Hawking’ en el laboratorio. Lograron esa astucia, no creando un hoyo negro capaz de engullir el mundo en una mesa de trabajo, sino disparando pulsos de luz láser contra un bloque de vidrio. Esto creó una región de donde la luz no podía escapar (como en un hoyo negro), igual que su opuesto polar, una región en que no podía entrar la luz. Cuando el equipo (investigador) enfocó el bloque con una cámara sensitiva, vieron el leve resplandor de la radiación Hawking”.
Sin embargo, mi punto es que, logrando o no una “confirmación” de la  predicción de Hawking, ya ahora, ya en un futuro indefinido, se trata de una “tautología tecnológica”,   no de una “teoría científica”. Y aclaro que el punto no es mío, propiamente, sino de Kant, Heidegger, Einstein, Khun, Maturana y Varela, Prigogine y muchos otros a lo largo de toda a historia de la ciencia.
Tal como ofrecí en  mis dos artículos anteriores, el quinto y el sexto de la serie, leí cuidadosamente el más reciente libro de Hawking, EL GRAN  DISEÑO y  encuentro que se reitera lo siguiente: Hawking y los que piensan como él ni respetan lo incognoscible ni reconocen lo infinito; entonces, inventan una “solución” (artificial), a su gusto y antojo, la cual es clara y estrictamente tecnológica, pero ellos tratan de convencernos de que es científica.
Mi preocupación es que, si llegamos a aceptar esa solución artificial, estaríamos actuando como los antiguos judíos que, en ausencia de Moisés, construyeron un becerro de oro, dedicándose a adorarlo sin conciencia y danzar alrededor de él, en un círculo sin sentido. Dice Hawking, falaz y pomposamente, que la filosofía está muerta; pero trata de imponer determinada filosofía, la suya, con base en la tecnología que él domina. De manera similar, Fukuyama trató de convencer al mundo de que la historia había  concluido, intentando que fuera aceptada para siempre determinada estructura político-económica, una que a él le gustaba. Es decir, igual que los detractores de Moisés hace cinco mil años, hoy  Fukuyama y Hawking quieren que dancemos alrededor de sus respectivos becerros de oro. ¿Permitiremos que eso ocurra?

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