La vigencia del regreso

Es posible que, hoy, alguien considere una carta como una genuina antigualla, un verdadero anacronismo.  Nada sería más falso, pues donde late lo humano,

Es posible que, hoy, alguien considere una carta como una genuina antigualla, un verdadero anacronismo.  Nada sería más falso, pues donde late lo humano, se palpa la urgencia de la comunicación.  Ello se revela en el libro de Adriano de San Martín, intitulado Cartas.  Pero, ¿cuál es el sentido de las cartas de Adriano?

A primera vista, se trata de visibles homenajes, tanto literarios como del círculo más cercano del autor.  Por un lado, están José Coronel Urtecho, César Vallejo, Federico García Lorca, Jorge Luis Borges, todos ellos parte de esa gran tradición literaria iberoamericana que se cimentó en el siglo pasado.  Por otro lado, figuran la madre, la esposa, el hijo, la hija, como parte de un mundo íntimo unido por los lazos de familia.  Hay un poema, el último, que está dedicado a los indígenas de nuestro continente, como una forma de desagravio, que busca resaltar la continuidad del regreso a nuestra propia identidad.

Se trata más que de epístolas de sentidos poemas, la mayor parte de las veces con un destinatario que podemos identificar, donde el anhelo es el mismo: comunicar las vibraciones de los tambores y los atabales, nacer con la primera palabra dicha en la búsqueda del nombre exacto, de la emoción primigenia que, probablemente, el lenguaje nunca podrá expresar.

El primer poema se intitula “Canto por la Madre”.  Su primer verso lo dice casi todo: “Cae la lluvia tras la ventana del recuerdo”, para más adelante decir: “Porque el poema es la lluvia Mamá/y se escribe con el coraje del enigma y la exactitud del gesto”.  El poeta asume el paisaje, cuando era selvático, del cantón de San Carlos y su visión del tiempo corresponde a la de la circularidad.  No extraña, entonces, que los versos finales de este poema aludan a una noción del tiempo que gira sobre la imagen del regreso: “Y como peregrinos andariegos y lluviosos/también regresaremos”.

El regreso es un destino, un volver a saciarse en las sendas ya caminadas que, sin embargo, vistas desde el momento actual, son diferentes y diversas.  Los años han seguido su ruta inescrutable, pero el poeta se siente en compañía de otros que plantearon su alianza con la tierra, con el paisaje que vio desde niño.  No es mi interés hacer una disección de todos los poemas del libro.  Expreso mi opinión a partir de palabras significativas.  En ese sentido, me interesa extenderme en ese notable poema río que se llama “El tigre está en tus ojos”, dedicado a don José Coronel Urtecho.

Integrado por doce secciones, al finalizar la sétima parte, en su larga plática con el poeta nicaragüense, Adriano atestigua: “Pero la muerte no interrumpe nada”, para más tarde decir, en la décima sección: “…todo tiene fin/pero no tienen fin/las cosas del corazón”.  Esa dimensión asumida del corazón, con sus múltiples significaciones en nuestra lengua, no conoce término ni final.  He aquí una de las claves para comprender los poemas agrupados en Cartas.  Eso hace posible el regreso, mantener en nuestra sensibilidad e inteligencia el vasto curso de las emociones y de los afectos, aun cuando el paisaje, la naturaleza, ya no existan o hayan cambiado.

Sin embargo, al escribir esto, soy consciente de que señalo uno de los posibles caminos para acceder a la poesía de Cartas.  Aliada a la riqueza metafórica, Adriano mantiene una postura ante los sucesos contemporáneos.  Sólo así se comprende que escriba: “El mundo/hay que saberlo/es piedra rodante y destello dividido/sobre algo más que la simple apuesta del Gran Casino”.  La apariencia se observa desde el interior de una sociedad enajenada y delirante, donde solo cuenta lo que se transa, lo que se comercia.  Por eso, el poeta anota: “Ellos marcan la cancha y cobran la entrada/nosotros hacemos que jugamos con el balón del delirio”.  No hay falacia más ignominiosa que la de “imaginarnos ganadores”, como apunta Adriano, cuando solo somos marionetas en un sistema de acumulación despiadado y excluyente.

La poesía de Adriano de San Martín tiene un claro destinatario: nosotros mismos.  Adopta el tiempo circular porque en ella es posible encontrar las cosas del corazón, la renovación que supone todo regreso, el desenmascaramiento de la nada colectiva a la que nos conduce la preeminencia de lo aparente y la transacción.  He allí su valor.  He allí su vigencia.

 

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