Más allá de Cocorí

El problema no es Cocorí. Ojala fuera así de simple. Si ese fuera el problema, podríamos hacer sin más una “apropiación crítica

Por Dr. Rodolfo Meoño Soto
Coordinador, Maestría en Derechos Humanos y Educación para la Paz, UNA

El problema no es Cocorí. Ojala fuera así de simple. Si ese fuera el problema, podríamos hacer sin más una “apropiación crítica” de la obra con solo “…mejorar la preparación de maestros y profesores…” (Iván Molina, La Nación, 29-04-15, 25A)
La cosa va más allá. El debate, no de excluir o de censurar como ha querido insinuar el editorialista de La Nación (25-04-15, 24A), sino de no auspiciar estatalmente la difusión de la obra Cocorí como ha propuesto la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa, ha dejado de lado lo esencial: el negado pero existente racismo que nos marca como sociedad, en nuestro “idílico” país de la “sempiterna felicidad” que promulgamos al mundo.
La “pura verdad”, más allá del “pura vida”, es que somos una sociedad racista. ¡Racista, racista, racista! No exagero. Y, lo peor, es que somos una sociedad que lo niega. Y así impedimos otorgar el reconocimiento a comunidades que hemos explotado, inferiorizado y silenciado sistemáticamente por siglos. Tal es el caso de la comunidad afro descendiente. De la cual, de una forma u otra, todos y todas formamos parte.
En función de la doble negación en que vivimos -de nuestra herencia negra y del racismo inculcado-, los medios de comunicación han relegado a las páginas de deporte algo que nos retrata como sociedad. ¡Nos retrata horriblemente como sociedad! Es algo actual, del día a día. Algo que, en palabras de Dominic Oduro, jugador de fútbol del Impact de Montreal, supone que “…todos los fanáticos de Alajuelense deben estar avergonzados” (La Teja, 29-04-15, pp. 26), ante lo sucedido en el Estadio Alejandro Morera el 7 de abril de este mismísimo año, 2015; ya no en 1947, cuando se publicó Cocorí.
El país entero debería estar avergonzado, pero no se da por aludido ante los “…gritos de monos cuando jugadores negros estén jugando” (Oduro, ídem). Nadie se da por aludido y nadie ha dado una disculpa. Ya Armando Campos (Violencia en Costa Rica, EUNED, 2012), había minimizado la violencia cultural en los estadios: es solo catarsis; como si dicha violencia no nos retratara tal como somos. ¡Como el monstruo cultural que somos!
El problema de Cocorí no es solo el lenguaje: “¡Mamá, mira un monito!”, como dice la “linda niña blanca” al conocer al protagonista. No basta con cambiar las palabras (como intentó hacer Joaquín Gutiérrez, su autor); si, por otra parte, persisten los patrones culturales que reproduce. Ha sido atestiguado por muchas víctimas, que la obra ha sido una herramienta más de propagación del racismo en la niñez y la adolescencia; un racismo gestado en el seno de familias, iglesias, escuelas y comunidades.
La obra ha servido para causar un grave daño a centenares de niños y niñas. Quince Duncan nos narra que “…son cientos de niños negros que han llegado a su casa llorando, habiendo perdido su nombre, sustituido por el apelativo Cocorí. Y son cientos de padres que han tenido que aplicarse a fondo para restituir la autoestima a sus hijos varones.” (Juan Carlos Hidalgo, De frente, La Nación, 27-04-15, 41A),
Cocorí ha hecho que un sector importante de la comunidad nacional se sienta denigrada e inferiorizada en su vida. Ha sido y sigue siendo “caldo de cultivo” de un racismo colonial que negamos pero vivimos día tras día.
Un racismo que seguiremos viviendo en tanto lo neguemos. Roberto García es ejemplo claro de la negación: “Más que racismo, en caso de que lo hubiera en Costa Rica, lo que ha ocurrido aquí desde hace muchísimos años es la marginación de la región caribeña de nuestro país.” (Desde la tribuna, La Nación, 02-05-15, 29A) Me pregunto, ¿por qué será? ¿Habrá alguna duda?
Los “gritos de monos” proferidos a Dominic Oduro provocaron, por primera vez en la Concachampions, que un club fuera sancionado por el comportamiento racista de sus aficionados. Entonces, la joya nos la brinda un aficionado: “Tenemos racismo, pero también tenemos personas que se aprovechan de su raza para obtener ventajas.” (Keneth González, La Nación, 29-04-15, 35A). Por eso, no sé cómo, todos resultamos excusados con el titular que el periódico le asigna a tal comentario: “Oduro provocó a la afición de la Liga”. ¡Pobre Liga!

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