Chiapas, 10 años y cinco siglos

A los diez años del primero de enero de 1994 y la irrupción en Chiapas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), se acumulan

A los diez años del primero de enero de 1994 y la irrupción en Chiapas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), se acumulan interpretaciones, acontecimientos, hechos y planteamientos muy contradictorios y consecuencias numerosas.

ESTA ES UNA DESCRIPCIÓN MÍNIMA.

Desde 1994, Chiapas, el estado de la República Mexicana, se ha vuelto nacional e internacionalmente un concepto semejante y distinto. Chiapas, sinónimo de marginación extrema, políticas genocidas de los gobiernos neoliberales, rebelión por causas justas. Los ex presidentes Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo ansiaron reducir las proporciones del conflicto a cuatro municipios sin importancia militar alguna, pero los hechos los desmintieron. Todavía hoy, Chiapas quiere decir resistencia al neoliberalismo y sus empresas de saqueo. El EZLN nunca fue problema militar pero en Chiapas todavía continúa un número muy alto de soldados.

Se acepta de buena o mala gana la existencia de un sector indígena no compadecible ni sujeto de protección esporádica del Instituto Nacional Indigenista. Sin duda el EZLN tiene ángulos criticables (entre ellos, el espíritu militarista de algunos dirigentes, el desprecio por formas elementales de respeto al interlocutor, el facilismo ideológico en diversos pronunciamientos y, recientemente, el apoyo a los grupos más radicales del País Vasco), pero no son minimizables la seriedad de su intento y la razón de ser de su empresa: el rechazo de las condiciones infrahumanas de la vida indígena, de la ilegalidad a nombre de la ley, del cinismo priísta (el Partido Revolucionario Institucional, PRI, que gobernó México de modo ininterrumpido durante siete décadas). No creo en causas sostenidas en la violencia, pero, por ejemplo, antes de 1994 sólo un puñado de los críticos actuales del EZLN se había enterado siquiera de la situación de Chiapas y del mundo indígena.

ROMÁNTICOS, PERO RUDOS

Ha sido afortunada y desafortunada la insistencia del EZLN en que la sociedad civil lo acompaña en su búsqueda de la paz digna y del cambio democrático. La más combatida de las iniciativas del EZLN, la sociedad civil prozapatista, es un proyecto que ha perdido adeptos en el camino por los «malos modos» del EZLN, por el carácter «romántico» del apoyo y por la inconsistencia de un buen número de aliados, fanáticos de las empresas de corto plazo. Pero la sociedad civil, de tan difícil definición contiene grupos generosos y valientes que han hecho suya la causa indígena y han logrado movilizaciones notables: las marchas de enero de 1994, la Convención de Aguascalientes, Chiapas (siete mil asistentes) en 1994, la resistencia al aplastamiento del EZLN anunciado en febrero de 1995, el Encuentro Intergaláctico en La Realidad en 1996, la bienvenida en la ciudad de México a los mil ciento once representantes del EZLN en 1997 y, sobre todo, la Caravana Zapatista o el Zapatour en febrero y marzo de 2001, sin duda la mayor movilización nacional en la historia de la sociedad civil en México. El Zócalo de la Ciudad de México colmado con más de trescientos mil asistentes que oyeron en silencio el discurso del subcomandante Marcos es el momento culminante hasta ahora del EZLN.

Gracias a la rebelión de Chiapas se cuestiona por vez primera el determinismo que ha regido la percepción de lo indígena. Ser indio en México ha significado -sin que a los demás les incomode- carecer de los mínimos de bienestar y de los máximos de la explotación y la tragedia. Y al cerco racista lo apuntala la culpabilización de la víctima: «Son pobres porque quieren, porque insisten en ser indios. Ya podrían vivir en otra parte, tener otros trabajos, otras ambiciones». A esta necedad racista la cortó de tajo una evidencia: el atraso se impone con ausencia de oportunidades educativas, falta de capacitación laboral, peonaje que es semiesclavismo, racismo, alcoholismo inducido, etcétera. Explicado racionalmente, el fatalismo pierde su mayor ventaja: la aceptación involuntaria. Así persista tiende progresivamente a desaparecer, incorporándose al otro más poderoso fatalismo: el de México ante la globalización.

Se implantan temas y problemas indígenas en la vida mexicana que antes se disolvían en la indiferencia «natural». Desde 1994 se intensifica el flujo de conocimientos y el alud de libros, números especiales de revistas, ensayos, artículos, videos, simposios, programas especiales de radio y televisión, coloquios, debates en todos los foros, etcétera. Nunca antes se había dado un acercamiento tan amplio sobre la vida indígena, ya no restringido al quehacer de los antropólogos.

El racismo es componente fundamental del conflicto, desde el animoso oficial mayor del gobierno de Chiapas, convencido del carácter apócrifo del EZLN porque los indígenas genuinos usarían arcos y flechas, hasta los priístas y periodistas absolutamente seguros de que la condición manipulable es la propia de los indios. Y los viajes masivos a Chiapas y el caudal informativo, revelaron la cuantía y la extensión del racismo.

La religión juega un papel esencial en el proceso. En los años recientes, y por diversos motivos, el protestantismo y denominaciones como Testigos de Jehová han ganado terreno en Chiapas, y el único remedio a manos contra las «sectas» ha sido la persecución. Lo más notorio, pero de ningún modo lo único, es el caso de los expulsados de San Juan Chamula, los más de 35 mil instalados en los alrededores de San Cristóbal. Son incesantes las expulsiones, los asesinatos, los saqueos de propiedades. Y la intolerancia no ha merecido críticas de la izquierda tradicional (convencida de que todos los protestantes son agentes de Wall Street y la CIA), ni del gobierno (medroso ante la posibilidad de molestar a la iglesia católica, su posible aliado y su inquisidor), ni por supuesto del clero católico, asilado a su dogma: los herejes se llevan lo que merecen.

El subcomandante Marcos es uno de los personajes más controvertidos del México contemporáneo. En el concepto Marcos intervienen el pasado radical, la entrega a su causa, al dogmatismo que en la tercera semana de 1994 abandona casi pero nunca del todo, la simpatía romántica por los proyectos revolucionarios, el valor que se le concede a las ganas de no dejarse vencer (el «¡YA BASTA!») y a la exigencia de vida digna. También, y notoriamente, Marcos ha sido un punto de vista muy eficaz, desde aquel texto de enero de 1994: «¿A quién tenemos que pedir perdón?». Cursi y sectario a veces, divagado sin límite en ocasiones, Marcos es hijo de su voluntad y del proyecto de resistencia de algunas comunidades indígenas, pero también en buena medida surge de la adhesión de sectores amplios del mundo indígena y de la respuesta emocionada de divertidos sectores de la opinión pública nacional e internacional, de intelectuales, periodistas y lectores.

En este enero del 2004, Chiapas es, por concentrar tan agudamente el problema de la desigualdad inmensa, el problema que jamás resolverán la represión y las tácticas del linchamiento informativo.

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