Una experiencia de lectura: de «1984» a «Un retrato de Óscar Wilde»

Hace unos días, tuve la experiencia de realizar la lectura de uno de esos libros que uno sabe debe dejar de posponer en algún

Hace unos días, tuve la experiencia de realizar la lectura de uno de esos libros que uno sabe debe dejar de posponer en algún momento: 1984, de George Orwell. Definitivamente, el impacto que produce esa novela de mediana extensión, pero de enorme proyección, invita a querer compartirla casi con una cierta urgencia.

Orwell (1903-1950), aquel escritor británico que recreara en 1949 un escenario ficticio de lo que sería el mundo en 1984, retrató con una profunda e imponderable sensibilidad los más ínfimos detalles por los que se cuela el poder en las sociedades totalitarias; y si bien el marco histórico del que se nutriera para bucear hasta aquellos resquicios fue en gran parte la experiencia del socialismo soviético, los alcances de su análisis, y la recepción de su lectura en épocas contemporáneas empujan a asumirla como propia en lo que refiere al ejercicio de la dominación (en todas sus formas) en las no menos totalitarias democracias occidentales, y en las expresiones cotidianas de la globalización.

 

 

Es esa cotidianeidad la que desmenuza el escritor con suma perspicacia en su novela, y aunque la trama de esta quizá no sea su característica más trascendente y memorable, sí lo es en cambio la representación que, en una primera parte, hace de la sociedad totalitaria: vigilancia en todo espacio y momento sobre el individuo, control del pasado, propaganda incesante e implacable, control y manipulación del lenguaje como mecanismo delimitador del pensamiento, estado permanente de guerra …  Después de ello, los personajes principales (Winston y Julia) se sumergen en un mundo de rebelión cotidiana dibujada por la crítica lúcida a su sociedad, por la recuperación de sus cuerpos a través del disfrute de los pequeños placeres y del erotismo, y por la creatividad de forjar una vida al margen de la vigilancia del Gran Hermano y de los deberes del Partido, para finalmente llegar al punto en que el orden establecido arremete con brutalidad frente a tales desmanes subversivos de individualidad y sensualidad.

Ese recorrido de los personajes que va del descubrimiento a la concientización, de la rebelión al disfrute, de la cárcel a la tortura, para acabar por último en la aniquilación, la traición, la insensibilidad y la irreflexión, remiten a pensar en el curso de la vida del escritor irlandés Óscar Wilde (1854-1900), cuya trayectoria ha sido recientemente analizada por el historiador costarricense Rodrigo Quesada Monge, en su libro La oruga blanca. Un retrato de Óscar Wilde (Editorial de la Universidad Nacional: Heredia, CR. 2004. 162 p.).

Resulta que, mientras leía 1984, tuve la grata sorpresa de recibir como obsequio esta obra recién publicada.  Fue más que obvio el impulso que me llevó a cerrar la última página del libro de Orwell y abrir inmediatamente la primera del libro de Quesada sobre Wilde: intuía una relación entre ambos que, en el fondo sabía yo, el segundo autor no iba a dejar pasar por desapercibida.  Y así fue.

Los cuatro capítulos que componen esta obra, uno sobre la vida y el programa estético del escritor, un segundo sobre la cuestión homosexual que lo distingue, un tercero sobre las mujeres que integran su entorno social y artístico, y un último capítulo que se detiene en las dimensiones políticas libertarias de Óscar Wilde, sugieren en conjunto la idea de que todos aquellos componentes – la estética y su concepción del arte, la homosexualidad y su apropiación de la individualidad, la utopía y su capacidad de ensoñación – constituyen un proyecto vital coherente (paradójicamente no exento de contradicciones) en el poeta, quien concientemente pretendía darle su lugar al arte y la belleza en medio de un escenario en exceso racional, utilitario y socialmente injusto.

En ese sentido, Quesada ubica históricamente a Wilde en medio de aquella sociedad inglesa victoriana que tiranizaba tanto en otros continentes como en lo más recóndito de la existencia de sus ciudadanos, pues como bien recuerda el autor, la moral y la sexualidad, y hasta las percepciones artísticas, se encontraban estrictamente reguladas y codificadas por aquel mundo burgués, industrial y gris de fines del XIX.  Allí es donde la odisea wildeana demuestra que lo acontecido al personaje de 1984 ocurre no solo en las novelas: porque a Wilde le cobrarían, con un juicio tan cruel como hipócrita, y con una pena de dos años de trabajos forzados, no solamente su condición de irlandés y de idealista rojillo, sino también, y sobre todo, la apropiación de su (homo) sexualidad.  Después de cumplir sus condenas, tanto Wilde como Winston, el héroe de Orwell, quedaron vacíos, incapaces de retomar su capacidad de soñar, de sentir, de reflexionar y de crear con la profundidad de la rebelión que los llevaría a rendir cuentas finalmente.

Pero es aquí donde Quesada rescata la individualidad más allá del individuo que fue aniquilado; el autor es conciente de las muchas puertas que abrió aquel escritor: a la modernidad, al arte del siglo XX, a la cultura pop, a la politización de la comunidad homosexual.  Ese potencial no deja de estar presente en el mismo hecho de estudiar a un Óscar Wilde, tan irreverente como sugerente, en esta contemporaneidad plena de violencia, de objetos, de controles… y escasa de solidaridad, de belleza y de revoluciones.

Con La oruga blanca, Rodrigo Quesada ha demostrado no solamente ser un lector sensible de Wilde, capaz de jugar igualmente con la ironía, la gracia retórica y las paradojas wildeanas dentro de su estudio, sino también que ha hecho cada vez más explícita e integral su agenda historiográfica, cuyos resultados recientes han pasado por el estudio del totalitarismo, del imperialismo y de la globalización, así como de escritores, pensadores, artistas y mujeres cuyo potencial nos guiña el ojo para poder soñar alternativas.  Por otra parte, el aparato bibliográfico de su libro sobre Wilde, junto con el proceso de discusión y de escritura previos a la publicación de la obra, así como la presentación inicial del texto, hecha por un connotado especialista desde Dublín, Irlanda, dan testimonio de la amplitud del intercambio intelectual del autor, algo digno de señalar en un medio como el costarricense, algunas veces descortés.

Podría decirse que este ejercicio de recepción literaria fue casual en la medida en que nada se planeó para abordar ambos libros; pero de la casualidad oportuna se puede reflexionar. Y por ello cabe hablar de la vigencia de una obra como de la pertinencia de otra: una, la de Orwell, enseña a poner mayor atención y a cuidar con recelo nuestro entorno cotidiano, plagado de juegos totalitarios a veces sigilosos por comunes; mientras la otra, la del profesor Quesada, ofrece al lector la historia de una lección decorosa acerca de otras formas de asumir la vida, persiguiendo dedicadamente la belleza para trascender lo grotesco.  En definitiva, las capacidades de respuesta de estos dos textos, distanciados en el tiempo y en el espacio aunque enlazados en su problemática esencial, inducen a que se les atienda con detenimiento.  Tras una experiencia de lectura como esta, de 1984 a Un retrato de Óscar Wilde, me reservo el derecho de compartirla con modestia y, al mismo tiempo, de agradecerle a quien amablemente me hizo tan bello obsequio.

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