De la razón a la guerra

La guerra debe ser casi tan antigua como la razón, porque sin razón no habría guerras. Aunque parezca absurdo, la guerra necesita de razones.

La guerra debe ser casi tan antigua como la razón, porque sin razón no habría guerras. Aunque parezca absurdo, la guerra necesita de razones. Razones que la justifiquen. De hecho, al menos  para uno de los bandos, la guerra es necesaria, válida e inevitable. Así es presentada al pueblo, porque aunque sea un buen negocio para unos pocos, necesita de muchos otros dispuestos a morir. De hecho la guerra no consiste en una destrucción anárquica, es una estrategia planificada en la que, además de vencer al “enemigo”, se protegen los recursos comprometidos con los inversionistas (saqueadores), de los que vienen tras los soldados a apropiarse de las riquezas del subyugado. Incluso, para evitar cualquier contra ofensiva o sublevación se empobrece al pueblo con empréstitos millonarios, para financiar la restauración que es realizada por empresas afines al opresor.

La guerra es un acto de dominación, racional y consciente. La estrategia de insistir en que la guerra es irracional encubre los intereses que la motivan y evade la responsabilidad por los daños, las violaciones y las muertes causadas. Al igual, el mito de que la guerra ocurre porque se enfrentan dos bandos con posiciones diferentes, encubre el hecho de que los intereses de uno son los que desencadenan la guerra, y no las posiciones diferentes, pues hay tantas como humanos hay. En todo caso, cuando se codicia lo que posee el otro, antes de invadirlo y destruirlo, se le declara “enemigo”, una amenaza, un peligro “para todos” ante el cual hay que aliarse.

 

Quizá los argumentos hayan cambiado a través de la historia, pero los más convincentes siguen siendo los que evocan ideales como civilización, democracia, libertad, desarrollo, o los que defienden una patria, un culto, una religión, un dios. Es la razón la que proporciona esas razones, en su nombre los poderosos siguen exterminando pueblos para liberarlos con la muerte. La guerra es la materialización del odio, de un impulso destructivo y depredador que ostenta la especie humana. En función de la guerra la razón adopta el carácter de arma fundamental, no solo para justificarla, sino también para construir las armas con las que se puede destruir al enemigo. Desde la lógica racional del sistema capitalista es válido invadir a otro país si se niega a permitir que otro lo siga explotando. Las alianzas y los socios validan la invasión. Mediante un proceso de transmigración de identidades, el agresor suplanta a la víctima, la convence de que sus intereses son los suyos, de que su intervención la liberará, la democratizará. Por esta lógica psicótica y perversa es que la guerra parece irracional.

La razón quizá sea solo una facultad derivada de la memoria analógica, un instrumento para pensar sistemáticamente, tan útil para construir como para destruir, pero en una especie animal que ha ido perdiendo los mecanismos de control natural, se ha convertido en un arma de dominación y destrucción masiva.

Bajo estas circunstancias, el Derecho y la Ciencia no son inocentes, son tan hijas de la Razón como la Guerra. La ciencia no se conformó con conocer el Mundo, sino que se ha ido desarrollado a la sombra del ansia de dominación de la Naturaleza, la Vida, el Universo y de los Otros. Acaso no ha sido la motivación de la guerra la que ha impulsado algunos grandes inventos y descubrimientos científicos. Aunque los alcances de la ciencia estén determinados por los límites de la razón, como mecanismo de conocimiento, es suficiente para desplegar un gran poder destructivo. El Derecho por su parte se ha encargado de legitimar las relaciones de dominación, convirtiendo en derechos los privilegios de unos pocos y creando delitos y deberes para proteger los privilegios de los opresores. La Cultura se ha encargado de legitimarlos como tradiciones. El derecho a la vida es una mera proclama cuando prima la defensa del derecho a la propiedad privada.

Abominar de la guerra calificándola de irracional o abogar por la paz pretextando la racionalidad, son apreciaciones subjetivas, mordiscos a la cola, vanidades intelectuales, que obvian el hecho de que la razón sirve tanto para despreciar la guerra como para justificarla, para hacerla y para evitarla. La paz debe ser un acto de consciencia colectiva, de renuncia a la razón cuando su finalidad sea justificar el poder.

El modelo civilizatorio dominante arrastra una historia milenaria de masacres, de sufrimiento y de inconsciencia. Cuesta hallar lugares y tiempos, donde y cuando la violencia de la razón no se haya impuesto para dominar y masacrar. Hasta ahora la razón solo ha demostrado su inutilidad para cambiar el rumbo, se necesitan algo más que razones para que la Humanidad logre visualizar un horizonte compartido, para que merezca un futuro, para que se respete respetando la Vida y logre vivir como un humilde pasajero más de la existencia.

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