La filología en el tocador

Sin importar, pues, que sea la filosofía, con Sade, o la filología, su vecina, la que guarde relación con los libertinos, el asunto seguirá

La distancia entre filosofía y filología tal vez no resulte demasiado grande: el lógos que persiguieron los filósofos forma parte de la palabra filología y no falta el filólogo que se pretenda sophós.

Sin importar, pues, que sea la filosofía, con Sade, o la filología, su vecina, la que guarde relación con los libertinos, el asunto seguirá siendo la perversión.

Pero tratándose de la pura filología, cabe hacer una advertencia: es necesario entender el término perversión al menos como trastorno de un orden verbal, y no olvidar aquel principio clásico según el cual la lectura, la escritura y el pensamiento repercuten entre sí, de modo que si falla uno de los tres, fallan los tres. Hecha tal advertencia, queda referirse al tocador propiamente dicho.

En Asamblea de Escuela un jerarca lee. Viene de pronto la palabra ininteligible, pero la pronuncia “inintelegible”. Como el término aparece de nuevo y vuelve a ser mal dicho, un asambleísta corrige. La palabra aparece por tercera vez y ahora es bien dicha por el jerarca, pero haciendo trabalenguas.
En un pasaje de la Oficina Jurídica sobre Asambleas de Escuela, se indica que cualquier miembro puede solicitar el borrador del acta y la grabación correspondiente, “máxime si se trata de la revisión de criterios u opiniones propias”. Es decir, adicionalmente los miembros “tienen la potestad de revisar y corregir sus intervenciones”.
Ante este pasaje, la no bicéfala Dirección de la Escuela (salió de ella misma esta calificación) hincó el diente o la lengua en el término sus, para entenderlo como distributivo que restringe la escucha de cada miembro a lo dicho por cada miembro (“sus intervenciones”). Varios meses después, una de las dos cabezas de la Dirección no bicéfala declaró que semejante lectura provenía de los lingüistas.
(En términos alegóricos, Filología está casada desde el medievo con Mercurio, dios del comercio; en términos científicos, la moneda ha servido posteriormente para explicar mal el concepto de signo; en términos curriculares, esta Universidad no ofrece bachillerato en lingüística y entonces, para que algunos se sirvan de tan imprevisible legado monetario, deben producirse primero las célebres bodas marcianas).
Tenemos también el caso de la palabra destituir, usada para referirse al hecho de que alguien dejó de estar al frente de un grupo, precisamente del grupo que había solicitado su cambio por medio de una carta. La malicia filológica colectiva consistió en abominar de las etimologías y en pretender que destituir sólo puede significar despedir a alguien.
No es menos curioso lo sucedido con la voz alcahueta. De esto tenemos conocimiento por azar, dado que la administración reveló lo que al parecer venía siendo una especie de informe secreto.
Por haber efectuado denuncias, se pide a los denunciantes que escriban algo para que la persona denunciada no se ponga triste por no haber ido a dar clases durante semanas. En consecuencia, los denunciantes llaman alcahueta a la instancia involucrada y ésta se defiende poniendo en marcha la maquinaria o maquinación filológica y disciplinaria no contra la persona denunciada, sino contra los propios denunciantes. En el curioso informe secreto, firmado incluso por un prócer universitario, se aduce que, como el género de la instancia es masculino y el de la palabra alcahueta femenino, se pone en duda la virilidad de la instancia.
Y ya más recientemente, una de las cabezas de la Dirección no bicéfala ni siquiera teme pedir que conste en actas su afirmación de que el Consejo Universitario “ha intervenido en el fuero” de la Escuela, que como sabemos es forma de derecho medieval o privilegio, por lo que cabe preguntarse si la tal Escuela goza de fuero especial o compra bulas en la Universidad.
Ante tales trazas de oscurantismo, no debería sorprendernos si con el fuero también se plasmara en actas el feudo, concesión medieval de tierras o rentas por medio de la cual se quedaba obligado a guardar fidelidad de vasallo, prestar servicio militar y acudir a las asambleas políticas y judiciales convocadas por el señor.
En conclusión, si se quisiera rehabilitar la noción de feudo para comprender mejor el concepto anacrónico de Unidad Académica y para entender algo más cierta dinámica in honórem del interinazgo y de los concursos de antecedentes, sería justo reconocer un adelanto promisorio en el fuero que al parecer ya se arroga la Escuela de Filología.

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