El congestionamiento vial como jouissance

La creciente pérdida de movilidad en vehículo automotor—en especial el de uso particular—es, sin mayor duda, uno de los desafíos más complejos

La creciente pérdida de movilidad en vehículo automotor—en especial el de uso particular—es, sin mayor duda, uno de los desafíos más complejos que enfrenta la gestión de aglomeraciones urbanas (fundamentalmente en los países en vías de desarrollo). La GAM, siendo esto así, no está exenta de este “padecimiento” y su acentuación crece a diario. En torno al tema, se ha dado una discusión que subraya la dimensión técnica del problema (necesidad de ampliar y mejorar la red e infraestructura vial, modernizar el transporte público, disminuir el parque vehicular, etc.); sin embargo, la raíz del caos en las carreteras posee otras aristas. En lo siguiente, desarrollo una visión psicoanalítica de este fenómeno, que parece estar cada vez más fuera de control, con el fin de brindar una mirada alternativa que alimente la reflexión sobre posibles medidas de mitigación/solución.

El precio versus el valor del tiempo. El tiempo que se “pierde”, cautivo en las populares “presas”, es el común denominador de los malaventurados conductores. Ahora bien, cómo se estima ese tiempo clave para entender la genealogía del problema. Por lo general, el tiempo perdido es más fácilmente cuantificado (basado en el precio del combustible) que cualificado (reflexión crítica sobre todo lo que se deja de hacer por estar, fútilmente, sentado frente al volante; una especie de “valor de oportunidad” de las inversiones de tiempo no hechas por “culpa” de las presas). El origen del congestionamiento vial, por raro que parezca, bien puede estar vinculado a la incapacidad para asignar valor al tiempo. Dicho de otro modo, puede que haya un buen número de conductores que, si de golpe tuvieran a su disposición todo el tiempo que pasan en las presas, no sabrían que hacer con él. Por ende, es posible, incluso, que exista un disfrute subyacente en las presas que genera una compulsión por ellas.

Jouissance: cuando el disgusto deviene en fascinación. Jacques Lacan, influenciado por la obra incipiente de Freud, observa la existencia de un placer-dolor o trauma, como uno de los pilares de la formación del sujeto. Es decir, el sujeto entra en existencia en forma de atracción hacia, y rechazo de una primordial y abrumadora experiencia que, en Francés, se denomina jouissance: un placer excesivo que no solo lleva a sentirse disgustado, sino que también, y de forma simultánea, provee una fuente de fascinación. Siendo esto así, los conductores experimentan al mismo tiempo disgusto y fascinación por el congestionamiento vial y esto, eventualmente, se vuelve parte de su identidad: “manejo, estoy en presas, luego existo”. Asimismo, “el llegar a tiempo” se plantea como el objeto metonímico; es decir, el objeto causa del deseo que provoca que los conductores prolonguen la duración de sus desplazamientos, ya que llegar al destino “a tiempo” significaría la desaparición del objeto causa del deseo (junto con su concomitante disgusto-fascinación). Dicha condición, además, explica tanto el muy errático comportamiento de los conductores costarricenses (que, lamentablemente, llega a ser violento), como el impedimento para que actos sencillos como no usar el vehículo privado, si no es necesario, o emplear el transporte público, se vuelvan más la regla que la excepción.

De la inconsciencia individual a la consciencia colectiva. Entender por qué nos comportamos—como individuos y como sociedad—de una determinada manera, es casi que imprescindible para iniciar un verdadero proceso de cambio, no solo en lo que respecta al congestionamiento vial, sino para otros tantos jouissances que hemos ido incorporando a nuestros “genes ticos”. En la medida que sigamos ensimismados en nuestro disgusto-fascinación, continuamos acrecentando los problemas, ya que saboteamos potenciales soluciones.

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