El closet que habitamos todos

Durante los últimos meses, hemos asistido a un espectáculo sobreexpuesto mediáticamente, repleto de narrativas que toman el imaginario del closet como un lugar desde

Durante los últimos meses, hemos asistido a un espectáculo sobreexpuesto mediáticamente, repleto de narrativas que toman el imaginario del closet como un lugar desde el cual proferir maldiciones o hasta montar plataformas electorales.

La constante ha sido el reafirmar un discurso que vincula de manera irremediable la homosexualidad con la muerte, las personas no heterosexuales terminan siendo caracterizadas como moribundos sociales, condenados, aún y cuando merezcan algo de lástima, traducida esta en algún “derechillo”.

Por la forma en que se caracteriza la homofobia y el closet, pareciera de pronto que todo se reduce, por un lado, al famoso “coming out” (salirse del closet) para quienes no son heterosexuales y, por otro, que la homofobia es algo que reposa sobre unos cuantos personajes que cargan con mitos, prejuicios y estereotipos absurdos, como el diputado Orozco.

En el libro “Piel Negra, Mascaras Blancas”, en 1952, Frantz Fanón analizó el racismo, de una forma que considero que aplica a la homofobia como forma de discriminación, una jerarquía de poder que dibuja una línea con niveles de superioridad e inferioridad alrededor de lo humano, una línea superior que es igual a humano, y otra inferior, que es igual a no humanos o subhumanos.

Para Fanón, esta jerarquía de poder es institucional, es decir existe en instituciones. Más que de individuos con prejuicios, estamos ante estructuras de poder que se encarnan en instituciones, y que reproducen y producen la inferioridad de los que están debajo de la línea de lo humano y la superioridad de los que están por encima, asegurando privilegios para estos últimos.

Es decir, si usted tiene un prejuicio hacia una persona, pero carece del poder institucional para que ese prejuicio se traduzca en discriminación en el acceso a educación, vivienda, salud, pensiones y patrimonio, eso es un puro prejuicio en su cabeza. Las personas homosexuales no tienen el poder institucional para segregar y decidir que los heterosexuales van a vivir en las zonas más pobres, no van a poder acceder al matrimonio, seguro social en pareja, herencia y otros.

Es precisamente sobre el tema de los privilegios, donde parece fundamental hablar del closet; Eve Kosofsky Sedgwick en “Epistemología del Armario” (1990) se refiere a este, como un lugar resultado de complejas relaciones de poder, donde la heterosexualidad goza de múltiples privilegios, entre los que destaca “the privilege of unknowing” (el privilegio de no saberse); es decir, la potestad no solo de ignorar, sino de hacer como si no tuviera que saber nada. Esta es una estrategia  de la heterosexualidad no como orientación o variante sexual, sino como norma y régimen social, porque cuando el homosexual dice que lo es, el heterosexual se ve obligado a pensarse él mismo como heterosexual, mientras que antes no tenía que plantearse cuestión alguna sobre su identidad ni sobre el orden social que le ha instituido.

En este análisis coinciden otros autores como Wittig, Foucault, Eribon, Berlant o Halperin, quienes insisten en visualizar la homofobia como síntoma de un sistema social y político heteronormativo, que va mucho más allá de prejuicios de unos cuantos individuos y es más una pretensión de conocimiento objetivo que caracteriza al no heterosexual, como raro, criminal y perverso, al tiempo que lo ubica en una posición inferior y desigual en todo el orden de mundo.

Finalmente, Sedgwick destacó la existencia de dos closets: el closet observado y el closet habitado. Siendo este más bien un régimen en el que nos encontramos tanto homosexuales como heterosexuales, unos observándolo, construyéndolo y todos habitándolo. Por lo cual, salir del closet no se reduce a un acto o evento particular, como señala Didier Eribon (1999); hay una conversión perpetua, un hacer y riesgo social constante, que solo acabará hasta que desvelemos la ficción tiránica que es la heterosexualidad como régimen político y social.

En nuestro país y el mundo, urge transformar esa concepción de la identidad que ve en sus individuos blancos, heterosexuales, cristianos y ricos su mayor éxito reproductivo; mientras esto no suceda, este cuerpo ficticio, en apariencia siempre victorioso y congruente, que no ahonda en las contradicciones sociales y culturales que existen en su misma construcción, se sostendrá de la precariedad y muerte de nuestros cuerpos e identidades.

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