Meditaciones del Quijote

Terminaba el mes de julio de 1914. El verano llegaba presto. Un joven profesor de Filosofía Metafísica, en la Universidad Central, editaba en las

Terminaba el mes de julio de 1914. El verano llegaba presto. Un joven profesor de Filosofía Metafísica, en la Universidad Central, editaba en las Publicaciones de la Residencia de Estudiantes su primer libro: Meditaciones del Quijote.  La Editorial era dirigida por  el poeta de Noguer, Juan Ramón Jiménez, quien en diciembre de ese mismo año publicaría casi contra su propia voluntad el libro que le haría mundialmente conocido: Platero y yo.

El joven de 31 años de edad, el metafísico, era un madrileño que solía publicar todos los lunes artículos de corte filosófico en un prestigioso periódico español, El Imparcial. Los artículos no ofrecían ni términos complicados ni exámenes eruditos. Eran todo lo contrario a eso. El autor se llamaba José Ortega y Gasset y publicaba su primer libro, se puede sospechar que para conmemorar junto a sus jóvenes estudiantes los 300 años del Quijote de la Mancha. El libro, como los artículos de periódico, gozaba de un vocabulario fluido, nada aparatoso y su fin indiscutible era el ser entendido por cualquier español, sin importar estratos o posiciones sociales.

El librito venía en formato de octavo y  rústica, 207 págs., y 19 x 12 cm., su autor prometía, en la solapa del libro hacer de este uno de diez progresivas meditaciones. Por meditación se entendía un ensayo personal, pero que pudiese aplicarse a la dimensión nacional española, esto es, que fuese pie para una praxis de la vida cotidiana española. El deseo era pasar de la teorética del filósofo que analiza y estudia el quehacer de la cotidianeidad española de la época a las vivencias que modificarían una España rural y retrasada en una España a la altura de los tiempos, dueña de sus circunstancias; esto es, dejar de ser una España titiretera conducida al compás de la improvisación y plena de creencias y ser una España hidalga, entendida por dueña de sus acciones y señora no de creencias sino de ideas objetivamente fundamentadas.

Tres partes componían la obra: El prólogo al lector, La meditación preliminar y La primera meditación. El prólogo no es un prólogo realmente, tiene como propósito indicarle al lector lo que se ha de entender por ser lector; la plenitud del lector es aprender a leer su circunstancia, su tiempo, el tiempo en que le toca vivir y, estando a la altura de ese tiempo, no permitirse irresponsablemente naufragar en inanición de la indiferencia y del “matar el tiempo”. La meditación preliminar es una meditación claro está, pero es un tratado aplicado de cómo hacer fenomenología con gafas españolas, en medio de una sociedad campesina, pobremente instruida, imperfectamente reflexiva, acomodaticia, con poco amor al estudio de los detalles y de las cosas que componen la vida. Esta meditación pocas veces evoca a Don Quijote, pero siempre insiste, incluso cuando lo menciona, que más que creer en las cosas y en las personas hay que saber mirar a las cosas y a las personas. Invita, sin percatarse el lector, a saber mirar todo, el bosque, el río que atraviesa la ciudad, la puesta de sol y el amanecer, la vida del transeúnte, y el carácter del pueblo y los caracteres de las gentes; por medio de frases casi de advertencia repite lo fácil que resulta engañarse al mirar: el bosque no son los árboles, ni el sendero, ni el que les mira. El bosque (todas las cosas, cada cosa) es la cosa y también el que les mira, quien de verdad les mira. Y en esta sección está, así, retratada en sencillo, para público sencillo, la nueva forma de hacer y de entender la filosofía.

Ese fue el primer diseño filosófico de la teoría orteguiana del raciovitalismo o filosofía de la razón vital. Una frase de esta primera meditación sería llamada “el apotegma de José Ortega y Gasset”, dice: “Yo soy yo y mi circunstancia”. La frase continúa: “Y si no la salvo a ella, no me salvo a mí”. En sencillo, muy al estilo de la razón vital: la vida humana es lo primordial para el hombre,  esta no es lo estrictamente biológico, es el hombre y su circunstancia. Uno no es sin lo otro; siempre, para que exista uno, se precisa el otro. Es como la sombra y el individuo que la proyecta, es como el bosque y el campesino, como el río y la espesura que este atraviesa. Esa y sólo esa es la vida humana, un hombre sin circunstancia no existe, no es real. La realidad radical es la vida, esa conjunción. Administrarla, saber qué hacer en cada situación vital, y hacer sin fingimientos, con entereza y convicción, eso es ser un ser humano. Lo contrario sería ser cosa inerte. Con expresión de los años 30, del mismo Ortega, sería convertirse de hombre en amasijo, en pasta, en masa. Y la masa no tiene acciones ni voluntades reales, es facsímil de nada, de otros, es unidimensionalidad de recortes de forma humana, es calco de todos copiando a todos, de todos ambicionando y matando por figurar y poseer. La masa no tiene hidalguía al administrar la circunstancia, quiere decir, esa parte de la vida que le rodea y le compone. Y lo feo es que la masa no depende de clases sociales ni instituciones. La masa está en cualquier sitio donde alguien prefiera conformarse con aparentar, no ser, dejar de ser, o ser substituido por otros o por un sistema, no importa su orientación, su calificativo e ideología.

Tal vez por eso realmente Ortega escribió sobre Quijote. Tal vez por eso la hizo su primera meditación. Sólo un Quijote puede hacerse dueño de su circunstancia. Sólo un Quijote intenta nadar en un mar de corrupciones y de sinsentidos socialmente organizados, sólo un Quijote se atreve a diseñar su propia vida aunque le llamen loco; sólo un Quijote es llorado por quienes antes le tenían por loco, sólo un Quijote torna a quienes le llamaban locos en convencidos de su sueño y lloradores de su muerte. Sólo un Quijote defiende su vida y no se permite ahogar, aunque haya naufragado y viva naufragando muchas veces. Sólo un Quijote es un héroe con carácter siempre juvenil. Tal vez por eso Ortega habló de… las meditaciones de don Quijote…

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