Receta para bajar de peso

En los periodos de guerra frontal se baja de peso por la falta de comida. Esa receta nunca falló, mantiene todas las líneas

En los periodos de guerra frontal se baja de peso por la falta de comida. Esa receta nunca falló, mantiene todas las líneas huesudas del cuerpo y el pellejo protector. Triste realidad en las cárceles y centros de exterminio humano.

Pero también se baja de peso moral, como cuando un Estado sin ser fallido se mantiene en el limbo de las indecisiones, o en la tozudez de no llevar a cabo las acciones políticas armónicas que le den respeto por los logros integrales de cada gestión gubernamental, a pesar del costo político que deba pagar el político y el partido de turno que lidera el poder.

Las instituciones costarricenses abundan en sobrepeso, sobran, desde exceso de ministerios, institutos, adscritas, y cuanta irresponsabilidad se crea por decreto o por ley, una fábrica de parques jurásicos, incluidas las municipalidades, hueco negro de la ineptitud. Aquí cada político se inventa puestos y rangos de trabajo para favorecer familiares, partido, amigos y lacayos. Cada cambio de gobierno el ejecutivo se divierte con algún nuevo ministerio de papel para tener ministros /as de viento, sobre las espaldas y bolsillos públicos y privados, cuyo costo lo pagamos todas las personas costarricenses con nuestros impuestos. Los que pagamos.

El Estado necesita de ingresos sanos que le dan los impuestos generales y los específicos. Pero si ese estado de crecimiento burocrático se convierte en una práctica endémica, irracional, la plaga que crea y tira a la calle, se suelta y nos mata, primero a los más pobres, vulnerables y necesitados.

El poder Ejecutivo con la complicidad del legislativo aprueban paquetes politiqueros que no restringen el crecimiento del aparato ineficiente y despilfarrador de la riqueza común que deberíamos disfrutar en todo el país, y no solo en los centros de privilegio urbanos más importantes. Con esa receta se hincha el Estado en su discurso falaz multipolar y un collar de enfermedades mortales, de ahí el subdesarrollo que vivimos. Y si a eso se le suman las concesiones indignantes a grupos de poder de la calle, o a mafias amparadas por la ley, de una de tantas leyes de las leyes de ley, vamos por el despeñadero; empresas, profesionales y personas evasoras de impuestos, contrabandistas solapados y descarados, gremios profesionales de defensa de la impunidad, donde solo se persiguen beneficios sin límite, ¿quién nos salva?

El peso saludable no viene por milagro de recetas, sino que empieza por el sentido común. No se puede planificar y gastar lo que no se tiene. No se puede seguir de fiesta y borrachera política y ciudadana.

Hay exdiputados /as que tienen el desparpajo de decir que cuando estuvieron en la Asamblea dejaron tal o cual ley. Con eso se santifican. Nunca dicen que crearon leyes y prebendas sin sustento económico, elemental, ¿no? De ahí que estamos llenos de leyes y adefesios jurídicos que no sirven para nada en un Estado que debería ser de avanzada y de primer mundo, hoy, mañana y siempre.

Estamos en tensión, queremos salud total pero seguimos con la ingesta de comida chatarra. El Estado no produce riqueza por estudio, ingenio y fuerza del trabajo; debe crear condiciones para que las empresas surjan y sean fecundas. Cada quien en lo suyo. La buena administración exige el uso fino, cuidadoso, inteligente y abierto con obra ciudadana y estatal proba, además de riqueza integrada, material y espiritual en su debida proporción para la calidad de vida de nuestros habitantes.

Y si queremos agregarle un copetín de resaca nauseabunda, el Estado, o sea, los gobiernos de turno, crean pobreza al acostumbrar a los más pobres a pedir y a pedir y vivir de regalado, porque les interesa que esos pobres les deban su divina gracia para seguir lucrando con sus votos en cada campaña política. Así se compra silencio, colaboración y complicidad en una bola de cebo que aumenta el peso del cuerpo de manera involutiva.

Hay solución. No hay voluntad política. Pero ya están los partidos en campaña electoral de algo, sobras de la carroña que ellos mismos producen.

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