Trabajo, ocio y jubilación en países capitalistas

Bajo el capitalismo, el trabajo se vende y se compra como una mercancía, aplicando precios que llamamos “salarios”. Y, fuera del mercado de fuerza

Bajo el capitalismo, el trabajo se vende y se compra como una mercancía, aplicando precios que llamamos “salarios”. Y, fuera del mercado de fuerza laboral, el trabajo no tiene valor ni dignidad alguna. Tan es así que, conforme a las estadísticas oficiales, las amas de casa, por ejemplo, no forman parte de la “Población Económicamente Activa” (PEA), lo cual es absurdo, al considerar simplemente lo siguiente: una mujer que cocina, cría niños y realiza otras tareas domésticas en su hogar, no cuenta como “empleada u ocupada”; no obstante, cuando hace exactamente lo mismo pagada por el propietario de una guardería privada, es conceptuada y clasificada como tal (incluida en la PEA).

Por eso, yo les decía a mis estudiantes de género femenino que no le hicieran caso a los censos nacionales por negarles reconocimiento y dignidad,  al excluirlas e invisibilizarlas  en su carácter de productoras, cuando trabajan en sus hogares y no en empresas privadas o capitalistas.  Pienso todo lo contrario: como amas de casa, realizan el trabajo más importante y valioso de la sociedad entera.

Sin embargo, la conceptuación parcializada y, por tanto, falaz o equivocada del trabajo  desde la perspectiva capitalista, no queda allí. Tiene otras implicaciones y consecuencias de largo alcance para la vida social, una de las cuales procedo a describir.

Dentro del capitalismo, el ocio, al no contribuir a la acumulación de capital, suele ser  juzgado como un fenómeno inútil y despreciable. Aún así, es indispensable para  los trabajadores,  como seres humanos; y estos, consecuentemente, siempre han dado luchas persistentes, no solo por obtener lapsos periódicos de ocio durante cada día, los fines de semana y al completar cada año (“vacaciones”), sino que han logrado el reconocimiento de un ocio permanente o definitivo, cuando se retiran del mercado de trabajo total y permanentemente, lo cual se llama “jubilación”.

Sin embargo, la manera de pensar y los valores promovidos por el capitalismo han penetrado la cultura tan profundamente, que los trabajadores mismos no sabemos qué hacer con el ocio en general, y especialmente, cuando nos “jubilamos”. Creemos, equivocadamente, que “jubilarse” no solo es dejar de trabajar en organizaciones capitalistas o por un salario, sino que es  dejar de trabajar del todo. Así, los “jubilados” paulatinamente van perdiendo respeto por sí mismos, llegando a convencerse de que ellos mismos son inútiles y despreciables. De tal manera, por ejemplo en Alemania, Japón y otros  países de mayor “desarrollo” capitalista, se ha observado que el suicidio es más elevado entre los  desempleados y “jubilados”.

Esas sociedades, se han dado cuenta que el sector o estrato social de “jubilados” se expande más rápidamente que otros; y, concomitantemente, los trabajadores, como seres humanos,  necesitan cada vez más actividades fuera de organizaciones capitalistas. Sin embargo, para este efecto, se requieren transformaciones que van más allá de las posibilidades de cada individuo; es decir, se necesitan cambios estructurales en escala cada vez mayor,  incluyendo aspectos de índole filosófica.

Y ahora, en nuestros días, cuando el capitalismo muestra su verdadero rostro salvaje –como lo llamaba el Papa Juan  Pablo II−  y sus consecuencias (lógicas) extremas, es cada vez más necesario explorar nuevas estructuras de trabajo y producción. Se discute mucho sobre esto en todas las sociedades,  incluyendo la nuestra: sobre la materia hay mucho que investigar, pensar, aclarar, escribir y hacer. Por tanto,  en  artículos próximos, repasaré algunas experiencias históricas sobre el tema y describiré proyectos a futuro que se plantean aquí  en Costa Rica y en el mundo entero.

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