Hay que reinventar

Tenemos el gran deber de “reinventar”. Ya van “apareciendo” ejemplos concretos de esto, y en este documento, cito varios artículos míos, publicados entre el

Tenemos el gran deber de “reinventar”. Ya van “apareciendo” ejemplos concretos de esto, y en este documento, cito varios artículos míos, publicados entre el 2010, y el 2013.

A partir de la particular actitud del presidente Obama, de los presidentes centroamericanos, del primer ministro de Belice, y del presidente de República Dominicana, “se definió en la práctica” una nueva forma de cooperación internacional, en la que no se trata de “poner la mano” para que el poderoso tío Sam nos dé, sino que se trata de entrar en nuevos mercados, en nuevas alianzas, y-o en nuevos foros (Costa Rica, a partir del 22 de mayo del 2013 entró al grupo “Alianza del Pacífico”, y a partir del 2015 será miembro activo de la OCDE).

Creo también que en Venezuela, Chávez, si bien hizo mucho por el pueblo trabajador, también “desmanteló” su sistema productivo. Los venezolanos tienen que reinventar su sociedad. Vaya trabajito, y a todos nos toca difícil, pues debemos abocarnos a reinventar la nuestra.

Soy una ferviente creyente de lo que denomino “teoría del péndulo”. Me cito: “Creo en la “teoría del péndulo”, pues considero que la realidad se comporta como tal: da “bandazos”, se mueve de un lado para otro. Se pueden buscar ejemplos en la historia: Cuba, la ex-URSS, Irak, entre otros. Pasaron de regímenes totalitarios de derecha a regímenes totalitarios de izquierda. Irak y lo que fue la URSS pasaron de una monarquía de derecha a un régimen totalitario de izquierda (que para mí, constituye un régimen monárquico diferente); por su parte, Cuba pasó de un régimen corrupto de derecha, a un régimen sin libertad del otro signo: de izquierda. En esa teoría del péndulo, sería agradable pensar que algún día se llegará al justo medio, al equilibrio (quizá me esté influenciando mi formación profesional).

Hay que mejorar casi todo, poner límites y vigilar que estos se cumplan; es una manera eficiente de luchar contra el narcotráfico y cualquier otra forma de delincuencia. También, entre algunas cosas, habría que penar con cárcel al candidato que resultara electo presidente de la República, por promesas hechas y no cumplidas, para así ponerle límites a una forma de corrupción, ya que la corrupción como tal no se puede erradicar,  no de raíz como uno quisiera, pues es inherente al ser humano (por lo menos una posible acusación penal actuaría como  “muro de contención”, para que los candidatos presidenciales se abstengan de hacer falsas promesas). Así, se le pondría punto final al  “pan y circo” que algunos candidatos presidenciales le dan al pueblo, como hacían los romanos. Con esas migajas  (las poquísimas cosas que cumplen, cuando llegan al poder), los pueblos se conforman, pero también se llegan a cansar. Digo en otro artículo: “Propondría también que se aplique la justicia penal a la presidencia de la República”; que se juzgue por sus promesas de campaña al candidato que  resultase electo presidente, sin que cuente como excusa la preconcebida justificación de “no se pudo cumplir por −la ya muy trillada palabra− ingobernabilidad”. Todo esto, para que los candidatos se vayan acostumbrando a que una promesa de campaña electoral es una deuda pública, que contrae el candidato presidencial con todo votante. No hay que prometer si aún no se conoce el estado de las arcas públicas.

En otro artículo señalo que la  realidad demuestra con hechos, que entre más analfabeta es un pueblo más lo pueden llegar a engañar, a burlarse de él sus gobernantes de turno. Creo que con lo que está pasando en Costa  Rica, lo público, muy a nuestro pesar, se burla de todos nosotros los ciudadanos trabajadores, y honrados.

No hay que ir muy lejos a buscar a los responsables. Los enemigos de lo público  trabajan en las mismas instituciones estatales, haciendo quedar mal a su institución. Pero esto no es excusa para que funcionen mal. Como dice una amiga mía: existe una gran “celulitis  institucional”.

Estamos en la época de lo nuevo, aunque cada vez que comienza un siglo se dice lo mismo. Para poder “sobrevivir”, en este mundo tan cambiante, hay que poder reinventarse. Se pone en evidencia, una vez más, que es muy urgente encontrar una solución sensata, que permita resolver el dilema estructural que se plantea  entre la cada vez mayor cantidad de usuarios, versus la buena calidad de los servicios en cada uno de los países del orbe, sin que por eso la solución sea privatizar. La privatización ha demostrado que no cumple con el tan anhelado objetivo de mejor calidad. En ciertos países están haciendo el proceso inverso, que es mucho más difícil.

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