No todo trabajador de la enseñanza es un maestro(a). Parece una distinción ociosa pero no lo es. Hay mucha gente que se dedica a dar clases, abre la puerta del aula, entra, enseña la materia, hace exámenes, pone notas, conversa con los estudiantes, bromea incluso con algún grado de éxito, cierra la puerta y se va. Esto tenemos que hacerlo todas las personas que nos dedicamos a enseñar. Pero los maestros(as) hacen otra cosa que los(as) convierte en personas cualitativamente distintas.
Maestros(as) son pocos(as) y se seleccionan. Uno los(as) escoge a lo largo de su vida para llevarlos consigo, como llevar un grupo de escuderos que lo protegen o un grupo de amigos que lo aconsejan. Se quedan en la mente después del curso, después del año, después de que termina la carrera, durante muchos años y siguen enseñando incluso de situaciones que uno ni se imaginaba. Siguen pensando, corrigiendo, bromeando, vigilando desde un sillón cómodo en alguna parte del cerebro. No todos escogemos los mismos pero hay ciertas personas que mucha gente selecciona. Como si la sabiduría de cierta gente despidiera un aroma que nos atrapa como moscas, para sentarnos en sus clases y escucharles y dejarnos enseñar.Este año nuestra Escuela de Antropología perdió dos maestros. Uno de ellos, José Antonio Camacho, es maestro mío. Todavía están en mi mente sus clases de teoría social y metodología, sus escritos, pero sobre todo su manera de reír, de disfrutar del proceso de enseñar y aprender. También se nos fue Jonathan Muñoz, muy pronto, demasiado pronto. Un profesor joven, que estaba comenzando a ser maestro de las nuevas generaciones de antropólogos y antropólogas. De los variados mensajes de solidaridad y cariño que expresaron los estudiantes de Jonathan al enterarse de la triste noticia, quiero resaltar uno que destaca por expresar ese sentimiento que nos embarga cuando perdemos un maestro:
“Me siento dichoso de haberlo conocido y haber tenido el placer de que me impartiera conocimiento, me hubiese gustado que fuese mi profesor de muchos cursos más, pero solo un curso bastó para conocer a tan gran persona…”
Aquí se quedan los maestros y no se van, siguen interpelándonos constantemente. Los dos están ahora en esa región indeterminada que llamamos recuerdo, y desde allí seguimos queriéndolos, como el primer día que entramos en sus clases y nos quedamos embobados escuchándolos.
* Una versión de este texto se leyó en el homenaje a Jose Antonio Camacho realizado el 22 de noviembre de 2013.