no es, pero que a la vez existe, sin que tenga ninguna condición especial como grafiti, pues
pretende ser pero no se puede calificar como tal.
Virtual, virtud cuya fuerza produce un efecto, pero sin estar presente, porque su existencia
es lo que se considera opuesto a lo real, a lo tangible inmediato, por ello no existe en el
espacio físico, sino en otro de contraste identitario a lo real real, que sería lo real simbólico
matemático.
Nos referimos a la realidad virtual, y en su sistema informático, a la manifestación de
imagen grafiti que se lleva a cabo, se promociona y quiere asumir un rol que no le pertenece,
justamente por no ser anónimo, sino un acto viciado de agentes culturales que cargan las redes
sociales con la sublimación que busca reconocimiento de quien lo ejecuta.
El dueño transnacional de la virtualidad gobierna, controla y conoce los datos del emisario
grafitero, puede localizarlo y anularlo cuando quiere, pues su espacio de realidad virtual le
pertenece al cien por ciento.
Condición esencial del grafiti es ser anónimo, nadie conoce quien lo hace, además que por
su carácter transgresor proviene de una protesta distinta que buscar el exhibicionismo. Sin
embargo, en el ciberespacio ocupa carriles de moda porque tiene un gancho de masa crítica
cerebral, se quiere ser alguien aunque sea a costa de colgar los calzoncillos.
El dueño de las carreteras impone su ley y su orden en contratos de aceptación obligatoria, es
un sí acepta, afirmativo, o si no acepta no existe y no funciona, está muerto.
La virtualidad como concepto es lo que nos ofrece la “representación” de determinadas
cosas, situaciones creadas de antemano y perfectamente manipulables a través de los medios
electrónicos que son propios de su naturaleza mecánica, comunicativa, e ideológica, además
de gozar de una estética y una fuente social al infinito humano, siempre un producto del
ingenio humano cuyo poder de decisión final está a cargo de una superestructura ideológica,
económica, política y militar cuya matriz decisoria se encarga de decir qué se permite y qué
no, y en el caso de los llamados grafitis virtuales, qué grafitero puede operar en la red y qué
otra red de grafiteros no se incluye en su sistema de representaciones como espejo de la
sociedad cotidiana, que se siente poderosa al estimularle el álter ego, cuando lo único real es
que todos los usuarios son peones, tributarios y personas enajenadas del sistema.
¿Dónde queda el papel del creador anónimo, del irreverente ser social que constituye el ser
del grafitero y lo humano de su propuesta?
En un software, totalmente vigilado, domesticado y domesticador al servicio del poder que él
mismo no tiene, más que la ilusión de rebeldía y descarga de su rabia, porque su grafiti virtual
se convierte en producto del sistema que le da las facilidades de software y las visitaciones
para ser explorado como objeto de consumo y publicidad de algún producto. Con ello, el
grafitero virtual se presta y es usado para acrecentar el dominio de la superestructura de poder
transnacional.
El grafitero virtual no tendría soporte emocional porque su razón de ser vive y concentra
su acción en un logos diferido, en una realidad pseudoalternativa que puede ser anulada a
voluntad inmediata de otro, no de la ciudad como el gratiti urbano, o de la pared privada
donde comete su vejamen público, sino de la nada que supone tener el alma caliente en el
cuerpo ajeno y frío de una máquina. En síntesis, el sujeto grafitero es objeto de utilidad para
el sistema
El grafiti virtual sería el mismo sistema de realidad virtual, con la diferencia de que no se
rebela contra sí mismo en ninguna de sus fases, no es crítico, no pretende cambiarse ni que
lo cambien, porque es un yo en espiral que concentra los yoes de una necesidad humana
elemental, expresarse, tener voz, aunque no sea la propia.
Está en evolución.