Greene, el espía que le escribió a Dios

Católico devoto, agente secreto, viajero incansable: las obras de Graham Greene se nutren de una vida intensa. Títulos como «El cónsul honorario», «El factor

Católico devoto, agente secreto, viajero incansable: las obras de Graham Greene se nutren de una vida intensa. Títulos como «El cónsul honorario», «El factor humano» y «Nuestro hombre en La Habana» ya son clásicos del siglo XX. En el centenario de su nacimiento, un repaso por la vida y la obra de este autor polifacético y fascinante.

Hay una sensación que está presente en todas las obras de Greene: el lector se siente dentro de los escenarios y paisajes que describe minuciosamente, camina en las calles de la Viena de posguerra junto a Harry Lime, protagonista de El tercer hombre, o se aturde con el aroma del opio que se desprende de las noches de Saigón, en las páginas de El americano impasible.

Liberia, Vietnam, La Habana, Sierra Leona y Ginebra son sólo algunos de los sitios en los que Greene estuvo y en los que ambientó sus novelas; territorios en los que cargó sus maletas repletas de apuntes para sus ficciones, para su biografía -escrita en dos volúmenes: Una especie de vida (1971) y Vías de escape (1980)- y para sus trabajos de espionaje.

En las historias de sus cuentos, novelas y obras de teatro, los personajes están asediados por la intriga, el suspenso, la conspiración, la incertidumbre de creer saber algo que todos sospechan. Sus personajes hablan de Dios desde un lugar en el que los hombres parecen seres que sólo existen en la imaginación del Todopoderoso; hablan casi en silencio y, de hablar de lo que hablan, se corrompen: en Greene siempre está presente el pecado, la culpa, la dicotomía entre el bien y el mal. Sus personajes políticos -que tanto le gustaba retratar- se hunden en una realidad que para Greene tiene matices poco claros: «El mundo no es blanco y negro, más bien es negro y gris». Estos personajes hablan como si estuvieran esperando algún rumor que los salve de algo que sólo será descifrado en el revés de la trama; hablan de eso y todos sospechan de lo que hablan. Esta ambigüedad que Greene imprime en las normas de conducta de sus personajes logra, de alguna manera, mostrar cuál es su filosofía sobre la libertad, sobre la lucha de poderes y sobre el amor.

EL ASOMBRO Y LA ANGUSTIA

El personaje real de esta historia nacía hace un siglo, el 2 de octubre de 1904, en Berkhamsted, Gran Bretaña, con el nombre de Henry Graham Greene. Sus primeros estudios los hizo, igual que sus cinco hermanos, en la escuela donde su padre era director. Por parte de su madre, la familia Raymond -pariente de Robert Louis Stevenson-, heredaría lo que él más tarde calificaría como una fuerte propensión a la depresión: de niño, Graham había querido escaparse de su casa en más de una ocasión e incluso, ya en su adolescencia, había practicado con el revólver de uno de sus hermanos, sólo por fastidio, uno de los «juegos» más peligrosos: la ruleta rusa.

Greene nació en un fuerte período de cambios y no fue ajeno a ese intenso problema coyuntural que vivió Gran Bretaña con el fin del extenso reinado de Victoria. Muchos escritores ingleses del siglo XX tienen como especial característica un cierto estado de ánimo en el que el asombro y la angustia se combinan de manera muy singular (basta con ver los cambios que se produjeron en la narrativa inglesa a partir de las obras de Joyce, Woolf, Mansfield, D.H.Lawrence, Huxley y Orwell, entre otros). Si bien esa peculiaridad anímica es algo que tuvieron los escritores de todos los tiempos y de cualquier país, en Greene esa marca es indudable.

Durante las primeras cuatro décadas del siglo XX, Inglaterra se vio afectada por una caída de los valores de la sociedad victoriana en la que existía un enquistado puritanismo, una conciencia de ser los ciudadanos del mayor imperio del mundo -uno de los orgullos que sentía Rudyard Kipling- y una hegemonía mundial que, rápidamente, fue perdiéndose. Este panorama es en el que Greene crecía y en el que iba formándose: estudió en Oxford donde se graduó en Historia Contemporánea; también allí, en 1923, Greene terminaría afiliándose al Partido Comunista.

Sus primeras publicaciones -que incluyen un libro de versos titulado Abril murmurante (1925)- fueron en las revistas universitarias «Saturday Westminster» y «Oxford Outlook»; allí Greene escribía artículos sobre uno de los temas que lo apasionaban profundamente: el cine.

En 1926, con tan sólo 22 años, acaba convirtiéndose al catolicismo y un año más tarde contrae matrimonio con Vivian Dayrrell-Browning. Este hecho marcaría toda su vida y su obra. A través de sus personajes, que viven una lucha interna en la que sufren por sentirse pecadores y por haber fracasado en sus principios, buscando desesperadamente redimirse del mal y limpiarse de pecados, el escritor dirá: «Caí en las redes de la fe como en las del amor», «Las cosas no son casualidades; Dios está en las pequeñas cosas», «La gente ama a Dios toda la vida sin verlo».

Entre 1926 y 1929 trabajará en Londres como periodista para el diario «The Times» y llegará a ocupar el cargo de subdirector del periódico. En 1935, ya con cinco novelas publicadas -Historia de una cobardía, El nombre de la acción, Rumor al caer la noche, Orient Express e Inglaterra me ha hecho así-, Greene trabajará como crítico de cine para las revistas «The Spectator» y «Night and Day». A partir de entonces empacaría sus maletas y se dedicaría a viajar incansablemente por el mundo.

NUESTRO HOMBRE EN EL MI6

En 1932 había logrado alcanzar cierta fama con su novela de espionaje Orient Express y comenzaría a viajar por Africa, Asia, el Cercano Oriente y América. Sus viajes y su desempeño como espía del servicio secreto de inteligencia británico, el MI6, inspiraron al escritor para construir muchas de las historias en las que se desarrollaron sus novelas.

Su estancia en Liberia generó en 1935 el libro Viaje sin mapas; Suecia le inspiró Inglaterra me ha hecho así. Distintos escenarios de Latinoamérica -entre otros México, Cuba, Haití, Argentina, Panamá y Paraguay- le sirvieron para sus tramas cargadas de conflictos entre el amor terrenal y casi pecaminoso de los hombres y el amor divino: El poder y la gloria, Nuestro hombre en La Habana, Los comediantes, El cónsul honorario, El capitán y el enemigo y Viajes con mi tía.

Durante la II Guerra Mundial estuvo en Sierra Leona reclutando espías -o lo que él más tarde definiría como «Haciendo un trabajo inútil»- y escribiendo El revés de la trama (1948). Este trabajo de espía fue sumamente criticado en su época, sobre todo por la amistad que Greene entabló con el que entonces era su superior, Kim Philby, un espía británico y doble agente al servicio de la Unión Soviética, acusado años después de traición a la corona. Aunque esa faceta era un rasgo casi genético de su familia: su hermana menor también fue agente del MI6, su hermano mayor fue espía del Imperio japonés y su tío, sir William Greene, fue uno de los que creó el Servicio de Inteligencia Naval británico.

En el período de posguerra Greene continuó con sus viajes por todo el mundo, anclando en lugares inhóspitos como Kenia, el Congo, Hanoi y Saigón; los innumerables sellos en su pasaporte y sus amistades con Omar Torrijos, Fidel Castro, Daniel Ortega, Ho Chi Min y Salvador Allende, también provocaron las duras críticas del gobierno de Estados Unidos, al que Greene hostigaba desde títulos como El americano impasible y El décimo hombre. Esta posición contra el gobierno norteamericano lo acompañaría hasta sus últimos días, oponiéndose fervientemente a la política de Estados Unidos en lugares como el sudeste de Asia y a cualquier tipo de dictadura que coartara el amor que él sentía por la libertad y la democracia.

YO TENGO FE

En el segundo tomo de su autobiografía, Vías de escape, Greene intentó dejar en claro que a él no le gustaba que lo catalogaran como «Un escritor católico, sino únicamente como un católico que escribía».

Esta afirmación flaquea cuando se repasan los temas más recurrentes en su obra. Si bien la contundencia en la estructura de sus ficciones -sostenidas por una rica descripción de los lugares y una compleja psicología de los personajes-, indaga más por el lado de lo no dicho, por el suspenso que generan ciertos hechos de irracionalidad, por la intriga que provoca en el lector ir dilucidando cuál es la verdadera historia, muchos de sus argumentos giran en torno al tema de la fe y la existencia de Dios.

Quizá Greene no haya sido un «escritor católico», como él mismo decía, pero algunos ejemplos en su obra muestran cómo Dios se manifiesta a través de los signos del amor o el desamparo: una relación incestuosa entre hermanos plantea ciertos prejuicios morales; la persecución a religiosos -sobre todo si han sido pecadores- por parte de los gobiernos de turno; la obsesión entre un amor adúltero y el amor a Dios; el amor como último «milagro» de la realidad y de la existencia de Dios; el suicidio como vía de escape y perdón del Todopoderoso; la relación entre un sacerdote y un comunista; el mundo como un desierto en el que todo está perdido y sólo a través de la fe puede existir redención. En cierta forma, las vidas de todos los personajes de Greene terminan alteradas por el equívoco, la guerra, la infidelidad, el egoísmo y la pérdida de fe.

La extensa producción de Greene demuestra que tenía un gran arte para contar historias profundas y reales y que éstas podían ser adaptadas perfectamente al cine (en los últimos años de su vida el escritor se encontraba seleccionando las mejores 17 adaptaciones de sus cuentos y novelas para la pantalla grande), y entre las que se destacan El tercer hombre, protagonizada por Orson Wells y dirigida por Carol Reed, que también dirigió Nuestro hombre en La Habana, y la dirigida por el irlandés Neil Jordan y protagonizada por Ralph Fiennes y Julianne Moore, El fin de la aventura. Su última novela fue El doctor Fisher en Ginebra, casualmente ambientada en el mismo escenario en el que murió, el 3 de abril de 1991.

«A lo largo de sesenta y seis años he pasado casi tanto tiempo con personajes imaginarios como con hombres y mujeres reales -escribió-. A decir verdad, aunque he tenido suerte en lo que se refiere al número de mis amigos, no puedo recordar ninguna anécdota de personas famosas o notorias; los únicos cuentos que recuerdo vagamente son los cuentos que he escrito.»

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