Las heridas del golpe militar vuelven a abrirse en Honduras tras elección

El Partido Libre de Honduras rechaza el conteo del Tribunal Supremo Electoral que da como ganador al oficialista Juan Orlando Hernández, y afirma que

El Partido Libre de Honduras rechaza el conteo del Tribunal Supremo Electoral que da como ganador al oficialista Juan Orlando Hernández, y afirma que la ganadora fue su candidata Xiomara Castro de
Zelaya. (Foto: Xinhua)

Tegucigalpa.

Como salido de un cuento de García Márquez, cuando me encontré con Honduras a cinco días de las elecciones generales todo el mundo sabía que “algo” iba a pasar, aunque no tenían claro el “qué”.

La historia reciente de la democracia hondureña permitía elaborar muchos escenarios y cada persona con la que hablé tenía el suyo listo: la victoria de su partido, el triunfo del rival, un fraude, una confrontación, más días de protesta y violencia como aquellos del 2009 tras el golpe de Estado.

La forma en que se derrocó y expulsó a Manuel Zelaya Rosales, un 28 de junio hace cuatro años, dejó profundas heridas sin sanar en Honduras que se hicieron más grandes tras la virtual victoria del oficialismo en estas elecciones.

Al cierre de esta edición, con el 54% de los votos escrutados, el candidato del oficialista Partido Nacional, Juan Orlando Hernández, encabezaba el recuento con el 34,19% de los votos, mientras que la candidata del izquierdista Libertad y Refundación (Libre) y esposa de Zelaya, Xiomara Castro, contabilizaba el 28,83% de los sufragios.

El martes 26 de noviembre, las misiones de observación de la Organización de Estados Americanos, de las Naciones Unidas y del Centro Carter para la la Paz reportaron que el proceso electoral había sido  transparente y sus datos eran confiables. Incluso uno de los principales aliados de Zelaya, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, reconoció el triunfo de Hernández y lo felicitó.

MIEDO Y ESPERANZA

Este proceso electoral ya había nacido diferente a sus antecesores, con la formación del partido Libre que pretendía, y pretende aún, colocar a Xiomara Castro en la silla presidencial hondureña.

Aquella valiente mujer que salió a las calles y se plantó a los militares en la frontera para que su esposo, Manuel Zelaya, pudiese regresar a su país tras haber sido derrocado y enviado a Costa Rica, se convirtió en el símbolo de una resistencia que no se apagó en cuatro años.

Esa mujer y su partido lograron recoger la esperanza de muchos pobres y excluidos, cansados de ver cómo Honduras se hundía aún más en la miseria y la violencia, a merced de las pandillas y las autoridades corruptas.

“Yo voy a votar por Xiomara y ella es la que va a ganar, pero no va a ser presidenta. Juan Orlando tiene mucho poder y algo va a hacer para ganar”, decía una vendedora de chicles en la calle.

Juan Orlando Hernández era el candidato del Partido Nacional, el mismo del actual presidente Porfirio Lobo. Dirigió el Congreso hondureño hasta que dejó el cargo para dedicarse a su candidatura, e hizo de su proyecto estrella su principal promesa de campaña: crear una “Policía Militar” para atacer con mano dura a los delincuentes.

En un país muy conservador, cansado de vivir bajo el dominio implacable de las maras y con mucha estima por sus Fuerzas Armadas, la propuesta de Hernández fue el gancho para muchos votos, aunque las encuestas de los meses previos decían que no eran tantos.

“Él tiene a los militares, y si no gana tal vez los use. Yo no sé quién va a ganar, aquí el problema es que ninguno quiere perder y parece que con cualquiera que gane va a haber un ‘vergueo’”, me dijo otro de los tantos taxistas que se convirtieron en el salvoconducto para cruzar las peligrosas calles de la capital hondureña.

Para otros lo mejor era que Juan Orlando ganara, para mantener la estabilidad del país y evitar que Xiomara Castro llevara otra vez a la Casa Presidencial esas ideas tan “pintadas” de Cuba y Venezuela, como las que una vez llevó “Mel” Zelaya.

“Xiomara es buena, y puede ganar. Pero si gana y sigue con esas ideas, capaz que también la mandan en camisón para Costa Rica como a Mel”, me decía el jardinero de uno de los hoteles en Tegucigalpa.

Para muchos la huella del golpe sigue viva no porque les importara mucho Zelaya o la política, sino porque los días de agitación los alejaron de las calles a las que tenían que salir para poder llevar el sustento a sus familias, y porque desde entonces, todo ha ido de mal en peor para Honduras.

El golpe, en complicidad con la crisis internacional, hizo que la reducción de la pobreza de un 7,7% y de la pobreza extrema en un 20,9% logrados por Zelaya en tres años, quedaran perdidos en la administración de Lobo que vio a los pobres aumentar de nuevo 13,6% para volver a un deprimente 71% y a los que viven en la miseria extrema crecer 26,3%, según datos de un estudio reciente del Centro de Investigaciones Económicas y Políticas de Honduras

Aunque la predicción de cada uno sobre lo que pasaría el domingo 24 de noviembre era distinta, para todos el final deseado era el mismo: que no hubiera fraude, que ganara el mejor para Honduras, que respetaran el voto de la gente y que el perdedor aceptara su derrota sin violencia.

UNA CAMISA CON AGUJEROS

Los insistentes llamados de la autoridad electoral hondureña para que sus ciudadanos salieran a votar “sin miedo” y desatendiendo los rumores parecieron dar resultado, pues si bien la votación no fue masiva, las mesas de votación se matuvieron bastante ocupadas a lo largo del día.

Cada centro de votación se convirtió en un pequeño “fuerte” resguardado por soldados y policías (siempre en igual cantidad), donde los hondureños querían lucir a la prensa y observadores internacionales su mejor camisa de democracia, pese a que como ellos mismos decían, esté llena de agujeros.

No pude dejar de asombrarme por la normalidad con que unos y otros me hablaban de la compra de votos por 500 lempiras (25 dólares) o la venta de credenciales de los miembros de mesa de partidos “pequeños” a otros “grandes” que se garantizaban más ojos y manos en cada urna de votación.

El asombro se me plantó en la cara cuando el partido oficialista mostraba sin pena alguna una tarjeta de descuentos en comercios, que era “para cualquiera que la quisiera”, pero que solo se podía recoger en las sedes del partido y era ofrecida por un “call center” a menos de 72 horas de la elección.

Cuando le pregunté a los dirigentes del partido opositor por la famosa “Tarjeta Cachureca” (cachureco se le llama a los militantes del Partido Nacional) es cuando el asombro me consume: ellos saben de la práctica, pero no les molesta, no les asombra y no ven cómo puedan denunciar ante el TSE que se cambien votos por descuentos.

Quizá de verdad lo ven tan normal como todos a los que les pregunté, o quizá era mejor no hablar de esas cosas pues las noches previas a la elección muchos se quejaron de haber recibido llamadas en la madrugada con mensajes de Xiomara y la práctica no fue vista con simpatía, por lo que Libre prefirió negarla.

Tal vez, llegué a pensar, todos estén más preocupados por las fallas que mostró el nuevo sistema de transmisión de datos que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) implementó en esta elección, y que no hizo buen papel en su último ensayo, a pocos días de los comicios y en presencia de los observadores internacionales que solo atinaron a no arrugar mucho la cara.

Pese a los rumores, miedos y dudas, tres clases de hondureños salieron a ejercer su derecho al voto: los vivos, los muertos y los resucitados.

A lo largo del domingo no dejaron de aparecer personas a las que no se les permitió votar porque aparecían “muertas” en los registros, mientras que algunos delegados de partidos también se quejaron de que algunos muertos (sin saber cómo) habían llegado también a votar.

Los vivos también querían votar, y aún el propio domingo de las elecciones, el Registro Nacional de Personas lució abarrotado hasta el último minuto por cientos de personas que llegaban a reclamar su tarjeta de identidad, necesaria para emitir el sufragio.

Los del “más allá” y del “más acá” protagonizaron una jornada de votación “tranquila”, aunque en un país con promedio de 20 muertes diarias, la Ley Seca aplicó para la venta de licor pero no para los expendedores de violencia.

NOCHE DE TRES GANADORES

La jornada electoral que debía terminar a las 4 de la tarde se extendió una hora más por orden del TSE, el cual había prometido dar su primer corte de resultados 15 minutos antes de las 7 de la noche, hora a partir de la cual moría la prohibición para que los medios divulgaran sus encuestas “en boca de urna”.

Pero al TSE le fallaron los cálculos y antes de las 7 p.m. no tenía el 20% de las actas electorales transmitidas para dar un resultado, y esto abrió la caja de Pandora en la que cada medio y cada partido dio los resultados de sus encuestas a conveniencia.

La cadena RHN daba el triunfo a Juan Orlando Hernández, mientras Radio Globo proclamaba presidenta electa a Xiomara Castro. En uno y otro medio la tendencia era “irreversible” y hasta el candidato Liberal, Mauricio Villeda, llegó a proclamarse ganador con los resultados internos de su partido.

En uno de los salones del Hotel Clarion de Tegucigalpa, el Partido Libre se reunió para esperar los resultados y a su candidata, que apareció poco después de las 7, justo cuando Radio Globo volvía a gritar que Honduras tenía presidenta.

Los más cercanos a Xiomara, sus candidatos a designados (vicepresidentes) sonreían a medias a la felicitación emocionada de algunos simpatizantes, y dijeron a este Semanario que esperarían los primeros resultados del TSE, postergados ahora para las 9 de la noche.

Los muchos partidarios que ya celebraban previo a su llegada, estallaron en euforia al ver a su candidata, que estaba atascada entre los muchos camarógrafos, fotógrafos y periodistas (yo incluido) en busca de una imagen y una declaración.

Xiomara, con su “Mel” siempre a la par, agradeció a los hondureños el apoyo tras cuatro años de resistencia y prometió cambios para que Honduras borrara aquel nefasto 28 de junio del 2009 que tantas víctimas cobró, y sigue cobrando.

Tras la lenta procesión de fotos, preguntas y gritos de victoria, Xiomara y “Mel” dejaron el hotel. Justo cuando todos ingresaban de nuevo, poco antes de las 8, las pantallas anunciaban una nueva cadena nacional de televisión, con un mensaje del TSE.

Para sorpresa de todo un país, el magistrado presidente, David Matamoros, aseguraba que ya tenían un primer corte con el 20% de las actas, y este tenía como ganador a Hernández con un 34,97%, mientras que Castro era segunda con 28,37%.

En las tiendas de Libre, aquellos datos cayeron como una avalancha de desánimo. Algunos gritaban frente a la prensa que Matamoros era un “vendido”, mientras otros insistieron en que su encuesta interna y los resultados entregados por sus partidarios en todo el país eran contundentes al señalar a Xiomara como ganadora.

El Partido Nacional celebró a Hernández como presidente, en el hotel contiguo a la base de operaciones del TSE, donde el oficialista se hincó a rezar con su familia, para luego dar gracias a los hondureños por su voto.

Con el 43% de las actas recibidas los datos no cambiaron mucho y Mauricio Villeda, candidato del Partido Liberal, prefirió darse por derrotado para felicitar a Hernández; mientras que la otra sorpresa de esta elección, Salvador Nasrallá, del Partido Anticorrupción, denunciaba un fraude.

Salvo algunas calles principales donde se congregaron unos cuantos “cachurecos” para celebrar, el resto de Tegucigapa permanecía en silencio y, al menos por esa noche, como era el deseo de muchos, en Honduras “nada pasó”.


La Honduras palmeada entre pobreza y pandillas

El Ejército de Honduras, con sus casi 12.000 efectivos, fue el responsable de trasladar el material electoral y resguardar los centros de votación. (Foto: Javier Córdoba)

Siguiendo el camión en el que los militares llevaban el material para la elección del día siguiente, llegamos a la humilde colonia San Miguel, uno de los barrios que se esfuerza por disimular la evidente pobreza en la capital hondureña.

Esperando que las cajas y papeletas bajaran del camión (que nunca se abrió), me encontré con una humilde casa de paredes de ladrillo, con su puerta abierta de par en par, y una ventana por la que asomaba la chimenea de una cocina de leña, tapada por encima por las muy blancas y muy redondas tortillas.

Un hombre de cincuenta y tantos años sostenía la puerta, sentado sobre una silla de plástico morada que tenía otra debajo para aguantar; una mujer de edad similar sacaba las bolitas de masa que en sus hábiles manos se hacían tortilla, y una joven que no llegaba a los 20 atendía a su niña pequeña.

Mis preguntas a don “Carlos” sobre las elecciones solo recibían respuestas cortas y desconfiadas, hasta que me leyó el “tico” en la credencial, y prefirió hablarme del Mundial, de cómo en Centroamérica no queremos a la selección de México, de cuánto lamentamos todos que Panamá no fuera a Brasil, de Olimpia, de Saprissa, y de Medford, a quien por allá lo tienen como hombre sabio y prudente al hablar.

La charla futbolera nos llevó luego a hablar de su país, de lo mucho que les cuesta a los pobres conseguir el “pisto” para darles de comer a sus familias y de cómo del poco dinero que se consigue, todavía hay que sacar una parte para el “impuesto de guerra” que cobran las maras para dejar trabajar a los taxistas o al más sencillo puesto de frutas.

Doña “Idalia” me cuenta que vende tortillas para ganarse la vida, mientras su hija logró con mucho esfuerzo terminar la secundaria y ahora espera ingresar a la Universidad Pedagógica Nacional para estudiar y ser maestra.

“Igual, si estudio, me va a costar encontrar trabajo, porque para que lo pongan a uno en una escuela se necesita una “palanca”. Pero yo quiero estudiar”, dijo la joven muy convencida, reservándose el nombre durante todo el tiempo que estuve ahí.

Don Carlos, que resultó ser solo un vecino muy bien instalado en la puerta de la tortillería, admitió con timidez que por aquel lugar muchos votarían por Libre, pero no lo dicen para que los del gobernante Partido Nacional no se den cuenta y no les quiten algunas ayudas que reciben del Estado.

“¿Qué quién va a ganar? Que gane cualquiera. Total los políticos no hacen nada, ninguno”, respondió.

Entre sus anhelos de una Honduras mejor, estuvieron listas las tortillas, y doña Idalia me sorprendió con algunas en un plato. Mi primer impulso fue levantarme del marco de la puerta, donde me había sentado como otro “vecino”, y meterme la mano a la bolsa para sacar dinero.

“No se procupe, que cuatro tortillas no me hacen más pobre ni más rica. ¿Le pongo mortadela?”

Ni la pobreza, ni las pandillas, ni los políticos le han logrado borrar esa amable sonrisa a doña Idalia, ni a los muchos amables hondureños que se toparon conmigo.


Libre irá a las calles “si es necesario”

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Los gritos que llenaron el salón del hotel Clarion en Tegucigalpa el día siguiente de las elecciones, fue muy distinto al de la noche anterior en que Xiomara Castro de Zelaya se había autoproclamado presidenta electa de Honduras.

Ahora los dirigentes del Partido Libertad y Refundación (Libre), venidos de todo el país por llamado del expresidente y esposo de la candidata, Manuel Zelaya, gritan fraude, piden salir a las calles, reclaman respeto al voto popular.

Con más de dos tercios de las actas electorales procesadas, el Tribunal Supremo Electoral mantiene al oficialista Juan Orlando Hernández a la cabeza con un 34%, mientras que Xiomara Castro ha mejorado levemente desde el domingo con un 28,92%.

Manuel Zelaya insiste en que los números que tiene su partido son confiables respecto a la victoria de Xiomara en las urnas, y acusa al TSE de separar un 19% de las actas (unos 400.000 votos) por presuntas inconsistencias en la transmisión de los datos. Ahí, dice Zelaya, están los votos que le faltan a su esposa.

Libre llamará “si es necesario” a defender sus votos en las calles y dejará el consejo que integran todos los partidos en el TSE, para solicitar una fiscalización individual de cada mesa de votación en presencia de sus representantes.

Hernández reaccionó de inmediato para decir que no negociaría la victoria que obtuvo; y anunció el reconocimiento que obtuvo como presidente electo de los mandatarios de Panamá, Guatemala, Colombia y Nicaragua.

Al dejar Tegucigalpa, un grupo de partidarios de Libre se tomó la calle frente al hotel en que se habían reunido sus dirigentes. La Policía Nacional vigilaba a los manifestantes, pero no hubo enfrentamiento alguno.


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