De la valiosa opinión al vulgar chismorreo

El curso de nuestro mundo se refleja en la sensibilidad hacia la época que ha constituido. Emerge en nuestra desventurada conciencia la ruin percepción

El curso de nuestro mundo se refleja en la sensibilidad hacia la época que ha constituido. Emerge en nuestra desventurada conciencia la ruin percepción de una ausencia profunda de bienestar y progreso efectivo. De ella no se escapa nuestra alma, más bien se le precipita a través de actitudes de desconfianza cívica y conducta exasperada. Se ha impuesto la decadencia de la representación imaginaria de una Costa Rica separada de la realidad regional.

La reducción de nuestro régimen de derecho a la simpleza electoral abrió la puerta a privilegios y concesiones que lo degradan. Al imponer un modelo de “desarrollo” destructivo, por encima de la agenda social de cualquier gobierno, ha provocado que nuestro régimen de derecho sea incapaz de dar respuesta a las dinámicas sociales que emergen en su seno. Este leviatán resuelve las exigencias de la gente con actos de gobernabilidad, adecuados más al ejercicio de poder  que al derecho.

Solo es capaz de vigilar y censurar, sin poder elevar las demandas de los hombres a precepto que impera sobre su mundo. Recurre a un totalitarismo de nueva hechura, sutil y tecnológico, sin que el noble gobernante pueda suprimirlo o al menos refrenarlo. La DIS puede ya hacer algo más que perseguir. Solo abre su mirada a la red social, invadiendo la intimidad de quien la pública con  pretensiones efímeras, cuando no lo hace por creerse en uso de una palestra más amplia.

En el seno de la decadencia de nuestro mundo, lo privado invade lo público, la sociedad civil asedia la política, pretendiendo ocuparla en el tiempo en el que es ocupada a través de una administración tenue, que convierte sus bravatas en berrinches. El ciudadano se visibiliza sin silencios, convierte su valiosa opinión en vulgar chismorreo.

La sociedad por entero pierde su belleza, el deterioro campea inevitable. El mal gobernante responde a ello con reproches y vituperios, frutos de su propia vileza. La vigilancia del descontento lo encierra en la tosca subsistencia en el poder. A quien gobierna para la circunstancia, su vanidad lo desprestigia.

La fluidez del régimen de derecho no tiene entonces garantía moral. La  imagen de legalidad  y justicia se encuentran desvirtuadas. Solo el ejercicio vigilante del poder sostiene al espíritu ciudadano en los límites de lo estable. Se fundamenta la cohesión social en la disuasión; la vigilancia se impone como actitud de Estado.

Se vigila a un sujeto cívico que  actúa con base en sensibilidade,s antes que lo hace sobre informaciones. El ciudadano es ante todo voz indignada, exige sin proponer soluciones. Este sujeto es portador de mayor frustración que de conocimiento. Muy pocos son los ciudadanos que actúan como conciencia informada. En la historia los hombres resuelven los dilemas de su tiempo a través de vanguardias. Ante los grandes acontecimientos de la historia, la mayoría somos simples espectadores; son muy exiguos los que son actores efectivos.

El ciudadano actúa con base en una sensibilidad de ausencia de bienestar y progreso. Su valoración de mundo es de deterioro y su actitud es de desconfianza, resultado de la decepción ante las expectativas incumplidas. No es un nuevo sujeto cívico. Es el ser persistente que sabe que la democracia y sus instituciones son pertinentes. Lo novedoso en él es la dinámica que constituye y en la que se involucra. Expresando en sus reacciones un ethos tradicional agotado, demanda una conducta gubernamental instauradora del curso del mundo, dentro de los límites de la certidumbre.

En su protesta cívica alberga un ethos que le urge a resignificar la democracia. La voz indignada se eleva imperativa sobre los intereses de quienes han envilecido nuestro régimen de derecho con sus privilegios, imponiendo a la patria una nueva vitalidad.

La solidez de la democracia radica en dar cabida a diversas dinámicas políticas, sin decaer por ellas.  Lo extraordinario en el arte político es que el buen gobernante puede permitir múltiples coyunturas cívicas, sin que ellas socaven su predominio.

El ejercicio de un buen gobierno tiene carácter ético, más que estético. El  acto elegante es correlato de la virtuosa firmeza; se gobierna para dar lugar a otros tiempos.

 

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