Sobre la tragedia en Chile

Al ver las entrevistas con mis amigos de origen chileno Myriam Bustos Arratia y Raúl Torres Martínez en Semanario UNIVERSIDAD (11/9/13), decidí compartir con

Al ver las entrevistas con mis amigos de origen chileno Myriam Bustos Arratia y Raúl Torres Martínez en Semanario UNIVERSIDAD (11/9/13), decidí compartir con los lectores información que había discutido con Myriam y Raúl sobre un gran cómplice en la tragedia que ocurrió en Chile. Esta información proviene de las obras Juicio a Kissinger, de Christopher Hitchens; y Legado de Cenizas, de Tim Weiner.

El 4 de setiembre de 1970, el socialista Salvador Allende ganó  las elecciones presidenciales en Chile. Y casi de inmediato, en presencia de su entonces asesor sobre cuestiones de seguridad nacional, Henry Kissinger, el presidente estadounidense Richard Nixon le había ordenado al director de la CIA, Richard Helms, que organizara un golpe militar. Helms había garabateado las órdenes en un bloc: Allende no debía asumir el cargo. Diez millones de dólares disponibles, más si es necesario. Helms tenía 48 horas para preparar un plan.

Helms le pidió a David Atlee Phillips que dirigiera la fuerza operativa de Chile. Phillips diría: “El ejército chileno era un verdadero modelo de rectitud democrática”. Su comandante, el general René Schneider, había proclamado que el ejército obedecería la Constitución y se abstendría de intervenir en política.

Entonces Kissinger ordenó el envío de un cable a la base de la CIA en Chile: “CONTACTEN CON LOS MILITARES Y HÁGANLES SABER QUE  (nuestro gobierno) QUIERE UNA SOLUCIÓN MILITAR, Y QUE LES RESPALDAREMOS AHORA Y DESPUÉS… CREEN AL MENOS ALGUNA CLASE DE CLIMA DE GOLPE”.

Un grupo llamado Patria y Libertad se proponía desafiar el resultado electoral. Kissinger se dirigió a este grupo. El 15 de octubre de 1970 fue informado de que el general Roberto Viaux, vinculado con el grupo, estaba dispuesto a aceptar el encargo secreto de “retirar” al general Schneider del tablero de juego. Kissinger autorizó el suministro de armas a los cómplices de Viaux, que en vez de secuestrar, asesinaron a Schneider.

Un funcionario estadounidense planea el secuestro de un alto oficial respetuoso de la Constitución de un país democrático con que Estados Unidos no está en guerra. ¿No es esto sin duda un ejemplo de terrorismo con respaldo estatal?

Luego, un agente de la CIA en Santiago envió un comunicado a Kissinger diciendo que en un corto plazo Estados Unidos recibiría una petición de ayuda de “un oficial clave del grupo militar chileno que planeaba derrocar al presidente Allende”.

El golpe, rápido y terrible, se produjo el 11 de setiembre de 1973. Ante la perspectiva de ser capturado en el palacio presidencial, Allende se suicidó. La dictadura militar del general Augusto Pinochet asumió el poder esa misma tarde, y la CIA no tardó en forjar una alianza con la Junta de los generales. Pinochet gobernó con crueldad, asesinando a más de 3.000 personas y encarcelando y torturando a otras decenas de miles.

Años después la CIA confesó ante el Congreso estadounidense que “contactos de la CIA participaron activamente en la comisión y encubrimiento de graves violaciones de los derechos humanos”. Quizás el más importante fue el coronel Manuel Contreras, jefe del servicio de inteligencia chileno. Él se convirtió en un agente a sueldo de la CIA y se reunió con altos cargos de esta en Virginia dos años después del golpe, en un momento en que la misma CIA informaba de que era personalmente responsable de miles de casos de asesinato y tortura en Chile.

El 2 de diciembre de 1998, bajo el titular “Estados Unidos entregará los archivos sobre delitos cometidos bajo Pinochet”, el New York Times decía: “El presidente Nixon y Henry Kissinger… apoyaron un golpe de Estado derechista en Chile… La CIA posee expedientes sobre asesinatos cometidos por el régimen y la policía secreta chilenos… La Biblioteca Ford contiene muchos de los documentos secretos del señor Kissinger sobre Chile, que nunca han sido hechos públicos”.

Lo que apunta a su complicidad en crímenes contra la humanidad, es el detalle con que Kissinger se mantenía informado de las atrocidades de Pinochet: el subsecretario de Estado, Jack B. Kubish, presentó un informe detallado de la política de ejecuciones de la Junta chilena, informe que, como le señaló a Kissinger, “usted solicitó por telegrama desde Tokio”. El informe decía que en los primeros días del régimen de Pinochet se produjeron 320 ejecuciones sumarias.

(Por cierto, no soy socialista. Más bien, el socialismo de otro país causó el primero de mis exilios).

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