1968-2013 registro de un entusiasmo

El diplomático francés Stéphane Hessel, fallecido el pasado 27 de febrero a los 95 años, el sociólogo catalán Manuel Castells y el filósofo francés

El diplomático francés Stéphane Hessel, fallecido el pasado 27 de febrero a los 95 años, el sociólogo catalán Manuel Castells y el filósofo francés Edgar Morin han reflexionado acerca de los recientes acontecimientos y protestas en el mundo y sobre la necesidad de pasar del entusiasmo a apropiarse de la democracia. Aquí se recogen algunos de sus análisis y propuestas.

Hace 45 años, el mundo llegaba a un punto culminante de acomodo social. El año 1968 fue bisiesto y los acontecimientos que se desarrollaron entonces marcan un hito en la historia del siglo XX, que hoy parece reclamar un parangón.

La riqueza abundante, el desarrollo científico esplendoroso, logrados en el periodo de postguerra en Occidente, servían para que un grupo social, conformado como una clase, se apropiara de los privilegios sociales. Los políticos gobernaban para ese grupo y ellos ponían las reglas en la sociedad.

El deseo de libertad de los jóvenes estalló incontrolablemente como una reacción hormonal. La clase política no supo canalizar esas inquietudes, las estructuras de los modelos de gobierno crujieron. El antiguo régimen herido de muerte se resistía a caer pero su autoridad era un cascarón.

En junio de 1968 el proceso electoral adelantado en Francia ponía fin a una protesta de varias semanas que marcó la lucha política en los países occidentales.

Las protestas estudiantiles en París se vieron respaldadas por los sindicatos y la conmoción general llevó a una huelga en todo el país que desafió al gobierno de Charles de Gaulle.

Pero más que un movimiento político organizado, se trató de la manifestación del descontento y el advenimiento de un cambio de época.

La tendencia fuertemente anarquista de los jóvenes y sus demandas provocó que el movimiento careciera de una orientación política con objetivos claros y más bien se limitara a la denuncia y la inconformidad. Como resultado, pese a que el gobierno de 10 años de De Gaulle se vio fuertemente cuestionado, en las elecciones del 23 y 30 de junio resultó fortalecido.

El mundo convulso

En Latinoamérica, la década de 1960 se estrenó con una revolución que se declaraba comunista a 90 millas de los Estados Unidos, país donde el 4 de abril y el 5 de junio asesinan a Martin Luther King Jr. y a Robert Kennedy, respectivamente, ambos líderes de las luchas por los derechos civiles que a lo largo de la década han provocado protestas en diversas ciudades.

En China, Mao debió reprimir un intento de insubordinación de sus Guardias Rojos, que eran grupos juveniles y estudiantiles que coordinaban movilizaciones en las calles y que apoyaban la revolución cultural. Consecuentemente, lleva adelante el proyecto de que los educados en la ciudad se reeduquen en el campo, desplazando a servicio social a miles de intelectuales y estudiantes.

En Checoslovaquia, los ocho meses de la primavera de Praga vieron el fin de su proyecto de socialismo reformado cuando los tanques y tropas soviéticas invadieron las calles el 21 de agosto.

En octubre, México se preparaba para abrirse al mundo con la transmisión televisada de las Olimpiadas, que por primera vez se realizaban en Latinoamérica. Pero el descontento en el país era creciente y desencadenó un movimiento estudiantil que de alguna manera retomaba las protestas que los franceses habían propagado por todos los países occidentales.

En setiembre el ejército había invadido la UNAM, con lo que las marchas estudiantiles y de intelectuales encontraban en las calles apoyo popular a su reclamo de autonomía y libertad.

La respuesta del gobierno mexicano fue una cruenta represión. En Tlatelolco, en la llamada Plaza de las Tres Culturas, donde se habían concentrado los manifestantes, el 2 de octubre de 1968, agentes del gobierno llamados Batallón Olimpia, se infiltraron vestidos de civiles y, a una señal, iniciaron acciones violentas con armas de fuego y consecuentemente reprimidas con disparos de la policía. El resultado fue una matanza sin precedentes en pleno centro de la ciudad.

El gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y el Secretario de Gobernación y futuro presidente Luis Echeverría decidieron ocultar al mundo la masacre para que no opacara la festividad de las Olimpiadas, de manera que, con la complicidad de los medios de prensa, se pretendió borrar de la historia lo ocurrido al final de aquella tarde funesta.

Las imágenes de lo que ocurría en distintas latitudes se difundían por las ciudades en todo el mundo, provocando, especialmente en los jóvenes, un estado de inquietud cuando no de zozobra.

De esta manera, el desarrollo de la televisión impactaba decididamente la vida social, conectaba al mundo a la vez que irrumpía sin reparos en la intimidad de los hogares imponiendo una imagen de la realidad.

Hoy, al igual que entonces, las condiciones sociales, económicas, políticas y culturales no pueden desligarse del efecto que la tecnología tenía en la sociedad.

En 1967, el sociólogo canadiense Marshall Mcluhan, en su libro El medio es el masaje ya reclama esos efectos sociales de la comunicación masiva y un año después en Guerra y paz en la Aldea Global analiza algunos aspectos de la nueva realidad que se está creando.

Redes y protestas

Hoy, 45 años después, en Brasil, mientras se realiza la Copa Confederaciones de Futbol los manifestantes aprovechan para hacer sentir su desacuerdo. Concentraciones que superan un millón de personas en las principales ciudades brasileñas cuestionan una de las más poderosas economías emergentes.

El reclamo es el mismo que en otras sociedades en el resto del mundo: el sistema no ha servido para vencer la injusticia y la desigualdad. Las políticas estatales dependen de las cifras macroeconómicas mientras los sectores sociales más vulnerables y en particular los jóvenes carecen de horizonte.

El impacto del desarrollo de las tecnologías de la comunicación puso en evidencia que la gente tiene la voz aunque no las palabras. En las protestas, los dispositivos personales captan la imagen y la propagan mundialmente como un testimonio irrebatible. Una imagen dice más que mil palabras y los represores deben contener sus afanes. El ojo ciudadano está en la calle junto a las gargantas que denuncian la injusticia; la indignación se expresa sin miedo. Miles y miles salen del silencio y la indiferencia.

Pero la brevedad del discurso, del tuit, de la pancarta, del grafiti, ha servido para articular protestas pero no para componer propuestas. El entusiasmo que marcó la transformación cultural de finales del siglo pasado, donde los acontecimientos del año 1968 tienen un significado preponderante, vuelve a aglomerar multitudes, incluso a derrocar dictaduras, y gestar insurrecciones, pero si no es sucedido por una propuesta programática, corre el riesgo de perder de vista los objetivos o incluso fortalecer lo que combaten.

Las similitudes con lo que acontecía hace 45 años son palpables. Las lecciones aprendidas quizás sirvan a las nuevas generaciones.

De la protesta a la propuesta

El sociólogo catalán Manuel Catells en su libro Redes de indignación y esperanza analiza el importante papel de las redes sociales en la posibilidad de construir mejor opciones para las sociedades contemporáneas.

A partir del análisis de cómo surgieron movimientos similares en sociedades tan disímiles como Túnez e Islandia y que luego dio pie a las protestas en los países árabes con las consecuentes caídas de viejas dictaduras y gobiernos tradicionales y abusivos.

En ambos casos, dice Castells, los teléfonos móviles y las redes sociales de Internet tuvieron un papel fundamental a la hora de difundir imágenes y mensajes que movilizaron a la gente y ofrecieron una plataforma para la discusión, para provocar la acción, coordinar y organizar manifestaciones y transmitir la información y el debate a la población en general.

Y agrega: “El proceso de movilización para conseguir un cambio político de éxito transformó la conciencia cívica y dificultó cualquier intento futuro por volver a la manipulación política como estilo de vida.”

El éxito de estos movimientos dependerá de si pueden generar una agenda programática propositiva.

Explica Castells que: “Si los orígenes de los movimientos sociales se encuentran en las emociones de los individuos y en sus interconexiones a partir de la empatía cognitiva, ¿cuál es el papel de las ideas, ideologías y propuestas programáticas consideradas tradicionalmente como la materia de la que está hecho el cambio social? En realidad son materiales indispensables para el paso de la acción impulsada por las emociones a la deliberación y la construcción de proyectos”.

En su entrevista con el joven periodista Giles Vanderpooten, titulada “Comprometeos, no basta con indignarse”, Stéphane Hessel señala:

“No basta con ser consciente, también hay que ser estratega. Espero de los responsables políticos que nos describan la estrategia que se proponen utilizar. En mi opinión, esta sólo puede ser eficaz si tiene en cuenta los retos en su interacción.

No basta con tener una estrategia para el agua y otra para la energía: hay adoptar una estrategia para el medio ambiente. No se puede tener una estrategia para la protección de la Tierra y otra para la lucha contra la pobreza  y la injusticia; hay que adoptar un estrategia común que unifique ambos retos.”

La necesidad de esa estrategia, de ese paso siguiente, es indispensable para Hessel, quien en el texto “No os rindáis”, que fue su legado al movimiento de los Indignados en España, del cual fue un motivador, dice:

“El cambio precisa esfuerzo. Está muy bien expresar nuestro rechazo a la oligarquía, pero a la vez hay que proponer una visión ambiciosa de la economía y de la política capaz de transformar la condición de nuestros países. No hay que quedarse en la protesta. Hay que actuar.”

Y más adelante señala como estrategia política: “El objetivo debe ser infiltrarse en las instancias políticas, gubernamentales y sociales en nombre de nuestros valores y ambiciones.

Nuestras democracias están bajo el predominio de una oligarquía ávida de dinero que impide un reparto justo y equitativo de los recursos, así en la sociedad como en el planeta, donde una riqueza arrogante coexiste con una extrema pobreza, y donde las desigualdades sociales se han profundizado de forma escandalosa”.

El filósofo francés Edgar Morin fue uno de los grandes amigos de Hessel y con él escribió “El camino de la esperanza” una propuesta programática para la sociedad francesa pero que como documento constituye toda una propuesta de organización en la sociedad contemporánea.

Allí una de las preocupaciones principales es la juventud, por lo que plantea:

“Debemos enunciar una política de la juventud en función de lo que es el adolescente desde un punto de vista sociológico y cultural: se trata del eslabón más débil (por ser el menos integrado, a medio camino entre el nido familiar de la infancia y la inserción en los marcos adultos) y al mismo tiempo más fuerte de la sociedad (porque está dotado de una mayor energía, aspiraciones más intensas, mayor capacidad para la rebelión). Es una fuerza que puede resultar explosiva y emancipadora, pero también devastadora y destructora cuando se siente rechazada y confinada en un gueto. Una política de la juventud no implica tan sólo la solidaridad a través de un servicio cívico, sino que debe conducirnos a solidarizarnos con sus problemas, a reconocer la +dignidad de todos los jóvenes rechazados.”

Tanto Hessel, como Morin y Castells fueron testigos presenciales del Mayo de 1968 en París, los tres coinciden en la necesidad de que el entusiasmo se transforme en acciones propositivas.

Hace 5 años, y no sin cierto escepticismo, antes de que ocurrieran muchos de los acontecimientos que analiza en su más reciente libro, Castells señalaba en un artículo que rememoraba el mayo francés:

“…la estabilidad de las instituciones que rigen nuestros destinos no se basa en la adhesión de los ciudadanos al modelo de sociedad y de vida nuestra de cada día, sino a la resignación acerca de su inevitabilidad. Así, el 61% de los ciudadanos del mundo consideran deshonestos a los políticos, en Europa el 83% desconfía de los partidos y el 69% del Gobierno. Pero esta masiva deserción de la esperanza de lo político no suscita dramas, salvo situaciones excepcionales de crisis, porque se ha llegado a un acuerdo tácito. Los políticos se ocupan de lo suyo (el poder) y  nosotros de lo nuestro (la vida en todas sus facetas). Y mientras no nos molesten demasiado, refrendamos a unos y castigamos a otros cada cuatro años según como haya ido o lo peligrosos que nos parezcan algunos”.

Morin/Hessel/Castells/Mayo 68/Protestas/Redes sociales/manifestaciones/tecnologías/cambio social.

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