La farsa del desarrollo sostenible

A partir de la  Convención de Río de Janeiro en el año 1992, el concepto de desarrollo sostenible cobró fuerza en el planeta y

A partir de la  Convención de Río de Janeiro en el año 1992, el concepto de desarrollo sostenible cobró fuerza en el planeta y desde entonces, se ha venido considerando como la meta por alcanzar para lograr un desarrollo en armonía con el ambiente.

Se planteó en ese  entonces que el desarrollo sostenible es aquel que permite la satisfacción de las necesidades presentes de la humanidad, sin disminuir la capacidad de satisfacción de sus necesidades a las futuras generaciones.

El concepto, aunque   antropocéntrico y productivista,  puede ser teóricamente válido.   El problema es que en la práctica no ha funcionado, o lo ha hecho a medias. La prueba es que el planeta continúa por la senda de la degradación y la destrucción ambiental a pesar del desarrollo sostenible. Pero lo más grave es que este concepto se ha convertido en la gran excusa para explotarlo todo en forma “sostenible”.

Actualmente todo puede ser sostenible: la actividad forestal, la agricultura, el turismo masivo, la minería, el petróleo etc. Basta con un estudio de impacto ambiental, un plan de gestión, un sello verde o ecológico y listo, la actividad es sostenible y  todo mundo tranquilo. La verdad es que el desarrollo sostenible está enmascarando gran cantidad de actividades que, analizadas a profundidad, no tienen nada de sostenible.

Por eso, argumento que este tipo de desarrollo constituye una farsa, una falacia y que  nos estamos engañando mientras el planeta continúa por su senda de destrucción. Ante una población mundial  en aumento y un crecimiento exponencial de la demanda de recursos, el desarrollo sostenible ya no es suficiente, es tan solo un remedio temporal,  un paliativo que no representa  la solución definitiva a la grave crisis ambiental  que aqueja a nuestro planeta. Hace falta mucho más.

Es indudable que necesitamos un  nuevo paradigma de desarrollo, el desarrollo sostenible ya está agotado. Hace falta un desarrollo que acerque al ser humano a la naturaleza, no con fines productivistas o de manejo de recursos, sino de verdadero aprecio, valoración especial e integración con el mundo natural.

Es necesario, si se quiere, rescatar la sacralidad que tenía la naturaleza para las culturas ancestrales. Parafraseando a don  Luis Alberto Monge en cuanto a “volver a la tierra”, es necesario “volver a la naturaleza”, volver a la conexión eco-espiritual con el planeta. Y esto no implica necesariamente renunciar a la tecnología, podemos seguir siendo  seres tecnológicos, pero a la vez poseedores de un profundo respeto, apego y sensibilidad por el mundo natural que nos rodea.

Es necesario educar a nuestros niños y jóvenes bajo principios y valores que lo identifiquen y acerquen a la naturaleza, ponerlos en contacto con áreas inalteradas de modo que terminen enamorándose de la naturaleza y siendo sus protectores. De esa relación íntima niño-naturaleza, surgirán valores y principios de respeto, amor,  solidaridad, paz y armonía que marcarán el futuro de esos seres humanos. En ese contacto natural se encuentra un instrumento sumamente valioso para el crecimiento mental y espiritual de nuestra sociedad, y por ende, para el surgimiento de una nueva conciencia planetaria.

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