La polarización social

No es real, porque el paradigma de los ricos explotadores contra el pueblo oprimido es tan solo un estribillo anacrónico y engañoso, resucitado y

La sociedad costarricense no solo se está polarizando económicamente; no solo muchos ricos son cada vez más ricos y muchos pobres cada vez más pobres, a tenor de la tendencia político-económica mundial; nuestra sociedad también se está polarizando ideológicamente, pero que, lejos de tratarse de una visión sociológica real, no significa ninguna solución a nuestros problemas cotidianos.

No es real, porque el paradigma de los ricos explotadores contra el pueblo oprimido es tan solo un estribillo anacrónico y engañoso, resucitado y puesto en escena por los políticos oportunistas; y peor aún, si lo dramatizan con la explotación de los países “imperialistas”. La realidad es muy diferente: la tensión social no está planteada entre ricos contra pobres, sino entre el sector de la sociedad que genera la riqueza nacional con su trabajo (la mayoría) contra los que la malgastan y se la reparten a su antojo. En ambos “bandos” hay “ricos”: empresarios emprendedores, con ganas de generar riqueza, negocios legales, trabajo y bienestar; contra políticos y burócratas ineptos –incluyendo líderes sindicales- que ganan más que el presidente o alcaldes de los países desarrollados; así como también, en ambos bandos, hay “pobres”: la gran masa trabajadora – y a veces desempleada- cuyos ingresos son regidos por la siempre injusta ley de la oferta y demanda laboral, contra empleados públicos improductivos, aferrados a un puesto que significa un costo inútil y un obstáculo para la sociedad; por eso, se oponen a la digitalización de la administración pública, a las alianzas estratégicas con el sector privado y a la libre competencia. En ambos bandos, empresarios y políticos, trabajadores y empleados públicos, hay sectores emprendedores y sectores que usufructúan los subsidios del estado sin merecerlos; en ambos bandos hay gente honesta y gente deshonesta; en ambos, individuos violentos que tratan mal al cliente o al trabajador; y en ambos, por cierto, gente que irrespeta los semáforos.

La gente está cansada de seguir pagando las deudas que contrae cada vez más el Estado, dentro y fuera del país, para pagar la enorme planilla inoperante y sus descomunales gastos superfluos, las obras mal hechas y los negocios fraudulentos, con cada vez más indiferencia y descaro. Lo peor es que todos sabemos como termina esta carrera hacia el abismo: una vez que el gobierno empieza en impuntualidades con los pagos, tarde o temprano, con discurso político resentido y plañidero o sin él, los acreedores, imponen restricciones al crédito: el dinero fácil y la piñata se terminan. Entonces, más pobreza, despidos, caída en los salarios, pensiones y otros beneficios; por ende, más desempleo, más carencias y más violencia social. Esto no es un augurio: lo están viviendo en este momento varios países latinoamericanos y europeos.

Para romper la muralla de la ineptitud y los privilegios de la burocracia estatal, engendro de nuestros políticos, tanto “neoliberales” como “defensores del pueblo”, no es viable ni necesario “mano dura”, ni despidos, ni recorte de salarios públicos; no es necesaria una gran revolución social ni mucho menos un “gran organizador”, o un líder que “sí se preocupe por las masas”; o uno que resucite al estado endeudado, o que devuelva el orden, o que “ponga en su sitio a los capitalistas neoliberales” explotadores del pueblo. Y mucho menos, delegar todo el poder a una sola persona, porque el pueblo se cansó de las instituciones políticas que nunca funcionaron para la mayoría. La única forma es promoviendo la libre competencia; abierta y transparente, bajo reglas claras, sin “chorizos”, sin privilegios. Los servicios públicos que hoy compiten –como los bancos- han mejorado ostensiblemente su eficiencia, sus costos operativos y, en especial, su mentalidad empresarial y emprendedora. Si la mayoría cree en los valores democráticos, no privilegiará a un partido político ni apoyará burócratas corruptos que ofrezcan puestos públicos o hagan concesiones desleales o eximan de obligaciones cívicas, como nos sucede consuetudinariamente en Latinoamérica. Estos valores y una buena dosis de emprendimiento y civismo son suficientes.

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