Yair Klein: “Álvaro Uribe fue el hacendado que ofreció el dinero”

El expresidente colombiano Álvaro Uribe rechazó lo dicho por el israelí Yair Klein, de que estaba vinculado con los grupos paramilitares. (Foto: tomada de

El expresidente colombiano Álvaro Uribe rechazó lo dicho por el israelí Yair Klein, de que estaba vinculado con los grupos paramilitares. (Foto: tomada de Internet)

“A sus 44 años, Yair Klein era todo un aventurero. Más que el dinero –que no era nada despreciable para él–, su vocación era vivir emociones fuertes e ir tras sus sueños. Tenía una forma particular de ver el desarrollo y la democracia: para vivir en paz y lograr el progreso, hay que derrotar a los enemigos. Total, con esa visión se crece en Israel, una nación que tal vez nunca ha conocido la paz y donde sus ciudadanos tienen tan clara su misión, que ir al ejército no es solo un deber, sino un verdadero orgullo”.

Esa es una manera de presentar a Yair Klein. Es la que eligió Olga Behar, en su libro “El caso Klein”.

 

Behar tiene larga trayectoria profesional y es una vieja amiga. Me contó que me tenía un ejemplar de su libro y que me lo quería enviar desde Cali, donde vive hoy, después de haber pasado varios años aquí, en Costa Rica. No sabía que, por los acasos de la vida, nos íbamos a encontrar en solo unos días en Río de Janeiro, en un viaje que, por extraordinaria coincidencia, nos iba a juntar en el mismo barrio, de una ciudad tan vasta. Fue allí donde me dio el libro, que escribió con su hija, Carolina, sobre la vida de ese personaje, a quien, en Colombia, atribuyen haber entrenado los primeros grupos paramilitares.

 

El libro “El caso Klein: El origen del paramilitarismo en Colombia” fue escrito por Olga Behar y Carolina Ardila Behar.

INICIO

Ocurrió así: Klein había vuelto a Israel. Estaba en sus actividades comerciales, en 1987. Cinco años antes había estado en el ejército, en la guerra del Líbano, cuando se produjo la masacre de refugiados palestinos en los campos de Chabra y Shatila. El ejército israelí puso el cerco al campamento y abrió las puertas para que los milicianos cristiano-falangistas libaneses cometieran lo que la Asamblea de Naciones Unidas calificó de “genocidio”.

“Existen versiones según las cuales Klein vendió equipos personales (nunca armas) a los falangistas,  por $ 2 millones”, dicen las autoras del libro.

Klein retoma la palabra y explica: “Llegó a mi oficina un hombre llamado Isaac Shoshani Merayot. Se presentó como representante de la compañía de seguridad estatal israelí Taas en Colombia (hasta 2005 Taas fue la industria militar estatal de Israel. Después se privatizó)”.

“Aunque no sabía nada de Colombia –dice Klein–, debido a que tengo un grado en Historia sí sabía que hablaban español y dónde se localizaba en un mapa. Pero solo eso”.

Klein se define, además, como “un coronel del ejército, comandante de la unidad antiterrorista; fui a la crème de la crème de los cursos del Tzavá (el ejército israelí)”.

Shoshani venía a proponerle un negocio: “me dijo que había una solicitud de una organización bananera para combatir en esa zona contra los guerrilleros, porque los atacaban todo el tiempo”. Era en Urabá, en el Caribe antioqueño. El proyecto no llegó a realizarse, pero fue el inicio de la historia.

EN EL MAGDALENA MEDIO

Shoshani reaparece: “Los ganaderos de Puerto Boyacá, en el Magdalena Medio, (también en Antioquía) han oído de ti y están interesados en hacer lo que ibas a hacer con las bananeras”.

“Fui con tres adiestradores y cada uno de ellos recibió a diez personas como sus alumnos”, afirma Klein.

Años después, de acuerdo con el texto, “se sabría que en este primer curso participaron jóvenes que luego engrosarían —según un informe confidencial del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS) de Colombia— las filas del sicariato, como asesinos a sueldo de Gonzalo Rodríguez Gacha –el Mexicano–, Pablo Escobar, Fabio Ochoa Vásquez y Víctor Carranza. Pero más impacto causaría saber que Carlos Castaño Gil (quien después  se convertiría en el líder de las Autodefensas Unidas de Colombia) fue uno de los alumnos aventajados del curso dictado por los instructores de Klein”.

“Mi sensación era que yo venía a prestar un servicio de defensa a la gente que estaba combatiendo a la guerrilla. Las personas que entrenamos eran campesinos”, diría más tarde Klein, antes de volver a Boyacá para un segundo entrenamiento de esos campesinos. En ambos –diría–, “hubo presencia del ejército de Colombia”.

Corría el año 1988. Klein volvió una tercera vez a Colombia. “Sentía satisfacción por la misión cumplida. Tres entrenamientos, 90 combatientes preparados para defender a los finqueros de las atrocidades de la guerrilla. Todo un capital para erradicar a las FARC del centro de Colombia”.

Pero la historia no era exactamente así. La noche del 18 de agosto de 1989 el candidato del Partido Liberal, Luis Carlos Galán, llegó a la plaza de Soacha, en Bogotá. Era su cita con la muerte”: el disparo asesino le corta la vena cava.

“En el complot para asesinar a mi papá, hubo cuatro frentes”, relata su hijo, Juan Manuel: el narcotráfico, el paramilitarismo del Magdalena Medio, los intereses políticos de algunos liberales y los organismos de seguridad del Estado, sobre todo el DAS.

“Yo creo que Klein y los mercenarios que vinieron del extranjero a esos entrenamientos,  indudablemente, fueron los que transformaron a un grupo de aficionados armados, o que tenían la posibilidad de armarse, en soldados, en hacer un ejército, una banda de sicarios”, dice Juan Manuel.

“Poco tiempo después de los cursos –afirman las autoras– empezaron los atentados. Aunque no hay un listado completo de los 90 alumnos –es más, solo hay verdadera claridad sobre algunos de los integrantes del primer entrenamiento–, es importante esclarecer ciertas responsabilidades en los crímenes atroces que bañaron de sangre, ya no al Magdalena Medio, sino a Colombia entera”.

URIBE

Naturalmente, el papel de Klein en la formación del paramilitarismo en Colombia ha sido tema de enorme interés en el país. El libro de Olga y Carolina viene a agregar datos precisos de una investigación cuidadosa.

Pero se puede oír, por ejemplo, sus declaraciones, en noviembre pasado, ante investigaciones realizadas por un magistrado de Justicia y Paz, que fueron recogidas por los principales medios colombianos.

El periódico El Espectador tituló, el 13 de noviembre: ‘»El hacendado que se convirtió en presidente pagó por mis servicios»: Klein”.

Los vínculos de Uribe con los paramilitares vuelven a la palestra de forma permanente en Colombia.

Como parte de esas mismas diligencias, un antiguo jefe paramilitar, Arturo Salón, alias JL, dijo a un magistrado de Justicia y Paz, que Uribe había ordenado instruir personal para alimentar las “Cooperativas de Seguridad Privada” (Convivir), grupos paramilitares y de narcotraficantes que desempeñaron un papel trágico en el Magdalena Medio, a las que pasaba revista cuando gobernó Antioquía, entre 1995 y 1997, según sus declaraciones.

En la página de Radio W se puede oír las declaración de Klein, cuando le preguntan por el papel del expresidente Álvaro Uribe en la preparación de esos paramilitares.

–¿Qué relación tiene el expresidente Uribe con el entrenamiento de los paramilitares?, le pregunta una periodista. Se oye una voz, hablando en hebreo que, según la radio, es la de Klein. Después, su respuesta es traducida: –Yo fui contratado para entrenar hombres de una serie de propietarios de haciendas, en un territorio donde el ejército no les podía dar seguridad.

Eran varios hacendados, agrega, pero uno de ellos tenía una hacienda muy grande. Alguien tenía que pagar y aunque no hubo jamás un contacto directo, Álvaro Uribe fue el hacendado que ofreció el dinero, para que se le pagara a través del ese gremio de hacendados.

Uribe rechazó las afirmaciones de Klein, pero las acusaciones de sus vínculos con los “paras” y los narcotraficantes se sustenta no solo en diversas declaraciones, sino también en las condenas a que fueron sometidos sus asesores más cercanos, desde senadores y diputados, hasta primos, generales y embajadores.

Años antes, Salvatore Mancuso, jefe paramilitar y narcotraficante extraditado a Estados Unidos por el propio Uribe, para evitar que siguiera dando declaraciones en Colombia, declaró al periódico El Tiempo que “gracias al apoyo económico, político y militar, de las llamadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Uribe ganó la presidencia”, en el 2002.

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