Expansión agrícola y urbana devoran manglares del Pacífico

En los linderos del Humedal Nacional Térraba Sierpe, los parceleros crean canales artificiales para desviar o limitar el flujo de agua salada. A la

En los linderos del Humedal Nacional Térraba Sierpe, los parceleros crean canales artificiales para desviar o limitar el flujo de agua salada. A la izquierda y al fondo se ve el mangle sano; a la derecha, los pastizales robados al manglar. (Foto: Katya Alvarado)

El manglar de Puntarenas es un animal en retirada, un caimán silencioso al que los precaristas agrícolas y los mercenarios de la tala ilegal le acercan una llamarada ardiendo y ahora camina hacia atrás, huyendo del fuego. Tras décadas de expansión agrícola y quemas este manglar se ha convertido en un cangrejo que va perdiendo sus patas.

Por ley son zonas públicas con protección estatal y está prohibido ocuparlas, sin embargo el crecimiento del cultivo de caña, palma africana y arroz, la tala maderera o para urbanizar, un inadecuado manejo de las pesquerías y la sedimentación por un deficiente uso del suelo en la parte superior de ciertas cuencas tiene al manglar de Puntarenas, y otros más del Pacífico, arrinconados contra el mar.

Un estudio publicado en 2012 por el Sistema Nacional de Áreas de Conservación (Sinac) y la agencia alemana de cooperación (GIZ) determinó que en 22 años el país ha perdido el equivalente a 55 veces el parque La Sabana en cobertura de manglar.

El informe, creado para evaluar el carbono del humedal Térraba/Sierpe, menciona que “cálculos preliminares sugieren que en 22 años (entre 1990 y 2012) el país perdió casi 4000 hectáreas de manglares”.

Por su parte, el coordinador del Programa Nacional de Humedales del Sinac, Jorge Gamboa, dibuja un escenario mucho más comprometedor y señala que el país puede haber perdido cerca de 15.000 hectáreas de manglares en los últimos 20 años.

A pesar de la discrepancia en los datos, hay coincidencia en la tendencia del país a perder un ecosistema vital que protege las costas y sirve de zona de crianza. A la fecha, no existe un dato claro de cuántos manglares existen o no en el país.

“Necesitamos impulsar o fomentar la demarcación y registro de tierras de mangle. Parte del problema de la expansión agrícola es que falta inscripción de tierras, la cartografía oficial está desactualizada y es de hace más de 15 años”, asegura Jacklyn Rivera, asesora técnica del viceministerio en recursos marinos y costeros.

De acuerdo con estimaciones del Sinac y de la Fundación Neotrópica, Costa Rica tiene una cobertura de manglar (un tipo de humedal) entre 33.000 y 40.000 hectáreas, casi el 99% en la costa Pacífica, pero los está perdiendo a un ritmo constante.

“Hay una reducción del ecosistema que se ha dado y no solo se refleja en manglares, sino que también en bosques”, explica Gamboa, del Sinac.

Sin embargo, mientras la cobertura de mangle disminuye, el resto de los bosques del país vienen en crecida. La cobertura boscosa costarricense pasó de 21 por ciento del territorio en 1983 a 52 por ciento en 2012.

“Los humedales han sido el patito feo de la ecología de Costa Rica”, asegura Jaime González, administrador del Humedal Nacional Térraba Sierpe.

SIN CHUCHECA

El manglar de Puntarenas tiene una extensión de cerca de 3400 hectáreas y es uno de los más afectados. En una visita realizada el pasado 16 de junio, personeros de Tribunal Ambiental Administrativo (TAA) inspeccionaron una parcela al norte del humedal, cerca del sitio conocido como Puerto Alto y hallaron 25 hectáreas quemadas, taladas y listas para su siembra.

Tras avanzar en un sinuoso trillo entre plantaciones de cañas, los vehículos del TAA llegaron al punto donde el manglar colinda con la zona agrícola. Una gran extensión baldía dejó la plantación a sus espaldas y al fondo se veía el follaje. Entre caña y mangle había un terreno recién surcado por maquinaria y con fragmentos de troncos y ramas carbonizadas.

“Se aprovechan de cambios en sedimentación para ir ganándole terreno al manglar. Esto podría regenerarse naturalmente, pero no le dan tiempo. Si los dejamos, se van comiendo toda la zona”, explicó el biólogo Alexis Madrigal, coordinador técnico del TAA.

De acuerdo con los técnicos del tribunal, parceleros en los linderos del manglar de Puntarenas van eliminando vegetación y dejando el suelo desnudo. Para desalinizar la tierra, siembran maíz o banano y una temporada después avanzan con la caña.

Las denuncias vienen desde la década pasada, con inspecciones de la Municipalidad de Puntarenas, dictámenes del Tribunal y de la Procuraduría, solicitudes de información por parte de la Defensoría de los Habitantes e informes de la Contraloría General de la República. La alerta sobre el peligro que corre este manglar ha sido prácticamente unánime y constante durante la última década, pero a mediados de junio continuaba su invasión.

UNIVERSIDAD pudo constatar que en los terrenos quemados que colindan directamente con el manglar el suelo estaba fangoso y con restos carbonizados de mangle. Algunos todavía se mantenían en pie, con sus raíces altas como dedos. A unos pasos, varias hileras de maíz, de menos de medio metro, crecían entre restos de mangle que salen del suelo.

“Se está extendiendo la frontera agrícola en terrenos que probablemente son parte del Patrimonio Natural del Estado o en Áreas Silvestres Protegidas”, apunta un informe técnico del Tribunal, redactado tras la visita de junio.

CRISIS PACÍFICA

En los linderos del humedal Térraba-Sierpe, el más grande del país y donde está el manglar más extenso de Costa Rica, dos funcionarios de la Unidad de Control y Protección del Área de Conservación de Osa recorrieron el área protegida con una delegación del Tribunal Ambiental a inicios de junio.

“Yo vine hace como tres años y este canal lo estaban terminando. Lo denunciamos y no pasó nada. Vea, ya está terminado”, apunta Dennis Ulloa, moreno y cuadrado y con los jeans embarrialados. Señala un canal que separa el mangle de un pastizal que, aseguran, ahora se utiliza para ganado.

Mientras que los invasores del manglar de Puntarenas cortan y queman, en Térraba Sierpe es más común que tracen canales, detengan el flujo de agua salina que llega con la marea y “colonicen” lo que era mangle. El TAA tiene abiertos una docena de casos en la zona.

La cercanía del manglar con la zona agrícola e industrial es una debilidad latente, pues no existe una zona de amortiguamiento donde se pueda “contener” el avance. En una de las plantaciones de camarón cerca de Camíbar, en Térraba Sierpe, la distancia en cierto punto entre el manglar y las pilas donde cultivan el camarón es de apenas cinco metros.

“El problema es que no tenemos un área de amortiguamiento, entonces si no tenemos una persona día y noche ahí, el sector agrícola siempre va a buscar expandir sus tierras. Si tuviéramos esa área de amortiguamiento, se podría llevar un mejor control”, explica Rivera, la asesora técnica.

El crecimiento del sector agrícola hacia la zona del manglar (no solo en Puntarenas sino en todo el Pacífico) es reconocido por el viceministerio de Aguas, Mares, Costas y Humedales y por la unidad del Sinac encargada de velar por los humedales del país. También es claro el impacto que comunidades costeras tienen en el manglar. Por ejemplo, Chacarita colinda directamente con el manglar de Puntarenas, lo mismo sucede en Tivives y Parrita.

“También hay afectaciones naturales, pero indiscutiblemente las antropogénicas son las que más afectan. Le puedo decir, por ejemplo, que (las afectaciones son) rellenos, drenajes, para aumentar áreas urbanas, turísticas”, apuntó Gamboa, coordinador del programa de Humedales del Sinac.

Térraba Sierpe, con sus casi 20.000 hectáreas de manglar, es actualmente el mejor espacio para encontrar un ecosistema sano. Otros puntos de la costa Pacífica muestran mejorías, pero el dibujo general es desalentador.

Durante las últimas décadas, el fuego y las hachas han obligado a los manglares a batirse en retirada, metro a metro, año tras año. A este ritmo, pronto tendrá la espalda pegada al mar, arrinconado por la Costa Rica de las últimas décadas. Luego no tendrá hacia dónde huir.

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