La parábola del rescate de los mineros

Pero hace unos días, lágrimas y un sentimiento de felicidad y esperanza invadió los rostros de muchas personas alrededor del mundo, cuando el primer

Las extracciones de oro y cobre son las actividades que han caracterizado por mucho tiempo la mina San José.

Pero hace unos días, lágrimas y un sentimiento de felicidad y esperanza invadió los rostros de muchas personas alrededor del mundo, cuando el primer minero se reencontró con su familia tras largos días de estar atrapado entre paredes de roca.

Reporteros de diversas regiones expresaban que mareas de personas casi los aplastan ante esa emoción incontrolable. Risas, aplausos, gritos, oraciones y palabras de agradecimiento fueron parte de ese ambiente.

Pero, más que gestos y abrazos, la parábola de los mineros nos revive esa fe mundial, la posibilidad de reunir los pensamientos, las culturas, los sentimientos de las personas tras un fin común; esa fuerza capaz de realizar grandes cambios en la humanidad; aunque también hace evidente la necesidad de generar políticas y unir esfuerzos para dar solución los problemas actuales.
El suceso, por su importancia global, requiere un análisis. Al parecer, el régimen socioeconómico que se vive, que busca obtener mayores ganancias y reducir costos (en muchas ocasiones en seguridad) pone en riesgo la vida humana. El último minero, al dirigir unas palabras al presidente de la República, dijo que su mayor anhelo es que este suceso no se vuelva a repetir, y que se den cambios en las medidas de seguridad de la minería en Chile. El presidente prometió impulsar políticas de este tipo no solo para la minería, sino también para la industria y otros sectores productivos. Sin embargo, fueron necesarios muchos de estos fatales accidentes para concientizar a la opinión pública sobre la importancia de una protección verdadera. A diferencia de los trabajadores de la mina San José, los que se vieron atrapados en la mina de Pasta de Conchos en México, por la presencia de metano dicen los empresarios, pero es claro que si se hubiera aludido a esta unión mundial (que se hizo evidente con los de San José) se hubieran buscado soluciones creativas y tecnológicas. Hacer lo contrario, sería subestimar la verdadera capacidad del ser humano.
Sin embargo, no sólo la vida humana se ve en riesgo ante cualquier sistema que busca ahorrar en seguridad, o por negligencia, sino también la sostenibilidad ambiental y evidentemente, la continuidad de la vida misma. Y es que los trabajadores de la mina San José no son los únicos atrapados. Quedan aún bajo tierra los “mineros” que bajo el “derrumbe” de la miseria, viven en condiciones infrahumanas, con poco o nulo acceso a los servicios básicos, donde impera una  educación con grandes deficiencias, el desempleo, la prostitución que claman (sin ser escuchados) por una calidad de vida digna. También faltan los de la “mina” de la indiferencia, donde las minorías como los aborígenes, personas con limitaciones físicas, creencias religiosas separatistas y preferencias sexuales distintas, buscan participar de manera activa en la toma de decisiones y luchan por un reconocimiento de sus derechos y libertades.

Un tubo de PVC de ocho centímetros de diámetro, que fue el medio con que los mineros chilenos se comunicaron y recibieron medicinas y alimentos líquidos, es para los otros “mineros”  el ducto por donde esperan recibir de la sociedad, la “paloma” de la solidaridad y que hagan llegar hasta  el fondo de la montaña de la insensibilidad y el olvido, la “cápsula” de la esperanza. El espejismo del sistema nos distrae para que  olvidemos  que pertenecemos a la misma sociedad, que poseemos los mismos derechos y debemos velar juntos por el progreso y el rescate de nuestros ciudadanos “mineros y mineras”.

Al igual que se unieron esfuerzos y ayudas económicas para los mineros chilenos, es posible apoyar las iniciativas de la ONU para  erradicar la pobreza, de incentivar los programas educativos, suplir los recursos que se necesitan. Es posible, lograr esa solidaridad mundial, pero para ello se requiere la ayuda de los Estados, las organizaciones internacionales e indudablemente, un cambio en la mentalidad. Eduardo Galeano (escritor uruguayo) dijo en una entrevista, una vez: “Debemos dejar de ver la realidad como una fatalidad, como un destino, como lo que es, fue y será. Y así  verla más bien como lo que realmente es, un desafío”. Ese destino fatalista fue el verdadero sepulturero de los mineros mexicanos de Pasta de Conchos. Ciertamente, estos desafíos pueden resolverse uniendo esfuerzos, esperanzas y anhelos en un nuevo Campamento Esperanza.

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