Austeridad: la guerra que Europa no puede ganar

El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, logró recientemente prorrogar el rescate de la economía de su país con el Banco Central Europeo, el

El primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, logró recientemente prorrogar el rescate de la economía de su país con el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea. (Foto: syriza.net.gr)

Atenas promete equilibrio presupuestario pero rechaza los programas de austeridad que le habían sido impuestos hace cinco años. En seis páginas y cuatro puntos, el Gobierno resume sus propuestas para enfrentar la crisis, las cuales han desatado un intenso debate político en torno a las políticas de “austeridad” en Europa.

Son dos los grandes temas en torno a los cuales gira el debate sobre quién paga el costo de la crisis: las leyes laborales y las privatizaciones. Sobre ambos habla el acuerdo propuesto por el ministro de Hacienda griego, Yanis Varufakis, aceptado por sus colegas de la Eurozona. Acerca de las primeras, la propuesta griega es, entre otras medidas, elevar el salario mínimo, recuperar los convenios colectivos y crear empleos temporales para los desocupados de larga duración.

La decisión de elevar los salarios mínimos y poner fin a la “flexibilización” laboral (en realidad, un proceso para abaratar el despido) despierta horror en países como Portugal y España, en donde los Gobiernos conservadores han logrado avanzar más en esa dirección.

Una pequeña nota, publicada en el diario portugués Público el pasado martes 24, se preguntaba: ¿quién fue más alemán que Alemania? ¿la ministra portuguesa María Luís Albuquerque o el español Luis de Guindos?

La Ministra portuguesa ha sido criticada en todos los tonos por quienes la acusan de “servilismo” ante los alemanes. En cuanto a la actitud del ministro español, la nota de Público, que cita a la agencia norteamericana Bloomberg, asegura que el ministro alemán, Wolfgang Schäuble, considerado el más “duro”, fue “eclipsado” por el español de Guindos.

En cuanto a las privatizaciones, el acuerdo es “no invalidar” las que ya han sido completadas. En medio del debate sobre el alcance del compromiso, el ministro griego de Energía, Panagiotis Lafazanis, garantizó que no las habrá en su sector, que incluye electricidad, gas y refinerías.

En realidad, el mayor temor de la Europa conservadora es que prenda la idea de la agrupación griega Syriza en el poder, de que hay una política distinta a la de “austeridad” para enfrentar la crisis de la deuda.

Lo de la deuda, como todos concuerdan, no tiene solución y nadie piensa que será, algún día, pagada en su totalidad. Por ahora, solo se discute cómo manejarla y Syriza ha dejado el tema fuera del debate y de sus propuestas de arreglo, salvo una reducción en su superávit primario, o sea, en el superávit de las cuentas públicas antes del pago de intereses.

En lo que ha insistido el primer ministro Alexis Tsipras es que el acuerdo logrado la semana pasada no representa una prolongación del plan de ajuste, ni de un nuevo rescate de la economía griega, sino una ampliación de los plazos para los pagos previstos en los próximos meses. El acuerdo permite también el desembolso de 1.800 millones de euros, pendiente para el 28 de febrero y dependiente del acuerdo con el Eurogrupo, así como la transferencia de rendimientos de bonos griegos por 1.900 millones por parte del Banco Central Europeo.

¡VIVA GRECIA!

Si el acuerdo logrado por los griegos es tema de intenso debate y diferentes interpretaciones en Europa, el expresidente portugués, el socialista Mario Soares (1986-1996) salió a la palestra y no ahorró elogios para Tsipras y su ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis que, en sus palabras, “se han mostrado grandes luchadores”.

En un largo artículo de opinión publicado en el diario Público, el pasado 24 de febrero, Soares comentó que a pesar de tener tanto en contra, los nuevos dirigentes “han conseguido defender Grecia y avanzar en su lucha. Ganaron las elecciones y han logrado imponerse a varios países –infelizmente con la excepción de Portugal– y han expresado su sensibilidad en lo relativo al fin de la austeridad, como absolutamente necesaria para todos los Estados, con excepción de los que viven a costa suya”.

“Han hablado de tú a tú con la señora Merkel, que ya no es lo que fue, y con su tan reaccionario ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble. Han demostrado, mediante palabras y hechos, que la austeridad es un desastre completo para los países que la aceptan”, agregó.

El debate afecta de cerca a Portugal, donde el gobierno conservador del Partido Social Demócrata (PSD), encabezado por Pedro Passos Coelho, ha adoptado un duro programa de austeridad impuesto por la troika (Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y Comisión Europea), la misma que Syriza rechazó en Grecia.

El resultado de esas políticas ha sido similar en todos los países, como lo recuerda Soares. “La gran mayoría de los portugueses fue obligada a emigrar, por no tener trabajo en su país. Otros se quedaron y pasan hambre y apenas tienen donde dormir”. El desempleo real –asegura– supera el 20%.

Pese a las drásticas medidas de ajuste del gobierno portugués, la Comisión Europea puso el país bajo vigilancia especial –junto a Francia, Italia, Croacia y Bulgaria–, debido a lo que llamó “desequilibrios macroeconómicos excesivos”.

¿AJUSTE PARA QUIÉN?

Las políticas de ajuste, en torno a las cuales gira la política europea, hasta ahora significaban apenas recortes en servicios públicos, incluyendo despidos, salarios y otras condiciones laborales, sin que se afectara la creciente ganancia de las empresas.

Hasta que apareció Syriza y puso sobre la mesa otra alternativa.

Nadie sabe muy bien cómo terminarán las negociaciones entre Grecia y el Eurogrupo. Por ahora, el acuerdo permitió que Grecia se mantenga dentro de la zona del euro y reciba un nuevo desembolso; en cuatro meses se deberá revisar lo acordado y, sobre todo, la implementación de las medidas del nuevo gobierno para controlar el déficit.

Pero, el debate en torno a las alternativas al ajuste se ha intensificado. En la televisión portuguesa se pudo ver, la semana pasada, un detallado reportaje sobre la carga impositiva de las empresas. Ahí se mostró cómo esa tasa bajó rápidamente en los últimos años, desde 50% a 29,5% en Alemania, un proceso que, en diferentes escalas, se repitió en Italia, Inglaterra, Grecia, Irlanda y otros países.

A esta reducción se suma la posibilidad de operar desde los llamados “paraísos fiscales”, desde Luxemburgo a las Islas Caimán, donde se cobijan para, mediante un proceso de “ingeniería fiscal”, pagar menos impuestos.

El reportaje de Público destacó la gravedad de un proceso, en el cual los países de la misma eurozona compiten por la atracción de inversiones, mediante la rebaja de impuestos a las empresas, proceso criticado por el mismo José Ángel Gurria, mexicano que negoció el tratado del libre comercio de su país con Estados Unidos y Canadá y que hoy ejerce como Secretario General de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Esta competencia que, como señaló Gurría, solo conduce al desastre y en la que se destaca, entre otros, Irlanda, donde el impuesto a las sociedades es de solo 12,5%.

El reportaje de la televisión portuguesa mostró un documento secreto del Ministerio de Economía alemán durante negociaciones realizadas en 2012 sobre transparencia en declaraciones impositivas, instrucciones para, precisamente, evitar esa transparencia.

Para una población agobiada por el ajuste, oír, por ejemplo, al Ministro de Finanzas alemán justificar que ninguna empresa está obligada a pagar el máximo impuesto posible y explicar que el éxito de los negocios está en producir a los menores costos puede resultar chocante.

La crisis tiene también otra cara, como recordó otro expresidente portugués, Jorge Sampaio (1996-2006), al recibir la semana pasada el doctorado honoris causa de la Universidade do Porto.

Sampaio denunció, en su discurso, el creciente alejamiento entre los ciudadanos y las élites políticas europeas, que se refleja en las “elevadísimas tasas de abstención” electoral y abrió el espacio europeo a la extrema derecha y a movimientos xenófobos.

“Es urgente que Bruselas retome el camino de la solidaridad”, enfatizó refiriéndose a la sede de las instituciones europeas, en la capital belga. “Europa –añadió– asiste a una triunfante cultura de ortodoxia financiera, que ha conducido a situaciones sociales insustentables”.


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