DONDE EL MORBO NADA

Dos mil catorce. Era digital, era rápida e instantánea. Era de contactos inmediatos y pixeles concentrados en la alta definición de nuestras pantallas.Creamos. Agregamos.

Dos mil catorce. Era digital, era rápida e instantánea. Era de contactos inmediatos y pixeles concentrados en la alta definición de nuestras pantallas.

Creamos. Agregamos. Leemos. Vemos y comentamos. Gustamos. Disgustamos. Todo a través del monitor, tan familiar (Amor y Odio). Somos la generación más veloz y más conectada que se ha visto jamás. Pero ¿cuáles son las partes involucradas en esta repentina adicción? y, de paso, ¿qué ha provocado?

ELLA

Webcam, conectándonos con una combinación de canales, de sistemas que reciben información y nos traduce una imagen en movimiento. En Brasil. En Guatemala. París o Kuala Lumpur. India o Estambul. Del Katmandú a Malibú. Del Congo a Buenos Aires. De Hawaii a San José.

Portamos en nuestro bolsillo un objeto que nos permite accesar todo lo que el ser humano ha creado y mostrado al mundo como información, electricidad que se muestra en letras, en conocimiento (banal o trascendental), en conexión (débil o poderosa) bajo una forma que entendemos. Por lo que leemos, observamos, creemos y compartimos. Esto. Información.

No más telégrafos, no más mensajeros, no más cartas. Contraseñas, clicks y scrolls. A la punta de mi índice, al alcance de mis dedos y a la altura de mi mirada (y un café en mi mano izquierda). Bajo control. Sentado. El mundo entero. Virtual sí. Pero entero e infinito. Libros. Música. Fotos. Clases. Videos. Películas. Juegos. Cortos. Tips. Foros. Direcciones. Porno y más Porno. Facebook. Twitter. Instagram. Waze. Angry Birds. Aplicaciones. Manifestaciones. Revoluciones y Discusiones. Relaciones. Corporaciones. Casinos y Poker. Dinero (más más dinero) Idiomas. Dialectos. Hashtags. Gramáticas y conjugaciones. Poetas. Mártires. Héroes y genios. Los caídos, corruptos. Los más tarados. Los ignorantes. Los sabios que olvidan. Los que nunca cambian. Los que estuvieron. La historia. La historia de ellos. “Ese” que nunca veo y probablemente nunca lo haré. Esa preocupación general por lo que pasa “ahí afuera” de la cual todos fingen gran consternación. El fantasma. Ahí en la red. Lo que pasa aquí.

Todo esto frente a nosotros. Es una relación. Hemos llegado al punto de establecer una relación profunda, dependiente y hasta morbosa de este portal. Entrada del millón de preguntas y del trillón de respuestas. Portal de un mundo que llevamos a donde vayamos y lo alimentamos de contenido, pero que al final es de nuestras vidas. Funciona gracias a que está en constante y permanente estímulo.

Facebook y Twitter siendo las más interesantes por mucho (en materia social). Siendo un espacio donde la gente por lo general, comenta sobre cosas cotidianas. Sin mucha importancia por un lado. Por el otro también hay detallada, minuciosa información de nuestra vida (y formas de vida). Sobre cuánto –al menos– creemos que merece saber esta página. Un fenómeno. Donde podemos encontrar todo sobre el vecino. La vecina. O el bar de la esquina. En donde hay peleas y censuras. Spam. Publicidad. “Selfies” (la palabra del 2013 según el diccionario de Oxford #pa’quesepan). Fotos de amigos. De la familia. Fotos de ella o de él.
Lugar donde es fácil ser un amigo. Donde se existe y se deja de existir al click. Donde hay novios y casadas. Viudos y en relación abierta (o complicada). Donde el morbo nada y el sexo todo. 

ÉL Y LA.

El cibernauta. El geek. La empresaria. La consumidora. El estudiante. El Ingeniero, contratista, abogado, cineasta, fotógrafo. El aburrido. El iluminado. Todos conectados. Conscientes de su aparente inexistencia en el mundo real, pero inconscientes –muchas veces– del tiempo que consume, del impacto que tiene y del tiempo que le dedicamos. Paul Gillins lo resume de la siguiente manera: “Convencionalmente el consumidor insatisfecho tenía la capacidad de influenciar unas diez personas. Hoy, en la nueva era de las redes sociales, él o ella tiene la capacidad de influenciar diez millones” (The new influencer, 2010) El ser un humano moderno implica necesaria e indispensablemente esa relación. La red. La conexión con el mundo de forma inmediata.
Cuando era niño no existía o apenas comenzaba por ahí de mis diez años. La velocidad y el vértigo de la altura donde estamos ahora preocupa (¿Pink floyd alguien?). Tenemos acceso a todo. La película que sea. Pirata. La canción que queramos. Pirata. La tarea que no queremos. Google. Wikipedia. Titanes. Pilares de la búsqueda de la información, así como de la historia.
Algunos extrañarán el olor del libro. De las pilas de estos acumulados en los estantes. En el escritorio. Sentir la textura, del viejo amor. Nos acercamos cada vez más a una era digital donde se vuelven fugaces e inexistentes para algunos. Para otros, prácticos. Veloces. Saber elegir, frente a un océano de información, la cantidad de agua correcta para tener en nuestras peceras será, sin duda alguna, el secreto.  

EL NIÑO

Hemos creado un nuevo tipo de sentimentalismo cibernético. O más bien: Un nuevo amor. Un nuevo amor al que revisamos todos los días. Un amor que nos hace crecer. Del cual no nos despegamos. Al cual vemos fijamente y ponemos atención. Un amor tormentoso. Dudoso y sombrío. Lleno de nuevas historias. Historias cotidianas, pasajeras. De tesis y doctorados. De leyes e idiomas. El amor más culto e inculto que existe. Un amor al que forzamos a que cargue y maldecimos cuando no avanza. Le tenemos poca paciencia a este amor. A veces le agredimos (solo a veces) para darle una lección. Pero siempre volvemos a disculparnos. Esperando fluidez. Recuperación y cierta paz. Porque hace parte de la rutina. Un artículo publicado por Ilana Gershon explica por qué hoy las relaciones terminan dos veces, primero en persona y luego en Facebook. “En la era digital a las personas les rompen el corazón dos veces, primero les terminan. Luego, pierden el control de sobre como sus amigos y familia se enteran. Un control, que se supone, que ellos deberían tener.” (The Guardian, 2013). Definitivamente es un amor que nos coge. A Todos. Placenteramente o no. Depende del día. Pero lo hace. Nos manipula. Nos hace sentir bien para luego decepcionarnos. No sólo le hemos dado vida pero nos enamoró y nos cogió.

Ahora a la merced de tener que vivir a través de ella, no nos queda de otra más que seguir invirtiendo. Comprándole cosas. Complaciéndola. Haciéndola más inteligente. Para así, de paso, volverme yo más inteligente. Simbiosis. Aunque algunos, todavía algunos, la utilizan sólo para el sexo lo cual, al final, también se vale.

 

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