A un siglo de la deriva continental y su transformación en la tectónica de placas: El desarrollo de una revolución científica

Wegener planteó la existencia de un supercontinente, denominado Pangea, que constituía un bloque compacto hace unos 290 millones de años. Luego la Pangea empezó

Wegener planteó la existencia de un supercontinente, denominado Pangea, que constituía un bloque compacto hace unos 290 millones de años. Luego la Pangea empezó a fragmentarse, primero en dos supercontinentes: Gondwana al sur y Laurasia al norte, y después en los continentes actuales que se separaron (foto tomada de Internet).

Alfred Wegener comenzó a estructurar en 1910 la posibilidad de la movilidad de los continentes, con argumentos serios, apoyado en una colección monumental de datos. Publicó sus trabajos en 1912, pero la teoría la amplió formalmente en 1915, en su ahora libro seminal El origen de los continentes y océanos.

El libro de Wegener se tradujo al ruso, inglés, francés, español y sueco. Él pensaba que todos los continentes estuvieron unidos hace unos 290 millones de años en un supercontinente, llamado Pangea. Parte de sus evidencias eran el encaje de las líneas de costa entre Sudamérica y África, la similitud entre las formaciones geológicas y fósiles a ambos lados del Atlántico y reconstruye zonas paleoclimáticas. Agregaba que las mayores estructuras terrestres tenían su origen por las interacciones horizontales de los continentes.

No obstante, uno de los impedimentos a tal teoría de la deriva era sobre cuál sería el mecanismo para la traslación.

Para ello, el gran geólogo británico Arthur Holmes propuso en 1929 que el manto, aunque sólido, podía fluir a escala de tiempo geológico. Así podía arrastrar los continentes sobre corrientes de convección térmica, impulsados por el calor resultante de la desintegración radiactiva. Pese a que se propusieron modelos físicamente plausibles, se hicieron muchas objeciones y la teoría fue sepultada a partir los años 30 del siglo pasado.

LAS INVESTIGACIONES DEL FONDO OCEÁNICO

A finales de 1950, los estudios oceanográficos revelaron algo de lo que no se tenía conciencia de su plena extensión. Se determinó que en el centro de los océanos existen enormes cordilleras volcánicas activas, de unos dos kilómetros de alto y unos dos kilómetros por debajo del nivel del mar. Se les llamó dorsales oceánicas y constituyen la cadena montañosa más grande del planeta, con 70 000 km de longitud, que recorre todo el globo.

En 1962, el geólogo Harry Hess observó que las dorsales reflejaban la forma de la línea costera a más de 2000 km de distancia de cada lado. Parecía ser más que una mera coincidencia. Concluyó que estas cordilleras de volcanes submarinos eran la fuente de nueva corteza oceánica a medida que el Atlántico se ensanchaba y los continentes de uno y otro lado se separaban. Estos alineamientos parecían marcar los linderos de enormes placas que cubrían la superficie terrestre.

La prueba final se dio en 1963, al cartografiar el campo magnético del fondo oceánico, fijado en las rocas volcánicas al momento de su formación. Puesto que el campo magnético se invierte cada varios cientos de miles de años, estos científicos descubrieron bandas magnéticas alternas en las rocas a ambos lados de la dorsal. Las rocas eruptivas eran cada vez más antiguas a medida que se alejaban del eje volcánico. Esta fue la prueba final que convenció a los escépticos de la realidad de la deriva continental.

EL PROCESO DE SUBDUCCIÓN

Los sismólogos H. Benioff y K. Wadati descubrieron en la década de 1950 que existía una zona sísmica (faja de temblores) que se sumergía con un ángulo de 30 grados bajo las islas, donde las trincheras submarinas eran zonas de falla.

Puesto que en la década de 1960 se comprobó que continuamente se formaba nuevo lecho oceánico y que no existe corteza oceánica más antigua que 200 millones de años, debía de existir un proceso que lo explicara. Entonces, cerca de los arcos y continentes se podría iniciar el proceso que explicaría la hasta entonces desacreditada teoría de la deriva continental.

Justo donde la placa oceánica es más densa, se sumerge bajo los continentes, que son más livianos. Allí, se produce una trinchera tectónica, que puede alcanzar unos cuatro kilómetros de profundidad frente a Nicoya. Al principio, la placa se sumerge a unos pocos grados, pero después adquiere mayor pendiente. Entonces, las rocas cargadas de agua se calientan y ablandan a medida que descienden, hasta alcanzar una profundidad de unos 125 km. En ese punto, el agua expulsada asciende, lo que baja el punto de fusión de las rocas que hay encima. Esto provoca la formación de magma que sube y produce las erupciones volcánicas.

LA REVOLUCIÓN DE LAS CIENCIAS DE LA TIERRA

Sin lugar a dudas, si hay una idea del siglo XX que transformó nuestra comprensión de la Tierra es la de la deriva continental (1912–1929) y, subsecuentemente, la teoría de la tectónica de placas (1960–1968).

Ello tuvo implicaciones no solo desde el punto de vista geológico, sino de la biología evolucionista, así como de la distribución de los recursos minerales. Hoy existe el Instituto Alfred Wegener de Investigación Polar y Marina en Bremerhaven, Alemania. La península donde murió y donde todavía yace su cuerpo congelado, lleva también su nombre. Un siglo después de su teoría, su legado es innegable.


Alfred Lothar Wegener

Nació en Berlín el 1 de noviembre de 1880. Estudió meteorología y astrofísica en su ciudad natal y más tarde en Heidelberg e Innsbruck. Después de doctorarse en 1904, comenzó a trabajar en el Observatorio Aerodinámico de Lindenburg. A partir de 1909 sirvió la cátedra de meteorología, astronomía práctica y física cósmica en la Universidad de Marburgo, Alemania. Tomó varias expediciones a Groenlandia. En 1912 conoció a Else Köppen, que en 1913 se convirtió en su esposa. En 1924 fue catedrático de Meteorología en la Universidad de Graz, Austria.

Se le consideró un gran profesor, un eminente teórico y un valeroso explorador, que sorprendía agradablemente a sus alumnos al ilustrar sus clases con fotografías obtenidas en sus expediciones. En su búsqueda de evidencias sobre la deriva continental, falleció recién cumplidos sus 50 años, el 2 de noviembre de 1930, durante la noche polar a -54°C y en medio de una tormenta. Ello ocurrió cuando realizaba el viaje de regreso de la estación Eismitte (Groenlandia), donde había llevado provisiones.


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