La sociedad “suicidó” a Van Gogh

Mercedes Flores González tomó como base investigativa las historias clínicas de los internados en el Hospital Nacional Psiquiátrico Manuel Antonio Chapuí. (Foto: Fabián Hernández)“No,

Mercedes Flores González tomó como base investigativa las historias clínicas de los internados en el Hospital Nacional Psiquiátrico Manuel Antonio Chapuí. (Foto: Fabián Hernández)

“No, Van Gogh no estaba loco”, escribió el francés Antoine Artaud en Van Gogh, el suicidado por la sociedad. En su escrito, el artista defendió al genial pintor de una supuesta enfermedad mental, a pesar de haberse cortado la oreja y de acabar con su propia vida, cuestionando ferozmente a la siquiatría y a la sociedad de su época.

Sin ir tan lejos, en la primera mitad del siglo XX en nuestro país, mujeres y hombres fueron diagnosticados con patologías estigmatizadoras y recluidos en lo que hoy es el Hospital Nacional Psiquiátrico Manuel Antonio Chapuí.

Así concluye Mercedes Flores González en su investigación Locura y género en Costa Rica (1910-1950) (EUCR), donde debate sobre la teoría y práctica psiquiátrica institucional y la denominada enfermedad mental.

El material mediante el cual elaboró su trabajo son las historias clínicas de ese periodo de la institución, analizado con una perspectiva histórico-social y cultural, para dialogar sobre el malestar subjetivo de quienes fueron catalogados como locos.

El libro fue distinguido por la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica con el Premio Cleto González Víquez 2013.

“Estamos ante una obra que aporta en campos poco desarrollados en la historiografía costarricense y en la literatura sobre la historia de la psiquiatría”, manifestó Manuel Araya, presidente de la Academia, quien destacó que Flores, además, recibió el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de Historia 2013, del Ministerio de Cultura y Juventud, por la misma obra.

Patricia Alvarenga, jurado del premio, consideró que “se trata de una narrativa histórica sensible al sufrimiento humano; no se limita a explicar, sino que nos transmite la experiencia de esas vidas tristes a las que nuestra sociedad, definitivamente, les quedó debiendo”.

Por su parte, según afirmó Alberto Murillo, director de la Editorial Universidad de Costa Rica, el libro fue publicado tras ser valorado en primera instancia por la comisión editorial y luego por los dictaminadores externos, quienes consideraron la propuesta “original, pertinente y de importancia cultural”.

SEDAR PARA SILENCIAR

Flores compartió una de las historias clínicas: Una madre le escribe a su hijo mayor, en medio de una situación de muchísima tristeza por el encierro, que en esas fechas −más que en otras− hubiera querido, sin conseguirlo, volar al lado de ellos. “Esa frase la puede decir cualquier de nosotros”, expresó con asombro.

Por eso considera que el debate pertinente es si nuestra cultura tiene la suficiente sensibilidad para escuchar esas voces excluidas, puesto que lleva más tiempo y es más complicado. “Medicamos, sedamos y silenciamos”, comentó.

Para la psicóloga, el corazón de la investigación fueron los archivos, los papelitos arrugados metidos entre los expedientes de los psiquiatras que develaban dramas como el descrito.

¿Qué significó para usted encontrar estas historias?

−Fue una sorpresa, porque en este país no se acostumbra guardar este tipo de patrimonio histórico. Por una cuestión de sensibilidad de los directores del Chapuí las habían preservado. Imagínese lo que fue encontrar estos expedientes, escritos con pluma, manchados por la tinta; desde el trazo humano de los médicos, hasta las cartas de los internos que guardaban, porque decidían que no salieran de la institución. Estas epístolas son un registro subjetivo, social, histórico, hecho por la persona internada. Me interesó lo que me proponían esas historias, como punto medular para acercarme a una historia de la locura en nuestro país.

¿Por qué le interesó el tema de la locura?

−Encontrarme con esos archivos me hizo preguntarme de qué se habla cuando se toca el tema de locura. Fue muy tajante encontrar un discurso médico que empezaba a consolidarse y un trazo más subjetivo que contravenía el discurso médico. El psicoanálisis más crítico se acerca a la locura como una conflictividad subjetiva, que es más intensa y dolorosa que cuando hablamos de neurosis. En la psicosis se ingresa a un lugar lleno de simbolismos, de imágenes que −quienes estamos supuestamente de este otro lado− no comprendemos de buenas a primeras. Lo que motivó la escritura de esas cartas fue el deseo de cercanía con el otro, o de autorreflexión, de preguntarse y contestarse a sí mismos: ¿Qué me está ocurriendo?

Estas manifestaciones son intentos de cortar el silencio, son testimonios válidos…

−Precisamente. En algunos casos, que no fueron la mayoría, a través de la escritura. Pero también en los actos mismos, en las alucinaciones, en el delirio, la gente dice cosas. Por ejemplo, un muchacho que pierde sus terrenos, que pasa de ser pequeño propietario a peón de otro y de repente tiene una crisis y se imagina que se está quemando todo Guanacaste, “me quedo sin nada”, dice, y era cierto. Aquí el debate es que la psiquiatría se queda en que ese campesino estaba teniendo un pensamiento dislocado, porque los campos no se estaban quemando, él se lo estaba imaginando. El discurso médico lee la epidermis y clasifica, pero el sufrimiento vale muchísimo más que esa lectura epidérmica.

Usted toma diferentes saberes y los entrelaza para la investigación.

−Es que el historial clínico tiene diferentes registros. El discurso médico tiene mucho poder y hay que tratar de entender por qué, cómo surgió, qué persiste al 2014, por qué sigue teniéndolo. Te obliga a meterte en la historia de la psiquiatría más convencional, más organicista. En cambio la vivencia de los internos te lleva a un mundo no tan organizado, te lleva al caos. En términos de clase, los que ingresaban al Chapuí eran los pobres, aunque había pensionistas, pero eran minoría. En cuanto a género, un buen porcentaje de las mujeres fueron ingresadas porque eran transgresoras. De locas no tenían nada, porque ejercían la prostitución, porque eran madres solteras, porque se revelaban contra el padre, porque habían tenido relaciones sexuales con el novio, porque se enojaban, porque no querían estar embarazadas. El dispositivo patriarcal se manifestaba en el poder del esposo, del padre, del médico, de la policía. Hubo un sesgo de género que existe un siglo después, obviamente con las diferencias históricas, por el acceso que hemos tenido al ámbito público. Pero la violencia hacia las mujeres es epidémica, los controles siguen existiendo.

 ¿Han cambiado los parámetros psiquiátricos para denominar las enfermedades mentales?

−El afán taxonómico en esencia no ha cambiado desde 1890 a la actualidad, lo que ha hecho es tratar de diversificar las enfermedades, pues ahora hay más que hace un siglo; pero ¿eso qué te dice, que la sociedad va rumbo a un deterioro progresivo de sus fundamentos bioquímicos? No. Por más mal que esté un ser humano, más en conflicto, más deslindado de lo habitual, siempre hay una verdad que nos lanza a la cara. Estas personas, por lo general, tienen una historia de violencia profunda, un sufrimiento que raya con la desesperación, y como es tan fuerte lo tenemos que sedar. El problema con la sedación es que se pierde el sujeto, portador de una serie de conflictos y verdades sobre su propia vida y la sociedad que habita. El síntoma representa una denuncia.

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