¡De puñales, serruchos y pañales!

Bendita democracia, ¡cómo la ultrajamos! Y hasta la  tildamos de callejera, de vez en cuando.Sencillamente, ni la amamos ni la queremos: la utilizamos; y

¡*Demudar la democracia!… nuestro deporte favorito. ¡Jugar con ella!… nuestra mayor afición. ¡Manipularla!… nuestro mejor trabajo. ¡Abofetearla!… nuestro ejercicio diario. ¡Hablar de ella!… nuestro recreo y pasión. ¡Engañarla!… nuestro placer. ¡Poseerla en su justa medida!… nuestra incapacidad. ¡Pedirle perdón!… nuestro destino; algún día.

Bendita democracia, ¡cómo la ultrajamos! Y hasta la  tildamos de callejera, de vez en cuando.
Sencillamente, ni la amamos ni la queremos: la utilizamos; y ante el menor problema, en sus enaguas nos refugiamos.

 

¿Alguna actitud positiva, de nuestra parte?
¡Bueno, cada cuatro años, al menos por ella votamos “tranquilos”!
Mmm… ¡no! La “botamos” a diario e indiferentes, que es diferente y lo peor. Por esa extraña actitud nuestra, de vivirla a medias. A conveniencia, antes dije. A veces la sostenemos, a menudo la manoseamos y a veces la soltamos.
¡Puñeta!… Es que tenemos cara y careta. ¡Y somos tan susceptibles!
No podemos hablar claro y de frente, ni dar y recibir crítica, por más constructiva que ella sea. No sabemos qué hacer con la polémica; positivamente hablando. Con cualquier cosa nos ofendemos. Al que no piensa igual, de inmediato lo señalamos como rival o enemigo, o mínimo, nos cae mal. Por añadidura, no tenemos capacidad para negociar. ¡En conjunto tenemos tan baja autoestima! De ahí tanta  susceptibilidad. (Y tanto apego a la llamada enajenación cultural).
Bandida idiosincrasia…
Y como somos ¡tan individualistas!: no somos abiertos, no somos francos, y le dimos luz verde la hipocresía. Por ello es que andamos y nos la “arreglamos” con arma blanca en la mano. Aplicamos el serrucho a los pies o damos la puñalada en la espalda, de frente: ¡nada! O casi… A veces no nos queda más remedio y de frente tenemos que actuar, y en estos casos sacamos otra “arma”: el hacha. De “hacheros”, andamos…
¡Por Dios! ¡Qué “chiquiticos” somos!  Y flojos.
Sí. Y debemos reconocerlo, para poder cambiar, lograr crecer y superarnos. Porque otro punto muy negro, es que nos da pavor o pereza ver y aceptar la verdad. De ahí que nuestra Democracia ande escondiendo y perdiendo sus gracias, ante mucho aspecto malsano de nuestra idiosincrasia.
Todo este embrollo mental nos impidió moldear, como nación, un carácter sano y positivo, ¡con gallardía,  hidalguía y lucidez! Por ello es que somos inmaduros, “viejos” en pañales, de ahí nuestra tonta altivez. Altivez que conduce a que muchos se sientan muy grandes porque para arriba no vuelven a ver y… y cierran su mente prematuramente.  
Con base en lo anterior, es que, aunque de las dictaduras hemos criticado el hecho de que buscan  forzar una sola ruta de acción, con pensamiento de rebaño y sin derecho a expresar opinión, aquí, en  nuestra Democracia, sin embargo,  muchos se molestan ¡porque no tenemos metido lo mismo en la cabeza!
¿Y entonces?
¿No es normal que cada quién sostenga su tesis y la defienda con  libertad? ¿Y que al defenderla, no sería lo normal que los demás escuchen atentos y viceversa?
Parece que no…
¡Eso es retórica y demagogia!, algunos dicen y muchos bajan y suben y bajan la cabeza. ¡A caray! Mientras tanto, hay quiénes juegan sus cartas debajo de la mesa. ¡Qué tristeza!
Por falta de capacidad para mantener muy digo una posición o para reconocer el error: nos arrechamos, nos enredamos y obnubilamos. También perdemos el control al intentar defender algún planteamiento «doblado».
Por todo ello, es que somos tercermundistas, no “de primera”, porque un país es… según sus cabezas piensan. Según sus cabezas piensan, un país se empantana o se dispara y progresa.

¿Nosotros? Somos como somos: egoístas. Somos quisquillosos y manipuladores, como “bebitos” malcriados, de ahí nuestra democracia, tan singular o en cierta medida… de fantasía. Y en cierta medida esto sucede, porque en nuestro cielo, a veces «nublado», siempre ha revoloteado -aunque desde hace décadas discreto-, aquel “gen» latinoamericano. El “gen” que conduce a sentir predilección por dictar, no tanto por presidir.
En fin, aún así: ¡qué viva la democracia, caramba!
Y, ¡qué viva la libertad de expresión, carajo! Aunque con  restricciones circule…
Y pa’ que entiendan todas y todos de arriba a abajo, pues que’s más mejor hablar y escribir así, sencillo. Con palabras de domingo a más de uno lo endulzan y lo envuelven o le apagan el “bombillo” y lo asustan.

 

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