A un año del Apocalipsis

El mundo ya no es el mismo después del 11 de setiembre de 2001. Los especialistas Nuria Marín y Rodrigo Madrigal Montealegre examinan la

El mundo ya no es el mismo después del 11 de setiembre de 2001. Los especialistas Nuria Marín y Rodrigo Madrigal Montealegre examinan la política unilateral de confrontación asumida por el gobierno de Estados Unidos.

El recuerdo emocionado y el homenaje a las víctimas, que debería marcar el primer aniversario del ataque terrorista más sangriento de la historia, ha quedado opacado, en los medios de comunicación, por la obsesión del presidente estadounidense, George W. Bush, de iniciar una nueva guerra en la región del Golfo Pérsico.

Según la abogada Nuria Marín, especialista en política internacional, y el politólogo Rodrigo Madrigal Montealegre, catedrático de la Escuela de Ciencias Políticas de la UCR, el clima de temor e incertidumbre que persiste en la sociedad estadounidense, un año después de las masacres de Nueva York y Washington, es, hasta cierto punto, una victoria para los terroristas.

El carácter unilateral de la política exterior de la Casa Blanca y sus actuaciones en torno a Irak o el Medio Oriente, aportan muy poco para que la situación se estabilice y amenazan con nutrir el caldo de cultivo en el que se forjó el odio que impulsó a aquellos que planearon y ejecutaron los atentados de septiembre de 2001.


EL NIDO DE LOS HALCONES

Para Nuria Marín, quien posee una maestría en política internacional y es profesora del Instituto Manuel María De Peralta, el mundo no volvió a ser igual después del 11 de septiembre de 2001, ya que ha habido muchos cambios en todos los ámbitos.

Uno de los primeros sectores en sentir las consecuencias de los ataques, explicó Marín, ha sido el económico, ya que la recesión iniciada al interior de Estados Unidos, se aceleró marcadamente.  De este modo, como lo enuncian los economistas, los ataques de hace un año se convirtieron en un «catalizador» de la crisis de las finanzas y de los mercados mundiales.

El segundo ámbito, en el que los atentados tuvieron repercusión inmediata, fue el de la política exterior estadounidense, en donde también se han dado gran cantidad de cambios a lo largo de varias etapas.

«Una primera etapa, en los meses posteriores al 11 de septiembre, estuvo marcada porque los Estados Unidos, producto del profundo impacto de los atentados, dejó momentáneamente de lado el marcado uniletaralismo característico de los primeros días de la administración Bush, en los cuales Washington se separó del tratado de Kyoto, sobre el calentamiento global; del tratado ABM, sobre misiles balísticos intercontinentales (firmado con Moscú en 1972); y se negó a ratificar la Corte Penal Internacional».

En su criterio, los ataques sobre las Torres Gemelas y el Pentágono hicieron que el énfasis en la política exterior de la Casa Blanca se trasladase, al menos por algún tiempo, a la negociación y al diálogo de carácter multilateral.

Sin embargo, continuó, cuando la escala de riesgo o la sensación de terror pasaron, la necesidad de consenso fue cediendo terreno ante los intereses particulares que de nuevo marcaron el rumbo de la geopolítica de Washington y, cuya máxima expresión, es la insistencia de Bush en una intervención militar contra Irak.

Por su parte, para Madrigal Montealegre, la política exterior de Estados Unidos ha estado marcada por lo que las fuerzas armadas de este país hicieron en Afganistán.

«Lo que la Casa Blanca hizo en ese país asiático fue saciar la sed de venganza.  Por un lado, logró ganar la guerra contra los talibanes; pero sólo para imponer en el poder a otra banda de vándalos de la misma calaña, como son los miembros de la Alianza del Norte.  Por otra parte, también perdió la contienda, ya que no pudo matar ni capturar a Osama Bin Laden, el objetivo principal de la campaña bélica», aseveró.

A pesar del tropiezo de no encontrar a los verdaderos responsables intelectuales de lo acaecido en Estados Unidos el 11 de septiembre, según el especialista, la victoria en Afganistán tiene una importante faceta económica, ya que le permitirá a los estadounidenses construir un oleoducto, de norte a sur, con el cual será posible explotar los ricos yacimientos de petróleo del mar Caspio.  «Este fue uno de los motivos inconfesables de la intervención».

Para Madrigal Montealegre, lo sucedido en Afganistán hizo que el presidente Bush se envalentonara y se creyese uno de los papas que guiaron a los cruzados durante la Edad Media.  Por esta razón, ahora quiere repetir la hazaña contra Irak; pero se ha quedado solo.

OTRO CHIVO EXPIATORIO

Según Marín, la Casa Blanca podría ignorar los cuestionamientos de sus aliados europeos y la frontal oposición del mundo árabe a una acción bélica para sacar a Sadam Husein del poder.

Por su parte, Madrigal Montealegre declaró que la conmoción causada por los ataques de hace un año, y que permitió a los estadounidenses ganarse muchos apoyos, ya ha pasado; además, el hecho de que ese complot no haya sido urdido por Estado alguno, deja sin sustento los argumentos de Bush contra del régimen de Bagdad.

«Esta vez, al presidente de Estados Unidos no le ha sonado la flauta y se ha quedado en la arena como un verdugo, con la salvedad del apoyo que, a pesar de todo, le pueda dar el Primer Ministro británico Tony Blair», comentó.

De emprender alguna aventura militar contra Saddam Husein, mencionó Madrigal, ésta tendrá que ser mucho más limitada de lo que los estrategas estadounidenses tenían en mente, o sea, una invasión total.

El politólogo indicó que otro factor es que Husein no tiene la escasez de fuerzas que limitaba la defensa de los talibanes.  Además, en Irak, los estadounidenses no contarían con la valiosa carne de cañón que fueron los efectivos de la Alianza del Norte en Afganistán.

«En ese país no existe un equivalente a este grupo armado afgano, que luchaba contra el régimen talibán y que fue muy necesario para que Estados Unidos alcanzase sus metas militares.  Se ha pensado en los kurdos iraquíes; pero no están lo suficientemente organizados para representar una amenaza militar contra el gobierno de Husein», subrayó.

De acuerdo con Marín, lejos de alcanzar el objetivo que los estadounidenses esgrimen para justificar su política hacia Bagdad, de prevenir con una acción militar males mayores, más bien generaría un ataque unilateral por parte de Washington a ese país, con la oposición de la Unión Europea y de la Liga Árabe. Sería despertar una confrontación entre dos civilizaciones: el mundo occidental y el musulmán.

Este eventual enfrentamiento, prosiguió, tendría consecuencias imprevisibles, que estarían marcadas por acciones de violencia que podrían ser aún más graves que los actos fatídicos del 11 de septiembre.

ISRAEL, LA PAJA EN EL OJO

Según Marín, uno de los mayores esfuerzos en los últimos meses de la administración del expresidente Bill Clinton, fue buscar una solución diplomática al complejo conflicto del Medio Oriente.

«Este fue un reto personal para el exmandatario, quien, frente al desprestigio que había sufrido su administración, quería ponerle un broche de oro a su gestión con un acuerdo de paz definitivo entre israelíes y palestinos».

No obstante, continuó, el advenimiento de una nueva administración de corte republicano, en donde existen personalidades muy conservadoras y de línea dura, como el vicepresidente Dick Cheney o el Secretario de Defensa Donald Runsfield, que opacan a moderados como el Secretario de Estado, Colin Powell, ha hecho que el apoyo de Washington se vuelva hacia Israel, lo que cerró las puertas a la búsqueda de espacios de negociación.

«Con el 11 de septiembre, una de las consecuencias que los analistas esperábamos a corto plazo era que se retomasen las negociaciones en el conflicto de Oriente Medio, ya que este era uno de los principales focos de enfrentamiento entre el mundo árabe y los Estados Unidos; no obstante, esto nunca sucedió», mencionó.

Lejos de mejorar, prosiguió la analista, la situación empeora, hasta tal punto que hace pocos días el Primer Ministro israelí, el ultra conservador Ariel Sharon, daba por terminados todos los acuerdos de Oslo, que habían permitido el margen  de diálogo existente hasta la fecha.

A este respecto, Madrigal Montealegre coincidió con Marín en que, desde que Bush llegó a la presidencia, y aún más desde el 11 de septiembre, el apoyo al gobierno extremista de Israel ha sido irrestricto, lo cual genera un ambiente muy negativo para los intereses de Washington en el mundo árabe.

Según el politólogo, la Casa Blanca está abonando el terreno para que el odio hacia todo lo que representa occidente se haga cada día más patente.

«La actitud del presidente Bush está alimentando una hoguera de fanatismo en ambas partes, tanto del lado palestino como del israelí.  Esto aleja cualquier posibilidad de solución.  Si la paz era difícil, ahora se ha convertido en algo prácticamente imposible», declaró.

Para el especialista, no sólo los árabes han sufrido por esta compleja situación.  La posición contraria de la Unión Europea al «matonismo» del Primer Ministro Ariel Sharon ha tenido consecuencias perjudiciales para la economía de ese país, especialmente en lo que se refiere al turismo.

BAJO EL RÉGIMEN DEL TERROR

A pesar de que Madrigal Montealegre calificó como «muy difícil» que se repita una acción como la del 11 de septiembre, debido a que fue un hecho insólito, muy bien planificado y que no enfrentó excepcionales medidas de seguridad, opinó que la política exterior de Washington puede contribuir a generar un clima favorable al terrorismo en contra de objetivos estadounidenses, principalmente en el mundo musulmán.

Según Montealegre, la guerra de la Casa Blanca contra Al Qaeda, la ganaron Bin Laden y sus secuaces, ya que lograron todo lo que pretendían: practicar un acto sangriento de escala apocalíptica y crear un clima de terror permanente en la sociedad estadounidense.

En esto, explicó el profesor, el mejor aliado de Bin Laden ha sido el propio presidente George W. Bush, que con su política y sus amenazas ha instaurado un clima de histeria y conmoción interna constantes.

Marín coincidió con Madrigal en que la situación generada a partir del 11 de septiembre también ha tenido gran impacto en la política doméstica.

Para la jurista, se han producido grandes cambios traducidos en mayores controles migratorios y se incrementó la presencia de elementos policiales y militares, con demérito de las libertades y derechos individuales de los ciudadanos estadounidenses y de las personas que, por la razón que sea, visitan ese país.

Según Madrigal Montealegre, se redujeron las libertades básicas y persiste una sensación de incertidumbre, de inquietud, de temor.

A un año de los atentados, de acuerdo con el politólogo, es posible afirmar que los terroristas lograron su objetivo, ya que el temor planea sobre los Estados Unidos como los fantasmas de los aviones utilizados como bombas ese fatídico día.

En la sociedad estadounidense, esto ha generado en una especie de «macartismo» renovado, en el que los estadounidenses viven obsesionados por la búsqueda de sospechosos que amenacen su seguridad.

LA SEMILLA DEL ODIO

A pesar de que, para Marín, ninguna acción por parte de Estados Unidos justifica un acto de barbarie como el del 11 de septiembre, la política exterior de ese país hacia la situación palestina, Irak y el mundo árabe crea un caldo de cultivo de potenciales terroristas que se forman en el odio y la violencia hacia el mundo occidental.

«El unilateralismo y la actitud, un tanto arrogante, por parte de Estados Unidos, han generado sentimientos contrarios a ese país en muchas partes del mundo, especialmente en los países musulmanes, debido a la alineación de Washington con la política del gobierno israelí y a sus intenciones de atacar a Irak».

Madrigal Montealegre, por su parte, explicó que no piensa que el mundo se esté polarizando nuevamente en dos civilizaciones o dos religiones.  En todo caso, lo que habría es una confrontación entre la pobreza y los intereses económicos de las grandes corporaciones petroleras y las transnacionales estadounidenses.

«Se pensaba que el nuevo milenio iba a ser una época propicia para la paz y la armonía y, sin embargo, ha visto crecer el antagonismo y el odio.  En esto, el presidente de los Estados Unidos tiene una gran responsabilidad, así como aquellos que tan mal lo asesoran».

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Rodrigo Madrigal Montealegre: Con la defensa a ultranza del capitalismo salvaje y su matonismo de gran potencia, EE.UU. le hace un gran daño a la estabilidad y la cohesión del planeta.

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