Vicky Cristina Barcelona

Woody AllenMás comedia y más refinada; así disfruté de la última propuesta de Woody Allen, a quien he seguido durante más de tres décadas

“The heart wants what it wants”.

Woody Allen

Más comedia y más refinada; así disfruté de la última propuesta de Woody Allen, a quien he seguido durante más de tres décadas y asocio con los cineforos que también desde los ‘70 iniciamos en Diálogo. Allen ha dejado atrás la rebelión de los objetos y se sigue mirando en Bergman cuando bucea en el alma, con la curiosidad de la vieja Nueva Ola Francesa. Bordea el drama con sus sagaces pinceladas de humor, para señalar, a los 73 años, que la autenticidad es el acierto existencial que trasciende un cúmulo de errores.

Como Graham Greene. vida y obra coherentes; que lo detesten los farsantes.

Tan irreverente como maniacamente rutinario, se aventuró fuera de Nueva York a la cosmopolita Barcelona, luego de tres periplos británicos –vi  ”Match Point” como la mejor”,  para degustar Cataluña con su mirada de extranjero y adentrarse luego en Asturias. Así, la arquitectura y otras expresiones creativas y estéticas se entreveran con las andanzas de los protagonistas, pequeños recorridos por las flores del mal (“Mi juventud no fue sino un gran temporal Atravesado, a rachas, por soles cegadores”, Baudelaire). Un cuento de hadas para adultos, tan impredecibles ellos como Gaudí. Su punto de vista es incisivo, quizá irregular, como era de esperarse, y también, fresco, pese a lo transitado; tanteando con propiedad territorio del reciente Almodóvar.

Desde el título, un narrador omnisciente anuncia el relato que despliega. Un recurso, por cierto, mejor logrado que en la rebuscada “Benjamin Button”. El tono, asimismo, entre juguetón y cariñoso, lleva a esta polémica comedia a su maravilloso punto de equilibrio. Como el memorable discurso inicial del seductor Juan Antonio (Bardem), inaudito por su audacia y, sin embargo, para muchos, verosímil (y admirable). Llega al límite del exceso sin caer en éste; al borde del precipicio, nunca se desbarranca. De la risa a la sonrisa, con una fluidez propia de la “experticia americana”, subvierte convenciones y desafía temores, eso sí, como quien no quiere la cosa. Claro, si el espectador no comprende que esa que ve es la gente normal, y opone la distancia de su desconocimiento propio y ajeno, no creo que la disfrute tanto. Como en la muy distinta y excelente “Satanás”, la colombiana; allí también la gente es normal, aunque eso nos aterrorice. Porque Hollywood nos ha acostumbrado y -engañado- con sus monstruos de apariencia, falsos, como el Guasón de Heath Ledger –interpretado magistralmente por el desafortunado australiano, sí-, pero casi vacío y sin origen. Nunca nos lo vamos a encontrar a la vuelta de la esquina. En cambio, Woody o Andi Baiz nos presentan gente que si se cruza en nuestras vidas, para bien o para mal.

A ver, de qué trata. Un par de amigas jóvenes –la pareja dispareja prototípica de Hollywood-, viajan a España, digamos que de vacaciones. Acertijo de búsquedas y encuentros donde azar y voluntad se hacen argamasa. Un adecuado Javier Bardem (¿recuerdan “Segunda piel”?) es el hombre que con otra mujer a cuestas (Penélope Cruz entusiasta y feroz) desata sus demonios interiores.

El filme viene regado de humor, y se goza;  enraizado de subtextos de los que brotarán cuántas ideas el lector abone. Hay una mirada madura y desprejuiciada a la riqueza y a las paradojas del deseo y los afectos eróticos. Autobiográfica, sin duda. Hay una reflexión profunda, disimulada entre chistes saltarines, sobre las apetencias, necesidades y confusiones de la vida humana, esa que nunca es de uno, sino de dos, de tres, de más…. La sátira al gringo autosuficiente con su moralina de paquete de cereal, apenas sugerida, es un plus estupendo. Y, claro, ¡qué magnífica dirección de intérpretes!, como siempre.

A  Allen Konigsberg (Woody) hay que recomendarlo una y otra vez; ésta última generosa locura la disfruté con pasión (y medito en sus aplicaciones, vaya paradoja). Como disfruté con la sarcástica y simpatiquísima  “Quémese después de leerse”, de los ingeniosos hermanos Coen (otra carrera indispensable), actuada por un Brad Pitt muy superior al que nominaron al Óscar por los botones aburridos (que Hollywood le teme a la comedia, dicen).

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