Sobre ataques, patriarcado y sobrevivencia íntima

Esa fue la segunda amenaza que hizo el perfecto desconocido que venía a “robarme”.

“No me voy a hacer morir

colgarme del vacío

sin oponer el contraataque

aferrada que estoy

a la existencia”

Ana Istarú (p. 97)

-¿Qué quiere que la viole acá mismo?-. Esa fue la segunda amenaza que hizo el perfecto desconocido que venía a “robarme”. Ya perdí la cuenta de la cantidad de días, pesadillas nocturnas, temores y porras a mí misma que he necesitado para escribir esto.

El viernes 28 de agosto de este 2015, fui al teatro, la función terminó a las 10:00 p.m., al llegar a mi casa en Heredia, a eso de las 10:50 p.m. (tarde para que una mujer ande sola en la calle). Iba caminando tranquila, con audífonos y música puesta, había la luna llena y yo iba cantando, no recuerdo el motivo por el cual volví a ver hacia atrás y a menos de 5 metros, ya en la propiedad de mi casa, venía un tipo. Empecé a gritar, es simplemente indescriptible la sorpresa de ver a alguien que no es familiar, hermano ni amigo en la propiedad de una, mirándola como una presa indefensa.

Dejé de gritar. Me dijo que si no me callaba me iba a disparar y me pidió el celular. Pensaba las posibilidades de huir, como no reaccioné al instante me amenazó de nuevo. No quería que me violara, jamás querría eso. ¿Por qué la pregunta? Su intención era amedrentarme y su objetivo era ¿Violarme/ robarme? No retrocedí, ni lloré, el último vino los días posteriores. Le di mi bolso para que se fuera, empezó a caminar sin prisas, con el celular y mi bolso que tenía adentro un semestre de universidad. Me atreví a decirle que si no le interesaban esos libros, los tirara en el suelo. Se volvió desafiante y me dijo que fuera por ellos. Muy bien, “tírelos ahí”, le repetí. Avanzó. Me dio el bolso para revisarme, él “ladrón”, yo requisada. Puse el bolso en medio de ambos cuerpos, él evidentemente quería rozarme con su cuerpo, lo abrí y aunque simultáneamente lo empujé con mi codo, me tocó un pecho, tuve que quitar la cara porque sentía repudiablemente su respiración ¡Pero yo no tenía por qué retroceder! Yo estaba en mi propiedad, era MI CUERPO y él era quien debía irse.

Logró tomarse, sin motivo alguno, derechos sobre mí. En esos instantes de ataque sexual y material se establecen relaciones de poder instantáneas, inexplicables, y una relación de víctima y victimario innegable, en la que no importa lo que haga la primera siempre lleva las de perder ¿El tipo venía por el celular o venía por mí? ¿O será que venía por cuestiones materiales pero al darse cuenta que estaba con una mujer en un lugar oscuro se dio el derecho a tocarla?

La Antigüedad, la Edad Media, el Renacimiento, la Revolución Industrial, las Guerras Mundiales, el Capitalismo salvaje, todas vividas por hombres y mujeres, pero jamás se ha agotado la invisibilización y vulnerabilización de las feminidades, la violencia explícita al cuerpo femenino y todo lo que se asocie con él. La subordinación, la mercantilización, así como los golpes, el abuso, la violación y la muerte a mano de muchos hombres (Sí, dije hombres), ha sido la constante.

En el 2015 y a pesar de algunas transformaciones apenas perceptibles, las mujeres tenemos la imperiosa necesidad de seguir gritando y escribiendo lo que sufrimos. Digo esto desde mi cuerpo femenino, que además estadísticamente son más frecuentes a ser abusados y violentados alrededor del mundo, porque somos a la fecha: divinidad, propiedad y carne.

Soy consciente de que algunos hombres, al igual que un enorme porcentaje de mujeres, han sido lacerados en sus sexualidades tempranas, y todas, todos, vivimos repercusiones íntimas, día a día, por abusos; sin embargo, poco conocemos porque se les exige a los hombres ser sementales siempre deseosos y a las mujeres el recato. ¡Nos han jodido en nuestra totalidad como sociedad! ¿Se dan cuenta de que nadie se ha quitado de encima este patriarcado capitalista y aniquilador?

Nos falta, el desapego a lo material, equidad social y de género, que lleva a un porcentaje al poder, a otro al olvido, y un tanto más a morir a mano armada. Yo me niego a internarme en el miedo, a encerrarme en mi casa, y a exiliarme de mi piel y mis espacios. Escribo porque si fuera otra la historia pude haber sido violada, golpeada o enterrada junto a valientes que no pudieron hablar. En cuanto a mí, si me muero, que sea gritando.

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