La polilla enamorada

Sabía que Vincent van Gogh era sinónimo de asombro, de elevada sensibilidad a lo cotidianamente desacostumbrado, a lo inusual por extraordinario.

Sabía que Vincent van Gogh era sinónimo de asombro, de elevada sensibilidad a lo cotidianamente desacostumbrado, a lo inusual por extraordinario.

Tengo una colega filóloga; Marlen, ella tiene un libro: Anhelo de vivir. La vida de Vincent van Gogh. Autor: el novelista norteamericano Irving Stone.

Érase una vez que yo le ví ese libro y lo empecé a ojear. Después de algunos minutos escribí en un papel: −Marlen!, este libro fue o “es” alimento de polillas…”. Ella anotó al margen de mi nota. “Fue, ya murieron”.

Pasó el tiempo −ese viejo ferrocarril de experiencias y novedades− y me encontré a Marlen. “−Vieras el libro…”. Marlen leyó el libro y encontró el “diseño” que la polilla pintara en él con abnegada laboriosidad y constancia de artista: un corazón cada vez más perfecto, a medida que se acerca uno al centro de ese libro.

Moraleja: la vida de van Gogh tuvo mil insospechadas experiencias, una excepcional sensibilidad; por las venas del artista fluía el arte en forma de recreación personalísima de cuanto contemplaba. Pero, tal parece que no sólo sus obras y su vida, sino que incluso los libros sobre él, conservan y perpetúan el “efecto van Gogh”: esa maravillosa inventiva para hacer de lo perecedero y natural algo inmortal y trascendental, infinito, espiritual, en el sentido del logro más acabado de que es capaz un ser humano: el corazón que sólo puede evidenciarse como obra artística, como consumación y donación generosa de sí mismo; corazón labrado por el hambre del vencimiento de los egoísmos y las ruindades humanas. Corazón que es donación de sí, porque es la lealtad a lo sublime y el propósito de identificarse con ese encantamiento de hacer de lo ordinario un mundo sobrenatural y extraordinario: ese mundo donde todo cuanto se hace sería llamado el arte.

Pd.: el corazón pintado por la polilla es increíblemente perfecto en las págs. 140-141, curiosamente justo donde dice: “¿Estaba condenado a sentir hambre toda la vida’ (…) lo único que deseaba era ir a comer algo”. Genial, paradójico vangohnismo: la polilla como artista llegó a serlo porque tenía hambre y como van Gogh, ella nunca fue ni millonaria ni le sobró el dinero; pero aún así hizo, sin saberlo, arte como van Gogh.

El artista, poseído por algo que le reclama, por el Eterno Infinito, la Belleza Suma, traza las líneas desde su estado de contemplación. No es artista quien quiere, sino quien teniendo un espíritu sensible se transforma casi sin percibirlo en un enamorado del amor constante y fiel, obedeciendo casi como arrastrado por esa fuerza que lo atrae y que no distingue entre Vincent van Gogh enamorado de todo cuanto ve y la polilla creadora y también a su modo evidentemente enamorada.

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