Invitación a cenar

El tiempo era propicio. Había dinero y si no, quedaban las tarjetas. Ambos se gustaban y entendían. Él la invitó a cenar. Quedaron para

El tiempo era propicio. Había dinero y si no, quedaban las tarjetas. Ambos se gustaban y entendían. Él la invitó a cenar. Quedaron para un lugar, un día y una hora. No sé si llegaron en automóviles distintos, o en uno solo. Ingresaron al local. Yo estaba ahí, en una de esas mesas solas, excepto por mi figura. Pese a la relativa soledad gozaba de una vista estupenda, con cierta visibilidad a mi favor podía observar lo que en general sucedía.

La camarera se les acercó y brindó los menús. Ella ordenó con corte alambicadamente artificial. Él hizo igual, pero sin ni siquiera mirar a la receptiva camarera. A los doce minutos los platos estaban servidos.  Ella miró el filete, lomito término medio, y disertó más consigo misma que con la camarera que así como se le ofrecía la carne no existía nadie en TODO el mundo que fuese capaz de comerse semejante cosa a medio cocer. –“Si lo cocina de verdad veré si me lo como, así crudo ni loca”.

Repentinamente sonó un teléfono y luego otro. Llegaron los reformados platos. Esta vez no hubo observaciones ni disputas de ninguna especie. Cada miembro de la pareja se encontraba enganchado en una conversación telefónica vía móvil, celular. Ella hablaba con un tono risueño y administrativo; él con una voz propia de un galán de telenovela mexicana. Terminó la llamada de él y luego la de ella. Pero el sonido y la escena descrita cobraron vida de nuevo. Los teléfonos empezaron a chillar de nuevo. Ella contestó. Luego lo hizo él.

Era obvio que la cena estaba servida. Sin embargo, aquella pareja estaba más atenta al servicio telefónico que a su propia y personal alimentación. Y mucho menos atenta, naturalmente, a lo que aquella cena debía convencionalmente representar para ambos.

La situación se repitió unas cinco veces. Nunca la mirada de la pareja dio rastros o vislumbres de mirarse uno al otro. La comida se enfriaba. El tiempo transcurría. Las conversaciones de teléfono se mantenían. Repentinamente ambos dijeron a una: −“¡Pidamos la cuenta!”. Pagaron a la alemana, cada quien lo suyo. Se esfumaron en la noche, en la singular noche en que consiste y tiene lugar una invitación a cenar.

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