El cerebro político o cómo lograr que te elijan

Cuando el gobierno francés decidió crear una oficina de neuropolítica en mayo de 2010, se pensó que Nicolas Sarkozy finalmente se había vuelto loco.

Cuando el gobierno francés decidió crear una oficina de neuropolítica en mayo de 2010, se pensó que Nicolas Sarkozy finalmente se había vuelto loco. O que la ex modelo y cantante italiana Carla Bruni le había llenado la cabeza con tantas elucubraciones pro-científicas que el presidente galo había capitulado ante el lobby de los guardapolvos blancos. Pero no fue el caso. La fundación de esta por entonces nueva unidad gubernamental dirigida por el investigador Olivier Oullier, más bien, estaba en sintonía con una tendencia, una moda aún en boga, aquella obstinación de anteponerle el prefijo “neuro” a casi todo: neuromarketing, neuroeconomía, neuroadministración, neuroética, neurosociología, neuroarte, como si los últimos descubrimientos de las ciencias del cerebro hubieran provocado un terremoto conceptual de tales magnitudes que las demás disciplinas se vieron obligadas a reacomodar sus fichas y a prepararse para una recategorización.

 

La política, obviamente, no fue la excepción. La tentación era demasiado grande. La resonancia magnética funcional, los escáneres y los diversos métodos que desnudan al cerebro le daban acceso por primera vez a consultores y demás animales políticos a aquella caja negra por milenios vedada; aquella verdadera terra incognita que desearon siempre conocer e invadir para afinar y garantizar el éxito de sus estrategias y pretensiones: el cerebro del votante, el interior de esa masa gelatinosa y colmada de cien mil millones de neuronas en la que se gesta el voto, siempre tamizado por los prejuicios, el dogmatismo y el fanatismo que, confesémoslo o no, todos tenemos.

¿Habría Maquiavelo escrito El Príncipe si hubiera contado con estas herramientas? Como ocurre con la mayoría de las ucronías, no hay certezas. Lo cierto es que los “neurocientíficos sociales” –como les gusta definirse a esta nueva estirpe de investigadores que aplican las ciencias exactas en los ambientes más inexactos: la sociedad y el comportamiento humano– cada vez con más insistencia abren las ventanas de la mente para aportarle una respuesta cautelosa a antiguos interrogantes: ¿Qué reacciones tiene una persona cuando escucha, observa, mira a un político? ¿Qué motiva a una persona a votar a determinado candidato, a votar en blanco o a depositar una rodaja de salame en el sobre? ¿Hay un cerebro “de izquierda” y un cerebro “de derecha”? ¿Qué ocurre en el oscuro laberinto del cerebro durante una campaña electoral? Lo que menos hay, saben estos investigadores, es frialdad. Hace tiempo derrumbada la teoría de la elección racional y extinto el homo economicus, los últimos estudios nos revelan que no votamos teniendo en cuenta los hechos concretos. Más bien, votamos desde nuestros valores, estrechamente ligados a las emociones.

“La toma de decisiones no es un proceso lógico ni computacional. Está guiada por lo emotivo –señala el neurocientífico Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) que, junto con la consultora Stark Labs, organizó recientemente la conferencia internacional “El cerebro político”–. Vivimos tomando decisiones. La vida es eso: elegir. No procesamos los pros y los contras de cada elección. La toma de decisiones es automática, inconsciente en la mayoría de los casos y está guiada por la emoción. El voto político no escapa a esta lógica”.

Varias investigaciones han demostrado que cuando una persona escucha el discurso de un candidato político las áreas racionales de su cerebro se activan menos que las áreas emocionales. Lo que sigue –una oleada de afiches y su correspondiente sobredosis de spots de campaña– no hacen más que ratificar una decisión y la inclinación por un candidato y hasta fortalecer cierta aversión por sus adversarios. De ahí el votante por lo general no se mueve: cuando los hechos no encajan con sus marcos de valores, se apaga cierta clase de interruptor neuronal y los hechos disonantes simplemente se ignoran. O sea: nuestro cerebro –tan alérgico al conflicto interno– bloquea la información racional que podría hacernos cambiar de opinión.

A la hora de buscar las raíces cerebrales de la política no es de extrañar que los neurocientíficos sociales apunten a los lóbulos frontales, aquella región a la que el gran neuropsicólogo ruso Alexandr Luria definió hace varias décadas como el “órgano de la civilización”: ahí donde radica la esencia de un individuo, el núcleo de la personalidad, los impulsos y las ambiciones. Sólo en los humanos alcanzan un desarrollo significativo y allí se realizan las funciones más avanzadas y complejas del cerebro, las funciones ejecutivas: son la sede de la intencionalidad, la previsión, la toma de decisiones complejas. Como cuenta el neuropsicólogo Elkhonon Goldberg en su magistral libro El cerebro ejecutivo, los lóbulos frontales son al cerebro lo que un director a una orquesta, un general a un ejército, el director ejecutivo a una empresa.

Por más que se repita que lo importante es lo de adentro, los rasgos físicos de una persona nos influyen al valorarla, sobre todo si dicha persona pretende gobernar un país o una ciudad. “Los seres humanos hacemos juicios a partir de los rostros en fracciones de segundo en relación a dos aspectos: si un sujeto es abordable o bien conviene evitarlo y si es débil o fuerte –indica el psicólogo cognitivo búlgaro Alexander Todorov de la Universidad de Princeton, Estados Unidos–. Nuestros cerebros están cableados para mirar caras y deducir las intenciones de los demás. Siempre nos preguntamos si esa persona tiene buenas o malas intenciones. En el caso de la política, los votantes se basan en gran medida en la apariencia facial a la hora de elegir un candidato, juzgan su madurez, su masculinidad o femineidad, su firmeza, su estabilidad emocional, y en particular, sus cualidades de liderazgo.” Lo curioso –o no tanto– es que los estudios demuestran que las personas menos instruidas –y con más horas de televisión encima– son las que toman decisiones electorales basadas casi exclusivamente en la apariencia de un candidato y no tanto en sus prontuarios, promesas (o falta de ellas).

Como señala el neurobiólogo Ralph Adolphs, profesor de Psicología del Instituto Tecnológico de California, en estos procesos de percepción son fundamentales las llamadas “neuronas espejo” –las neuronas de la empatía–, aquellas descubiertas por el italiano Giacomo Rizzolatti y que nos ayudan a comprender las intenciones de los otros. Son las neuronas de la empatía con las que leemos el mundo.

Aún en pañales, la neuropolítica se enfila a convertirse en un campo capaz de aportar indicios y sugerencias que bien podrían torcer una elección. Los asesores políticos, sin embargo, deberán tener paciencia. Pese a sus reiteradas promesas, las ciencias del cerebro están hoy donde estaba la química inorgánica en los días de Mendeleyev, buscando sus principios de organización y elaborando el lenguaje científico adecuado. Cuentan con una garantía tranquilizadora, el hecho de que en las últimas décadas aprendimos más sobre cómo funciona el cerebro humano que en toda la historia de la humanidad. Ahora, cómo estos nuevos conocimientos impactarán sobre la educación, la economía y la política constituye un verdadero misterio.

Tomado de Ñ.

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