García Márquez más allá del realismo mágico

Las claves del universo mítico de Macondo están en la realidad, como el río que recorre Fundación y Aracataca (Foto José Eduardo Mora).Hubo algo

Las claves del universo mítico de Macondo están en la realidad, como el río que recorre Fundación y Aracataca (Foto José Eduardo Mora).Hubo algo que el escritor ponderó más que su ingenio: la técnica.

La muerte de Gabriel García Márquez (GGM) el jueves 17 de abril ha acentuado un error que es casi unánime: creer que su principio y fin fue el realismo mágico, cuando en realidad esa solo constituyó una de las vastas estaciones que él frecuentó.

En las notas de prensa, en los enfoques de columnistas, escritores y estudiosos de su obra, publicados en los más recientes días, se peca del mismo mal: GGM es una ecuación que desemboca en el portentoso río del realismo mágico que fue Cien años de soledad.

Con esa distorsión se ensombrece una obra colosal que siempre estuvo marcada por el periodismo, el cual sí fue principio y fin del autor colombiano radicado en México.

No en vano su primer cuento “La tercera resignación” se publicó en 1947 en el suplemento literario Fin de Semana, de El Espectador, cuando GGM tenía 20 años.

El nacimiento del escritor traía indeleble el sello del periodismo y de él haría un constante viaje a la ficción para retornar al principio en un círculo sin fin, con la fuente de los cronistas de indias como silencioso telón de fondo.

García Márquez era más que realismo mágico, detrás de sus escritos se esconden dos vertientes extraordinarias que bien merecen ser destacadas para comprender mejor su inmensa producción: la del genio y la de la técnica.

Desde el momento en que decidió ser escritor, precisamente cuando cursaba Derecho en la Universidad Nacional, en Bogotá, GGM inició una búsqueda de la perfección técnica sin límites y que no cesó jamás, como puede comprobarse en su última novela publicada Memoria de mis putas tristes, criticada por su abordaje pero elogiada por sus dotes técnicas.

Con la intuición que le caracterizaba, sabía en sus adentros que tenía las condiciones para alcanzar cuotas de perfección nunca antes logradas por un escritor latinoamericano, aunque sabía que esa condición era del todo insuficiente por lo que el resto de la tarea fue descifrar la obra de los grandes narradores de todos los tiempos, incluidos los de la Biblia y sus autores preferidos ―Faulkner, Hemingway, Sófocles y Rulfo, entre otros―, en busca de los secretos que sustentan una gran narración.

Es a la luz de esa obsesión por la que, como confesó varias veces, hubiera sido capaz de morir de hambre; GGM llegó a darle un vuelo a la literatura latinoamericana y convertirse en la cara más reconocida del boom, cuyos autores le deben mucho porque fue con Cien años de soledad que se desató aquel temporal que hizo que la mirada de críticos, especialistas y, sobre todo, millones de lectores se volcaran hacia la creación de un grupo de escritores irrepetibles en nuestra América.

Siempre ese afán de perfección en la escritura predominó en toda su carrera, y no el realismo mágico ―como se cree hoy―. Si, bien, la saga de los Buendía lo puso en lo más alto de la literatura del momento, ya antes había trabajado en piezas como La hojarasca (su primera novela), El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la mama grande; y luego vendrían valiosas obras como El otoño del patriarca, El amor en los tiempos del cólera y Crónica de una muerte anunciada.

El propio autor se esmeró por apartarse de la etiqueta del realismo mágico, no solo con libros que rompían con “aquel vallenato de trescientas páginas”, no solo con libros difíciles como El otoño del patriarca, sino también con sus incursiones en el gran reportaje, caso de Noticia de un secuestro.

Se podría decir que siempre volvía al periodismo, pero ello representaría otro craso error. GGM siempre se alimentó de la realidad del periodismo,  que tuvo su comienzo en El Universal de Cartagena de Indias. Allí conoció a Clemente Manuel Zabala, el famoso editor del lápiz rojo, que lo guió por el mejor periodismo posible y le mostró algo que ya él intuía, pero que su maestro le terminó de confirmar: la verdadera vida sucede en la calle y los temas para un narrador están en los meandros y en los rincones oscuros más inesperados, no en las confortables oficinas de las que nunca saldrá un novelista consumado porque de ellas, a lo sumo, saldrá un señorito con la etiqueta de escritor.

LA OBSESIÓN MAYOR

La obsesión del Nobel era contar la realidad y contarla desde la perfección técnica. Por eso en varias entrevistas dijo, y no por pose, que su mayor temor era que se le vieran las costuras a sus escritos.

Esa perfección la hubiera perseguido hasta la locura, como su maestro del cuento Hemingway, de ahí que desde sus inicios en Barranquilla, con los amigos de La Cueva, en México y en Barcelona, sus conversaciones siempre giraron sobre el mismo tema sobre cómo alcanzar esa perfección técnica y narrativa.

En una de sus columnas en la Revista Cambio (Colombia), el propio García Márquez relata una anécdota con el ex presidente Bill Clinton, a quien preguntó qué leía y este le contestó que un “libro sobre las guerras económicas del futuro”; de inmediato, GGM dijo: “Lea el Quijote, ahí está todo”.

Entonces, el ex Presidente le consultó cuál era su libro preferido. La respuesta del Nobel fue: “Yo hubiera escogido Edipo Rey de Sófocles, que es mi libro de cabecera desde los veinte años, pero preferí El Conde de Montecristo, solo por razones técnicas que me costó mucho explicar”.

Para GGM, El Conde de Montecristo era un libro de lectura obligatoria para cualquiera que tuviera la secreta aspiración de ser escritor.

La técnica de Dumas para convertir a un pobre prisionero en un conde mundano, con toda su sed de venganza, fue estudiada por el Nobel, así como la obra de Juan Rulfo Pedro Páramo, con la que su entrañable amigo Álvaro Mutis pretendió instruirlo en las artes de la narración.

GGM fue guiado por esa aspiración suprema; desde un principio, en su monumental producción periodística se empezaron a esgrimir elementos que luego trocaría claves en sus novelas y en sus grandes reportajes (La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile, Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro). Por ejemplo, de Félix Cagnet (autor de la radionovela El derecho de nacer) aprendió que en cada párrafo tiene que pasar algo: una mosca que vuela, un vaso que se cae, etc.

Siempre en su afán por la perfección técnica le fueron de grandísima inspiración, tanto en sus columnas como en sus novelas, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, por eso son famosas aquellas sopas que “sabían a ventana” y decenas de frases que, de pronto, sacudían al lector tras permanecer hipnotizado.

Y es que esa hipnosis, para jamás permitir que el autor se fuera ni siquiera por un instante del texto, respondía, de nuevo, a ese principio de la perfección técnica, había que trocar la puntuación y la sintaxis en virtud de este principio narrativo.

Tras su muerte, habría que hacer el camino inverso al señalado por la mayoría, despojarlo de toda admiración y empezar a hurgar en las estructuras que el escritor manejaba con tanta propiedad, a tal punto que fue capaz de escuchar aquella voz que arrastraba tempestades, insomnios, guerras, levitaciones y coroneles, lo que le permitió escribir su novela fundacional.

Como se aprecia, García Márquez era ―y es― mucho más que Cien años de soledad y el realismo mágico. Él era el genio. Sobre todo y ante todo, era la técnica llevada hasta el extremo, en una búsqueda incesante de la perfección narrativa que nunca abandonó.

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