Dos poetas nicaragüenses actuales

GENEALOGÍA DE LAS PUERTASIván Uriarte Poesía Banco Central de Nicaragua2011Es saludable leer poesía nicaragüense, especialmente la actual, aunque, por supuesto, siempre es más que

GENEALOGÍA DE LAS PUERTAS

Iván Uriarte

Poesía

Banco Central de Nicaragua

2011

Es saludable leer poesía nicaragüense, especialmente la actual, aunque, por supuesto, siempre es más que regocijante abrevar en sus reputados antecesores. Me ocupa en este caso el último libro de Iván Uriarte +Genealogía de las puertas, ganador del certamen “María Teresa Sánchez” que convoca el Banco Central de ese país y del cual, lastimosamente, no se dice nada. Tampoco aparecen datos del autor.

Pero no es necesario. Iván Uriarte es ya un reconocido creador además de un distinguido académico, investigador y coordinador de talleres literarios. Su obra crece marcada por la rigurosidad y su inclaudicable apuesta por una poesía prístina y por una crítica vertical y con sustento teórico. Aunque muchas veces se le ataque por ello.


 

+Genealogía de las puertas está dividido en cuatro partes: i +Genealogía de las puertas, ii +Disertación sobre las arañas, iii +Discoteca al vacío y iv +Viaje a la ausencia. Debo decir de entrada que las dos primeras partes fueron las que más me sorprendieron y conmovieron; me parecen mejor logradas debido a su depurada técnica en el poetizar. Sin embargo, esto no es óbice para decir que estamos frente a un notable texto poético.

La columna vertebral del libro es la muerte. Mejor dicho, la reflexión poética sobre la muerte y sus intersticios, sus entradas y salidas a la escena cotidiana, sus llamados y sus silencios, sus estratagemas de araña/acechanza, cuervo/añoranza, ataúd y fosa. Dicho de otra manera, es la puesta (casi escribo puerta) en escena del eterno retorno de la que denomino La Vencedora, con la insufrible lucidez en la pobre actuación del poeta, quien, apertrechado con sus preguntas, asombros, videncias y quejas, juega con ella en un perenne abrir y cerrar de bisagras, goznes, en fin, puertas ¿hacia el mar, hacia la noche?).

Es la certidumbre e inevitabilidad de la llegada de Ella. Por ello se acompaña de otros creadores que ya cruzaron el umbral de su disidencia, especialmente aquel uruguayo bautizado como Isidoro Lucien Ducasse, pero conocido en la poesía nocturna como el Conde de Lautremont. Igual se percibe la presencia del dramaturgo y poeta de +Stradford-upon- Avon y su visceral monólogo +To be, or not to be… También escuchamos el gorjeo obstinado del cuervo de Poe: +Never more, never more. Y por supuesto, la insoportable vida consciente del Príncipe Darío, el frío pertinaz y la ausencia de una hogaza en Vallejo, así como las andanzas del maestro Martínez Rivas por ese París donde Rubén fatigó las sandalias en busca de los bellos Malditos.

Pero también hay música subterránea y en sordina, en la cual, como en una discoteca al vacío, percibimos la viciada atmósfera del poder en una Nicaragua siempre al borde de los falsos profetas y los acaparadores de su niñez. Caen las máscaras y las alimañas deambulan por la ciudad y los campos en la hora presente que es, acaso, la hora del otro fin, el del principio. Hay un descenso de los viejos frutos, una deteriorada luz, un antes de la partida, como escenografía del último viaje, o como dice el poeta, del viaje de la ausencia. Una ausencia que ya se padece en vida.

En algunos tramos el texto decae un poco debido a cierta retórica y a un exceso en la adjetivación: “… del nuevo conquistado gozado lecho…” p.37;  adjetivación que a veces deriva en repeticiones innecesarias: “… hasta llenar sus melódicos / dentados afilados dientes…”. No obstante, el libro se sostiene por esa particular sensorialidad ante el misterio y lo desconocido, a pesar de su cotidianidad, con un lenguaje depurado, casi barroco pero efectivo, en tanto busca un estilo propio y una expresividad contemporánea, aunque se aprecie la huella de la alta tradición occidental.

Me congratulo de una lectura que aporta en términos conceptuales y poéticos; por ello agradezco al poeta Uriarte su envío. Y no dudo en recomendarla a aquellos que gusten de la buena poesía nica, esa que nos acompaña como un “paisano inevitable”.


 

VICISITUDES DE UN PAISAJE

Juan Carlos Vílchez, Zorrillo

Poesía

Managua

2011

La poesía está colmada por multitud de paisajes. Es probable que la contemporánea, especialmente la urbana, de añoranzas del paisaje. Y tal vez sea la añoranza lo que hace reconsiderar los paisajes poéticos, o la poesía del paisaje. En cualquier caso, el poeta siempre está escindido entre el paisaje exterior, que lo conmina o lo salva, y el paisaje interior, que lo nutre o lo consume. Esa aparente contradicción, esa dialéctica, es la poesía. Por eso las preguntas: “¿Hacia dónde tu vicio / drena la sangre? / ¿Con cuál disfraz asolas / el jardín de las hespérides / y suplantas sus frutos?” (p. 41).

Es probable que la poesía sea el intento (¿inútil?) de atrapar imágenes y habitarlas. O sencillamente dar cuenta de ellas. Y para ello hay que vérselas con paisajes de toda índole, esos innúmeros paisajes de la modernidad, o de una  posmodernidad de cartón piedra que se muerde la cola. Y quizás sea ese el anhelo del poeta: transmutar las imágenes terribles y grotescas de los paisajes simultáneos en imágenes más asequibles, humanas y sensibles; con nostalgia o con esperanza. O sin ellas.

Y justamente eso es lo que se percibe en el texto poético de Juan Carlos Vílchez (Estelí, Nicaragua, 1952): un esfuerzo por salvar la imagen de la fotografía ramplona, de la estampa mística, del audiovisual telerrisible, de la tarjeta para turistas. Una apuesta por rescatar la imagen del poeta y de la poesía en la insufrible concordancia de imágenes impostadas que ocultan o violentan la realidad, o la suprarrealidad; como se quiera, o se pueda, ver. Es que vivimos en un infierno de imágenes donde los paisajes se diluyen como fundidos o aguafuertes cotidianos. Peor aún, imágenes que nos birlan la verdadera realidad, la  que sentimos, anhelamos, sufrimos y amamos.

Y es que el paisaje puede ser un animal, como un perro que “mueve la cola / hasta olfatearme / huellas persigue / acoplamientos de carne / y tiempo / escenarios para instalarse / como una coreografía. / No es fácil para un paisaje / encontrar su propia memoria / un huésped dónde incrustarse / límites para reposar / sangre con la cual fundirse.” (P.10). He allí las verdaderas vicisitudes del paisaje. Por eso el poeta cuando deambula por la ciudad (“Esos basureros / con apariencia de jardines”, p. 25) encuentra marcas de su pasado en reminiscencias imaginarias o reales: el paisaje lo persigue por el mercado de la compraventa total. Puesto que el paisaje son también las sombras de otros paisajes, o pasajes, o personajes; mejor dicho: las “huellas del olvido” (p. 19).

En última instancia pareciera que el poeta persigue las imágenes de su infancia, que son las auténticas imágenes de su patria, su verdadera patria, es decir, su matria. Y entonces no queda más que abrazarse hacia adentro, hacia su propio paisaje: “Habito mis imágenes / solo de este lado” (p. 31). Esa es la única manera de garantizarse una cosmovisión y una seguridad en su forma de mirar y poetizar: “En el transcurso de mí mismo / me he preguntado también / con qué ojos ver…” (p. 31). Acaso sea esa la manera de restituir los paraísos (¿artificiales?), o el paraíso perdido, que a final de cuentas es el que todas y todos anhelamos y perseguimos “como si todo fuese / un desafío / una obligación de regresar / una odisea” (p. 33).

De tal modo que estamos ante un libro de búsqueda poética y de reflexión ontológica a la vez. Un libro de múltiples espejos, de imágenes paralelas, de multiversos según la física cuántica, el cual a su vez pregunta por el maestro (Rubén Darío) y por otros profetas del paisaje, la meditación y la imaginación. Allí aparecen Emil Cioran,  Giuseppe Ungaretti, las reminiscencias platónicas de la caverna, Goya (en una extraordinaria fábula del fast food posmoderno), entre otras iconografías. Son los acompañantes del boceto de un viaje donde el paisaje nos invoca y convoca, o al menos provoca. Y en ese boca a boca la poesía fluye por intersticios terrenales y celestiales como un río que siempre va dar a la mar. O se regresa hacia el niño que fuimos “para recoger algo de luz / unas gotas de rocío / y un poco de aroma a pino / y lejanía” (p. 76).


 

 

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