Los tipos así no duran

Lo más cotidiano, el aburrimiento, el subsuelo, un viaje a la esquina del barrio, volver a casa, la derrota, las guerras perdidas, los múltiples

Lo más cotidiano, el aburrimiento, el subsuelo, un viaje a la esquina del barrio, volver a casa, la derrota, las guerras perdidas, los múltiples fracasos que se acumulan, “el indigesto niño que jamás hablaba”. Ver una película, imaginarla, identificarse con los personajes, volcar en ellos fantasías y ansiedades, ver otra película, refugiarse en ella, ser indiferente al paso de las horas, inventar un mundo personal a partir del cine, de cierto cine, y traducirlo al lenguaje poético. Esto es lo que parece hacer Alfredo Trejos en  Cine en los sótanos, poemario publicado en el año 2011, en la colección Pezón de la Editorial Germinal.

Con la misma emoción que un niño cuenta que aprendió a frenar su bicicleta valiéndose de una maroma o con la que un adolescente reza, suplica, desea que a la Mujer Maravilla le falle el truco y que por fin todos sus atributos de heroína aparezcan al desnudo, Trejos nos presenta un juego poético cotidiano y simple con ciertas películas, emociones, con ciertos personajes que son percibidos con sensibilidad, con empatía, con imaginación, con humor, con desenfado. El poeta habla de ellos y les dedica poemas como si fueran sus vecinos, sus parientes, sus camaradas, el colega en la barra del bar o en la mesa de billar,  personajes que aparecen como compañeros de naufragio. Entre ellos y el poeta, toda la distancia que va de la pantalla al sótano del espectador casero, es borrada por arte de magia.

Eddie El rápido Felson o Minnesota fats, buscavidas,  personajes con nombres de pueblo o de ciudad, duros, curtidos por el juego y por el fracaso, con éxitos reconocidos sólo en los bajos fondos, anónimos como tantos otros, amantes del dinero sucio, del trago frecuente y de las peleas apostadas. Luchadores enmascarados, porno stars en retirada, vampiros que atraviesan las fronteras utilizando pasaportes búlgaros, imágenes que el poeta manipula con agilidad, imágenes que lo deslumbran en su sótano festivo.

Contar lo cotidiano, lo más cercano, lo que nos rodea, hacer de ello literatura, poesía en este caso. Las películas norteamericanas, Buffalo Bill, el Viejo Oeste, el barrio duro,  están en nuestro inconsciente colectivo gracias al cine y Trejos da cuenta de ello en este poemario que construye con un lenguaje fluido, sencillo, compuesto por poemas que parecen narraciones encapsuladas, cargadas de sensibilidad, a veces de nostalgia, a veces de tragedia, a veces de liviandades, a veces de sentencias éticas precisas y lapidarias: “al alma de la fiesta es al único que ocultan que hay que llevar disfraz”.

La ciudad y sus ruinas, la soledad de “un perseguido por ratones y lava”, la soledad en la ciudad, el insomnio que cuando no hay tragos se combate con cine y con poesía y que cuando sí los hay, éstos se conjugan con cine, con poesía y con mujeres que no existen. Dice Freud que con las drogas y con el arte se soporta mejor el malestar en la cultura. John Dos Passos que vuelve a aparecer en los epígrafes, no es casual, con Manhattan Transfer  se inventó una forma de presentar la ciudad y de contar lo más cotidiano. En este caso, las películas y sus personajes son tan habituales como los electrodomésticos, como la familia, como el padre que aconseja al hijo sobre la forma de acercarse a las mujeres: “son como refrigeradores: miden 1,70 y hacen hielo, a lo que hay que agregar que su puerta no conduce a ninguna parte.”  

El cine, la ciudad y la guarida de un poeta que deja parte de su experiencia vital en las películas que nos cuenta, es lo que está en el centro de este libro de lectura fácil, que Alfredo Trejos le dedica a Felipe Granados y que además, ganó de forma compartida el premio nacional de poesía Aquileo Echeverría para el año 2011.

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