Malón guatemalteco

¿De dónde provenía? –me pregunto aún–. ¿De un presente oculto, o de un futuro no muy lejano?  Lo cierto es que mi tío

Una de las primeras pesadillas que recuerdo fue una especie de malón guatemalteco. El paisaje pudo provenir de la región maya–kiché de Tecpán. Yo tendría cinco o seis años. Aparecen mi padre y uno de mis tíos políticos, Eduardo Cáceres Lenhoff (doblemente político, pues fue vicepresidente de la República entre 1970 y 1974), y una horda de indios salidos de un western: la caravana formada en círculo, los gritos, el fuego, las flechas, los puñales. Creo que fue mi primera imagen del terror.

¿De dónde provenía? –me pregunto aún–. ¿De un presente oculto, o de un futuro no muy lejano?  Lo cierto es que mi tío murió carbonizado, junto con un grupo de campesinos de origen maya, la tarde del 31 de enero de 1980 en la quema de la embajada española, que coincidió con el día de su aniversario de bodas. Mi hermana mayor y yo fuimos enviados ese mediodía a la sede de la embajada, para hacerle llegar al exvicepresidente y rehén accidental un medicamento para el corazón, que, a sus 70 y tantos años, debía tomar con puntualidad. El cordón de la Policía Nacional nos impidió el paso, y un conocido periodista, que había llegado allí una hora antes, nos dijo: “Esto está feo. La policía va a forzar la entrada”. Nos contó también que Cáceres Lenhoff había hablado por un megáfono (¿desde una ventana?) para pedir a los policías que se retiraran, que estaban violando territorio español… Vimos a unos agentes ya en un balcón del segundo piso, con picos y piochas. Se oyó una detonación, y una nubecita negra salió por una ventana. Segundos después, a más de veinte metros del edificio asediado podía olerse la carne chamuscada.

Durante meses, el recuerdo de esa tarde me persiguió, y en una ocasión desperté con la imagen de mí mismo que comía un trozo de carne asada proveniente del cadáver carbonizado de mi tío; como si, escritor en ciernes que era en 1980, yo intuyera oscuramente que la violencia política de mi entorno se convertiría en una especie de alimento.  No fue hasta mi regreso definitivo a Guatemala, a finales de los noventa, mientras leía el alarmante informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, Memoria del silencio, cuando me enteré de algunos detalles que desconocía acerca de la quema de la Embajada.

En respuesta a la represión militar en el área ixil por aquel tiempo, un comité de campesinos ixiles y kichés viajaron a la capital para denunciar una serie de graves violaciones de los derechos humanos. “En la capital –dice el informe– se les impidió el acceso al Congreso de la República; intentaron ser oídos por la OEA y allí les cerraron también las puertas (…) Un declarante, que en aquella época tenía un cargo de relieve en un medio de comunicación, afirmó: Llegaron a las oficinas del periódico un grupo de campesinos que querían hacer la denuncia de las atrocidades que estaban cometiendo contra ellos en Quiché. Nos llevaron la denuncia y, con mucha franqueza lo digo, no nos atrevimos a publicarla.  Y lo mismo que hice yo hicieron todos los medios.” Con el apoyo de estudiantes y de miembros del Ejército Guerrillero de los Pobres, los dirigentes campesinos analizaron la posibilidad de ocupar una iglesia o una representación diplomática. “La mañana del jueves 31 de enero de 1980, veintisiete personas, la mayoría de ellos indígenas, ingresaron de forma pacífica en la embajada de España. El embajador, Máximo Cajal, mantenía en ese momento una reunión con tres juristas guatemaltecos… ‘El comité de campesinos [entre quienes estaba el padre de Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz] comunicó al embajador las causas de la ocupación pacífica (…) Autorizaron al embajador para que conversara por teléfono con las autoridades guatemaltecas. El embajador intentó hablar con el ministro de Gobernación, pero le fue imposible (…) La Embajada fue rodeada por decenas de agentes de seguridad (…) Un testigo que más tarde pudo ver los cadáveres en la morgue relata: Había cuerpos abiertos y calcinados. Había ojos saltados (…) Algo así sólo lo produce el fósforo blanco (…) No parece posible concluir que la gasolina de un cóctel molotov haya terminado con todas esas vidas’”, concluye el informe, para contradecir la versión oficial, que aún hoy en día sostiene que los campesinos se auto inmolaron y fueron los responsables del incendio. Sobrevivió el embajador Cajal, que saltó por una ventana; de los campesinos, sólo Gregorio Yujá fue trasladado con vida, pero en estado grave, a un hospital privado, adonde también fue llevado el embajador. El 1 de febrero por la mañana varios hombres armados entraron en el hospital y secuestraron a Yujá. Al día siguiente apareció su cadáver con señas de tortura.

 Tomado de la revista Ñ.

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