Obama: ¿Un cambio de verdad?

Pero que Barak Hussein Obama (pónganle atención a la prosodia y semántica de su nombre) haya ganado la Presidencia de Estados Unidos, es un

Ciertamente, como plantea el poeta hondureño Fabricio Estrada en un reciente y  elocuente artículo sobre el tema que me ocupa, nuestra generación ha visto en «vivo y en directo» -desde el ángulo mediático de los Estados Unidos- muchos hechos trascendentes para la humanidad: el alunizaje del Apolo XI y el paseo de Amstrong y Aldrin (negado por algunos científicos  y observadores, pues, al parecer, la tecnología de la época no estaba para ello), la derrota del imperio en Vietnam, la llegada del Pathfinder a Marte, las decenas de brutales invasiones de USA hasta su empantanamiento en Irak, pasando por la caída del muro en Berlín, la destrucción de las Torres Gemelas y el desplome reciente de Wall Street y de la contrarreforma neoliberal. Y muchos otros más.

Pero que Barak Hussein Obama (pónganle atención a la prosodia y semántica de su nombre) haya ganado la Presidencia de Estados Unidos, es un acontecimiento que, por su impronta simbólica y cultural, se parangona con cualquiera de aquéllos, y tal vez lo supera. Por eso no lo debemos subestimar.

Metafóricamente es el ascenso de las minorías al poder imperial, algo solamente imaginado por Martin Luther King y Malcolm X, para mencionar a dos «soñadores» que antecedieron con sus luchas el triunfo electoral de Obama. Y ello no es asunto menor. Nos indica que algo, como lo cantaran Bob Dylan y John Lennon, está cambiando por allá.

Independientemente de las espectativas y transformaciones  que se hilvanen y se produzcan con el nuevo presidente de Estados Unidos, la esperanza de millones de personas alrededor del orbe está concentrada en lo que pueda venir. La «realpolitik» nos dice que las espectativas no son muy alentadoras. El nuevo  presidente estará presionado no solo por los halcones de la guerra y por el capital industrial, financiero y especulativo que no querrán perder sus privilegios, sino también, y fundamentalmente, por la gran franja conservadora, religiosa y neoliberal, que continúa con gran arraigo en su país. Por lo demás, digámoslo de una vez: la diferencia entre Republicanos y Demócratas, las más de las veces, es solamente de matiz.

Sin embargo, no queremos dejar de soñar. Nos resistimos. La ascensión de Obama, culturalmente, incluso estéticamente, es más que un cambio de color en la piel del nuevo inquilino de la Casa Blanca. Es la posibilidad de que las minorías más oscuras, por ello más invisibilizadas, de la nación del norte, retomen su lucha por los derechos civiles y las transformaciones democráticas que el país urge para salir de una dictadura en democracia que intensificó la brecha social en los últimos treinta años.

Lo anterior será posible si la nueva administración gringa abre sus cauces a los reclamos de esas minorías y de los sectores sociales excluidos del milagroso derrame que nunca llegó porque la mano invisible se los birló. Y que el Consenso de Washington invierta sus objetivos de cara a una realidad económica de bancarrota, y, en nuestro caso, de una Latinoamérica en pugna por una mayor justicia social y un trato equitativo en su, hasta ahora, intercambio desigual. O que esas minorías con los sectores sociales más desprotegidos tomen las calles y las plazas en un auténtico tour de force con el gran capital.

Por eso soñamos. Eso esperamos. Pero como reza el adagio religioso-popular. “A Dios rogando y con el mazo dando”.

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