Las guerras no son eternas

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. José Eustasio Rivera, “La Vorágine”Con

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. José Eustasio Rivera, “La Vorágine”

Con las palabras que representan el título de este artículo, el comandante Iván Márquez, segundo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EPL), se refiere a la esperanza de que el conflicto armado, que asola a su país por más de 50 años, llegue a su culminación.

Para ello, desde hace ya más de seis meses, se han estado desarrollando diálogos entre el Gobierno, encabezados por el exvicepresidente Luis Alberto la Calle y Márquez por parte del grupo insurgente, en La Habana, Cuba. Además, cuenta con el apoyo del Gobierno de Noruega y como veedores participan Chile y Venezuela.

Como dice el encabezado de este artículo de opinión, para los que nos ha tocado vivir en esta época, este conflicto junto con el palestino-israelí, se ajustan más que otros a lo eterno.

Eterno como el infierno, la actual violencia se remonta al magnicidio en abril de 1948 del líder político liberal Jorge Eliécer Gaitán y al llamado “Bogotazo”, que son los asesinatos y violencia que suceden a consecuencia de este lamentable hecho y que llevan a que la capital Bogotá  se sume en el caos y en el horror.

Posteriormente, vendrá el Gobierno del militar y dictador, Gustavo Rojas Pinilla (1953-57) y el llamado período “La Violencia”, donde ambos partidos, Conservador y Liberal, otra vez resuelven el problema político a través del terror, se calcula que este período dejó aproximadamente 300 000 muertos.

En 1964, se fundan las FARC a través de “Jacobo Arenas” y de “Tiro Fijo”, Manuel Marulanda Vélez, líder histórico fallecido en el 2008 por causas naturales.  Desde ese lejano año, estas fuerzas guerrilleras a través de las armas quieren alcanzar el poder y llevar cambios a profundidad en el sistema político y social de ese país suramericano.

De acuerdo a un reciente documento llamado “Memoria Histórica”, del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, el conflicto desde 1958 al presente deja la friolera de 220 asesinatos documentados, 5 000 000 de personas con desplazamiento forzado interno, 7000 desaparecidos, 16500 asesinatos selectivos, 1982 masacres, 27 000 secuestros, 1754 víctimas de violencia sexual y 6500 casos de reclutamiento forzado.

Lo más doloroso es que el 80 % han sido víctimas civiles y el restante 20 % pertenecen al ejército, los grupos paramilitares y los grupos guerrilleros, actores directos de la confrontación.

Si uno agrega que en Colombia, después de Afganistán, es donde hay más muertos y mutilados por las minas antipersonal, que el reclutamiento forzado que habla el informe son mayormente niños y, desde luego, no incluye las víctimas de la guerra contra los grupos involucrados en el narcotráfico ni que la mayor parte son civiles.

Para un país tan grande en territorio y en población, más de 100 millones de habitantes, solo detrás de Brasil y México en el contexto de naciones latinoamericanas, el país debe abocarse a la solución de la inclusión social resolviendo los graves problemas de  desigualdad económica entre pobres y ricos, el tema agrario, puntos actualmente que se discuten en la agenda de los diálogos de La Habana y que son parte fundamental entre otros de este lamentable conflicto que se hace eterno, como el paraíso y el infierno.

 

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