Durmiendo con la perezosa

…cuando el Instituto de Tierras y Colonización (ITCO) promovía los primeros asentamientos campesinos, los cuales “vencían” a la madre selva y paralelamente despejaban los

En ocasiones, las llanuras del río Tortuguero se cubren de humedad y sucede lo que, según los colonos de la zona, se vivía constantemente en las inmensidades selváticas que allí reposaban hace cincuenta años,

…cuando el Instituto de Tierras y Colonización (ITCO) promovía los primeros asentamientos campesinos, los cuales “vencían” a la madre selva y paralelamente despejaban los mejores campos para el monocultivo bananero de capital foráneo, que se beneficiaba de la mano de obra barata procedente de los precarios.

Cuentan los fundadores de “Colonia Kennedy”, hoy Cariari de Pococí, que los primeros años de vida en ese lugar fueron muy tristes, tanto por las dificultades de la labor en condiciones paupérrimas como por tener que resistir en sus ranchos temporales macondianos de quince, veintidós y hasta treinta días de arremetida.

Distinta a la del Homo sapiens “sapiens” era la vida de la flora y fauna del Tortuguero de los años 60 del siglo pasado, adaptada por milenios al régimen hídrico y solar y en armonía natural con los demás componentes del  ecosistema.

Así, por ejemplo, en su trama natural, las pericas ligeras (perezosos de dos y tres dedos que habitan en la zona), se reproducían con arreglo a las leyes de la selección natural, resistiendo los más fuertes las inclemencias del ambiente, incluidas las tempestades, y sobreviviendo gracias a sus adaptaciones anatómico-fisiológicas y al comportamiento inteligente que caracteriza a todos los mamíferos del Planeta. Y como para todos da natura, en los días de fuerte temporal, el bosque tropical húmedo siempre contaba con refugio para tan caro animal, que durmiendo reducía su gasto energético a la espera de buen tiempo para comer, proteger sus críos o parir su “perezosezno” con tranquilidad.

¿Qué panorama se nos presenta hoy? Primero, reconocer que el superadaptable perezoso se resiste a desaparecer de su territorio ancestral, con todo y lo que para ello significan las miles de hectáreas de cultivos de banano, piña, pastos, etc. (veneno incluido), que van desde la Cordillera volcánica central hasta las cercanías de los canales de Tortuguero, internándose furtivamente en el Refugio de vida silvestre de la Barra del Colorado. 
    
En segundo lugar, para sobrevivir en medio de bananales, yucales, piñales, fincas ganaderas y áreas urbanas, los perezosos escalan postes y se desplazan por el cableado eléctrico o telefónico (curiosamente rara vez mueren electrocutados), bordean potreros sobre las cercas evadiendo el ataque de los perros, cruzan carreteras -muchas veces con resultados fatales- y si localizan un pequeño refugio boscoso en algún pueblo, permanecen por días en el sitio, hasta que su vida libre les obliga a aventurar. Ese es el caso de los perezosos, la mayoría de dos dedos, que habitan en el albergue de una empresa familiar en las afueras de Cariari, contiguo a la finca bananera Formosa, sobre calle a Ticabán, que frecuento a menudo.

En el albergue se cuenta con casa y bodega-cabina, ambas protegidas por un área arborizada. En la bodega-cabina hay un aposento que un día fue cocina, pero que ahora es mi habitación, ubicada al lado de la cabina. El cuarto que ocupo es tipo galerón, no tiene cielo raso y da directamente a un baño semirrústico. El baño, sin cielo raso también, tiene ventanitas sin vidrio, y el cable del bombillo está entubado.

A principios de agosto del presente, bajo un temporal, estuve por el albergue. En las  noches la lluvia hacía más placentero el sueño, pues te arrulla al chocar con el zinc. Un día, antes de acostarme, abrí la puerta del baño para lavarme los dientes. Al entrar sentí gotas menudas sobre la cabeza. -¿Qué raro?- me dije- ¿de dónde goteras? Miré hacia el techo y sobre mi cabeza pendía una gran bola de pelo estilando. Obnubilado, me agaché para observar el fenómeno. ¡Una inmensa perezosa, embarazada, se asía del tubo de la luz y de una regla! Nos saludamos, conversamos un poco, me dijo que la luz le molestaba. Corrí a apagar el bombillo y suspirando me acosté con la esperanza de verla al amanecer. Cuando desperté ya se había ido.

Espero que a falta de ceibas, almendros o árboles de gavilán que le protegiesen del crudo temporal, mi albergue haya contribuido con el alumbramiento de un nuevo perezoso, el mismo que cautivará la mirada del niño que no le apedrea.

 

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