La seriedad de la risa

En este extracto del libro Conversaciones con Woody Allen, el director desvela algunos trucos y pasajes de su creativa labor, además de referirse al

En este extracto del libro Conversaciones con Woody Allen, el director desvela algunos trucos y pasajes de su creativa labor, además de referirse al serio ejercicio del cine de humor

La dirección puede dar vida a un personaje y puede también ponerlo en peligro. Sucede, por ejemplo, en Poderosa Afrodita, cuando usted -es decir, su interpretación de Lenny, metido a maestro de ceremonias- interviene en la vida de Linda, la prostituta encarnada por Mira Sorvino. En la película parece comparar la dirección a un torpe intento de intervención divina.

-Lenny, mi personaje, se entromete en la vida de Linda. Se comporta como un director de cine al modificar el vestuario de ella, su forma de hablar, su aspecto, inventándole una pareja. Intenta manipular su historia. Lo interesante, tal como lo veo yo, es que resulta absolutamente falso que con ello le esté haciendo un favor, por más que así lo crea él. Ella es prostituta, pero no se lamenta de su suerte, está ganando mucho dinero y sueña con ser actriz. Lenny la empuja a adaptarse a una imagen convencional de mujer de clase media, lo cual es su propio ideal, pero no tiene por qué ser el de Linda. Lo paradójico es que, personalmente, me parezco a Lenny y, por tanto, en mi fuero interno creo que él ha hecho bien porque, a mi modo de ver, ejercer de prostituta es espantoso, si bien admito que alguien pueda venir a decirme: «¿Y quién eres tú para decidir la vida que debe llevar ella?»

-Así pues, usted interviene dos veces en la suerte de Linda: como personaje y como director de cine. La primera acaba siendo un fracaso, ya que Linda no se someterá a los dictados de Lenny; la segunda será un éxito porque la película termina bien para ella.

-La segunda vez se trata de una interferencia del destino, de un Deus ex machina y, por tanto, de Dios.

-Que no es otro que usted mismo, guionista y director de la película.

-En efecto, soy yo quien lo ha decidido así al escribir el guión. Sin embargo, como todo mundo sabe, no consigo ejercer la misma influencia en mi propia vida.

-Le gusta decir que, como director de cine, no hace alardes de estilo, contentándose con hacer las películas de la manera más sencilla posible. No obstante, al ver toda su producción en conjunto, salta a la vista que ha utilizado un número elevado de opciones artísticas y técnicas y que lo ha hecho en todos los niveles: tipo de relato, manera de filmar, edición, etcétera. ¿Establece unas reglas específicas de puesta en escena para cada película y se las comunica a otros integrantes del rodaje?

-Si hay un estilo propio en cada película es porque todas ellas cuentan una historia diferente. Ésta crea sus propias reglas de puesta en escena, o más exactamente, tales reglas son fruto de aquello que me parece más eficaz para que una determinada historia funcione. Salvo que no haya más remedio, me abstengo de explicar a mis ayudante y a mis actores cuáles son mis propósitos. Algunos cineastas son grandes estilistas; su impronta queda reflejada en las imágenes sin importar cuál sea su historia. Otros directores, como es mi caso, quizá porque comencé como escritor, dejan que el guión fluya en la pantalla.

-Hacer una comedia más clásica, como en Pícaros ladrones, después de haber explorado formas narrativas más complejas, ¿implica otra manera de dirigir?

-Implica disciplina y simplicidad. En el ámbito de la big laugh comedy, no se puede hacer nada que ponga trabas a su objetivo. Hay que dejar de lado buena parte de cuanto proporciona estilo a la puesta en escena para que no obstaculice lo que importa de la película: que haga reír.

-¿Rodar así es más fácil o más complicado?

-Es más simple, pero menos divertido. En una película así, todo lo que sea gracioso debe hallarse en el interior del cuadro. Durante el rodaje tengo que controlarme, estar tranquilo y concentrarme en el hecho de que todo sea muy legible, con espacio y luz suficientes para que todo el mundo pueda ver bien. Por otra parte, no se actúa así obedeciendo reglas escritas sino por instinto, tan sólo mirando por el visor: al menor exceso, la menor imprecisión o concesión superflua, el gag se resiente. Si te entran ganas de introducir un «plano maravilloso», te tienes que dominar y abstenerte de hacerlo; de lo contrario, el gag sale mal.

-¿No teme aburrirse al rodar, según tiene previsto [en 2000] tres películas más de esa manera?

-Es una posibilidad muy cierta. Aunque sigo interesado por «lo cómico», por el éxito de un gag sin más. Si filmar puras comedias dejase de entusiasmarme lo bastante, sería momento de cambiar, de intercalar un proyecto diferente. Pero sería una lástima; merece la pena hacer realidad las ideas divertidas. Aunque exista, claro, la posibilidad de confiar el guión a otro director pero, cuando concluyo un script no me apetece dejárselo a otro.

-¿Es como si se enamorase de sus historias al escribirlas y luego ya no quisiera desprenderse de ellas?

-Eso es justamente lo que pasa. Creo además que no abundan los buenos cineastas de comedia. Hay muy buenos, incluso grandes directores, también contemporáneos, pero no en este género. Resulta sorprendente que entre todos los grandes directores sean tan pocos los que se dedican a la comedia. Si dejamos aparte el burlesque mudo, que fue un género muy particular, el más grande sigue siendo Lubitsch, y no le sobran competidores.

[…]

-¿Le interesan cuestiones técnicas como, por ejemplo, los procedimientos para registrar el sonido o los procesos químicos de tratamiento de la película?

-En líneas generales, nada. No me preocupan, siempre y cuando esos asuntos no sean importantes para enriquecer las posibilidades de contar la historia. En caso de que sí lo sean, me informo de todo lo necesario por medio de los especialistas.

-¿Trabaja usted con mucha antelación al rodaje con los actores? ¿Hace muchos ensayos?

-No, no hago ensayos en absoluto. Muchos directores los hacen, en ocasiones durante mucho tiempo; algunos en la mesa de trabajo, otros llevan a los actores a los sitios de rodaje… Yo no lo hago jamás. Confío en la espontaneidad. Muchas veces no sé qué ocurrirá cuando llego al plató por la mañana. Me informo de lo que dice el script porque, aunque yo mismo lo haya escrito y sepa por supuesto de qué va, me encuentro al mismo tiempo ante una situación nueva. Observo la posición del sol, hablo con el director de fotografía, observo a los actores, y de todo ello surge la inspiración.

[…]

-A lo largo de todo el proceso de creación de una película, ¿prefiere ciertos momentos?

-Las fases que de veras prefiero son la redacción del guión y la posterior selección de los acompañamientos musicales.

-¿Y cuáles le gustan menos?

-Tengo aversión a los rodajes cuando hace frío o a altas horas de la noche.

-¿Y responder a las preguntas de los periodistas en el estreno de las películas?

-No me supone ninguna molestia. Creo que la crítica ha sido muy generosa conmigo al hacer la vista gorda con mis errores y destacar aquello que sí he resuelto correctamente.

Traducción de Miguel Salazar, tomado de Conversaciones con Woody Allen,

Paidós, Col. La memoria del cine 13, 2002

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